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SODALITAS INTERNATIONALIS PASTOR ANGELICVS (SIPA) est coetus an. Dñi. MXMVIII conditus ad personae operisque Pii PP XII cognitionem promovendam et augendam. La SODALITAS INTERNATIONALIS PASTOR ANGELICVS es un grupo fundado en 1998 para fomentar y aumentar el conocimiento de la vida y la obra del papa Pío XII.
18 de marzo de 2010
12 de marzo de 2010
Encomendemos a Sor Margherita Marchione
Un amable lector nos ha señalado una noticia preocupante: Sor Margherita Marchione (foto) ha sufrido un ataque al corazón en su residencia de Nueva Jersey en los Estados Unidos. Parece ser que se encuentra estable y recuperándose, pero rogamos encarecidamente a nuestros lectores eleven a Dios sus oraciones por esta extraordinaria religiosa, que tanto ha hecho por la memoria del Venerable Pío XII. Aprovechemos para encomendarla por la especial intercesión de este gran papa.
Reproducimos la noticia, tal cual aparece en el sitio virtual de Sor Margherita:
SPECIAL NOTICE
Sister Margherita was hospitalized with a heart attack. She is doing well. Pray for her continued recovery. You can e-mail her at
sr.margherita.marchione@gmail.com
or send her a get well card at:
Sister Margherita Marchione
Villa Walsh Acadamy
455 Western Avenue
Morristown, NJ 07960-4928
Webmaster: http://www.sistermargherita.com/
NOTICIA DE ÚLTIMA HORA
Sor Margherita ha sido hospitalizada víctima de un ataque cardíaco. Se está recuperando. Rogad por su total recuperación. Podéis enviarle un correo electrónico a:
sr.margherita.marchione@gmail.com
o enviarle una tarjeta de buenos deseos a:
Sister Margherita Marchione
Villa Walsh Acadamy
455 Western Avenue
Morristown, NJ 07960-4928
Webmaster: http://www.sistermargherita.com/
Venerabilis Pie XII: ora pro ea!
7 de marzo de 2010
Oración por la beatificación de Pío XII en diez idiomas
Publicamos hoy, en diez idiomas, la oración por la beatificación de Pío XII compuesta por Mons. Petrus Canisius Van Lierde (1907-1995), que fuera vicario general de la Ciudad del Vaticano entre 1951 y 1991. Las diez lenguas en las que hemos podido hasta el momento encontrar dicha oración son las siguientes: inglés, francés, alemán, castellano, portugués, neerlandés, ruso, italiano, catalán y latín. Conforme vayamos encontrando nuevas traducciones las iremos publicando. Agradecemos de antemano toda indicación y sugerencia. Para comodidad de todos, hemos incluido la presente entrada como enlace permanente en documento pdf en la columna de la derecha de este blog. Pedimos que se encomiende a Dios en caridad el alma de Mons. Van Lierde (foto), que tanto hizo por la memoria del Venerable Pío XII y fue, además, buen amigo de la fiel gobernanta del Pastor Angelicus, la Madre Pascualina, cuyos funerales ofició en 1983.
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2 de marzo de 2010
En el CXXXIV Aniversario del nacimiento de Eugenio Pacelli
En el terreno económico, las sucesivas revoluciones industriales y el nuevo predominio del capitalismo habían multiplicado la producción y acelerado el progreso material, pero habían creado también un extenso y depauperado proletariado urbano, en el que hacían presa las ideologías más subversivas, debido a las flagrantes injusticias sociales. En 1864 se había fundado el primer movimiento comunista internacional. También aparecía el fenómeno anarquista, que prendió especialmente en Rusia y en España a través del nihilismo, su versión extremista y terrorista. Ésta es la época en la que empiezan los magnicidios y atentados que herirán a Europa en sus cabezas dirigentes. En contrapartida, también es el tiempo en el que se organiza el catolicismo social, que tuvo entre sus mayores exponentes a Monseñor von Ketteler, obispo de Maguncia, Frédécic Ozanam (y sus Conferencias de San Vicente de Paúl) y Albert de Mun, entre otros. En el plano religioso se vivía en la efervescencia de las controversias teológicas en torno a la conciliación del dogma con la cultura liberal dominante (presagio de la crisis modernista del siglo XX), puesta en entredicho por la encíclica Quanta cura y el Syllabus del beato Pío IX (ambos documentos de 1864). El Concilio Vaticano I había sido testigo de la resistencia de algunos sectores a la proclamación del dogma de la infalibilidad pontificia. Las relaciones de Roma con las Iglesias de Oriente y las misiones católicas (que empezaban a experimentar un gran desarrollo paralelamente a la gran expansión colonial europea) constituían por esta época fuente de satisfacción en medio de los sinsabores de los vaivenes políticos y sociales. En este contexto histórico nació el futuro Pío XII hace ahora exactamente ciento treinta y cuatro años.
Como homenaje a esta efeméride, hemos querido ofrecer a nuestros amables lectores una preciosa pieza oratoria debida nada menos que a la inspiración de alguien que vivió cerca del Pastor Angelicus durante más de veinte años, quince de ellos como substituto de la Secretaría de Estado para los Asuntos Eclesiásticos Extraordinarios: Pablo VI. Al cumplirse el primer centenario del nacimiento del papa Pacelli quiso rendirle homenaje y pronunció una homilía en la cual no se sabe si admirar más el estilo ciceroniano (de impecable periodificación) o la inocultable y profunda admiración por el personaje. Ya hemos dicho en otras ocasiones que el papa Montini es uno de los grandes valedores de Pío XII. De hecho, aprendió a ser papa a su lado y, cuando la maledicencia se ensañó con su memoria, saltó en su inmediata y apasionada defensa, no ahorrando, ya sobre la cátedra de Pedro, ocasión para demostrar su devoción hacia aquel a quien consideraba su mentor. Hemos querido publicar la homilía de Pablo VI en el original italiano para que los que dominan esta hermosa lengua puedan gustar de su elegante estilo, pero también en nuestra traducción española para que aquellos que no conocen el idioma de Dante puedan disfrutar del magnífico panegírico en memoria de Eugenio Pacelli, a quien conmemoramos con la rendida devoción de siempre, ahora, gracias a Benedicto XVI, honrado con el título de Venerable.
CENTENARIO DELLA NASCITA DI PIO XII
Omelia di Paolo VI
Domenica, 7 marzo 1976
Il nostro spirito , attento all’annuncio evangelico di San Marco (Marc. 1, 12-15), proposto dall’odierna liturgia in questa prima domenica di quaresima alla nostra meditazione, ha davanti a sé due quadri di grande interesse : il primo quadro è quello arido, disabitato e desolato del deserto, forse quello della montagna vicina al Mar Morto, pietrosa e sabbiosa, dove la squallida solitudine mette chi vi si avventura quasi ad obbligato contatto interiore con se stesso, mentre lo espone a qualche infido incontro con le bestie selvatiche del luogo, bruciato dal sole spietato, e spazzato da raffiche di vento inclemente. Colà Gesù, spinto dallo Spirito, dopo il battesimo penitenziale, ch’egli pure volle avere dal Precursore Giovanni, si ritrasse e rimase quaranta giorni, in sovrumano digiuno, come Mosè (Ex. 34, 28; cfr. 3 Reg. 19, 8); poi alla fine, stremato dal languore e dalla fame, sostenne la triplice lotta misteriosa col diavolo, Satana lo chiamano gli Evangelisti Matteo e Marco (Matth. 4, 10; Marc. 1, 13), e fu alla fine servito dagli angeli. Quadro difficile ad un letterale commento, ma assai appropriato come introduzione tipica alla missione messianica che Gesù stava per incominciare (Cfr. F. DOSTOJEVSKI, I fratelli Karamazov).Poi S. Marco subito ci apre allo sguardo un altro quadro, successivo all’arresto di Giovanni, che scompare dalla scena del Giordano. Gesù risale in Galilea, e qui comincia la sua predicazione, quella ch’è detta del «Vangelo del regno di Dio» (Marc. 1, 14) e che si apre con un annuncio fatidico: «Il tempo è compiuto e il regno di Dio è vicino; convertitevi, e credete al Vangelo» (Ibid. 14-15). Noi tutti, fedeli alla scuola della liturgia, avremo davanti ai nostri animi questo duplice quadro, come fosse oggi lo scenario di sfondo che offre un ambiente ideale ed in un certo senso la luce per un altro personaggio, che, quasi movendo da quello sfondo evangelico, venga verso di noi, e a cento anni dalla sua propria nascita storica, a noi si presenti, a molti di noi che lo abbiamo personalmente conosciuto, e rispecchiando in sé la solitudine di Cristo eremita nel deserto, e quindi il ministero di Cristo evangelizzatore, ci tenda ancora ieraticamente e paternamente le sue dolci mani, in segno di benevolenza e di benedizione: Papa Pio XII. Dietro a lui campeggia il Cristo segreto del deserto, grandeggia il Cristo profetico del Vangelo. Non è nostra intenzione tracciare ora la sua storia, il suo panegirico; ma solo ci basta qui rievocare la sua memoria, nella forma laconica ma possibilmente comprensiva, come una di quelle dei Papi nel famoso «Liber Pontificalis».
Dobbiamo fissare la data di nascita: essa avvenne il 2 marzo 1876; egli era il terzogenito di Filippo Pacelli nobile patrizio di Acquapendente, la cui famiglia si era trasferita a Roma, e che ebbe rinomanza per la sua intemerata professione giuridica e per i pubblici uffici a cui fu chiamato nel servizio della Città, non certo allora fiorente di temporale prosperità, ma sempre al vertice degli avvenimenti storici, che commossero l’Europa e agitarono l’Italia, ormai avviata alla difficile ed ambita meta della sua unità nazionale.
Il nome scelto fu Eugenio, con quelli aggiunti di Maria, Giuseppe, Giovanni; e il battesimo gli fu conferito nella chiesa dei Santi Celso e Giuliano. La tazza del battistero è ora conservata a S. Pancrazio, nella Chiesa dei Carmelitani Scalzi, sul Gianicolo. Sia degna memoria alla venerata madre di Eugenio, la quale fu Virginia Graziosi, ricordata da tanto figlio con sempre commossa affezione.
Nel centro nobile e popolare della Roma storica, in Via Monte Giordano 34, era l’abitazione della Famiglia Pacelli; e qui la ovvia, ma ormai singolare circostanza è da notare: Pio XII fu Papa Romano, non solo per l’apostolico ufficio a lui conferito, ma per nascita, come da tempo non avveniva (bisogna risalire a Papa Innocenzo XIII, Michelangelo dei Conti [1721-1724], per ricordare un fatto analogo). Per nascita, per tradizione, per cuore, quasi a testimoniare come quest’Urbe dalle mille vite una ne abbia sua propria di sangue e di storia, e sempre feconda e fedele alla sua unica e secolare vocazione spirituale: «presiedere nella carità» (S. IGNATII ANTIOCHENI Ad Romanos, «Prologus»). Dio voglia!
Eugenio Pacelli frequentò la scuola classica del Visconti, installata nel vetusto Collegio Romano, di cui egli conservò sempre fedelissima e affezionata memoria. Poi il Capranica, la Gregoriana, il Sant’Apollinare, e poi la Messa, la prima volta celebrata a S. Maria Maggiore, poi l’assunzione alla Congregazione per gli Affari Ecclesiastici straordinari, auspice Monsignor Cavagnis, e quindi il grande Monsignor Gasparri, sotto la cui direzione il giovane Pacelli per quattordici anni, lavorò, con la diligenza e l’intelligenza che gli erano abituali, a quella compilazione di sommo valore che è il «Codex Iuris Canonici», ora, dopo il Concilio, in via di revisione, ma sintesi monumentale e sapiente dell’immensa letteratura del diritto della Chiesa.
Eugenio Pacelli, legislatore nella Chiesa, ci obbliga a ricordare l’opera sua per la legislazione fuori della Chiesa, cioè relativamente ai contatti della Chiesa con gli Stati moderni, opera che con delicatissimo studio, in gran parte personale, riuscì a fissare rapporti normali e leali, in ben tre Concordati, con la Germania; Concordati, che nemmeno la guerra e i mutamenti che la seguirono valsero a sovvertire, sì bene a confermare come strutture pacifiche e corroboranti per gli interessi spirituali e civili delle alte Parti contraenti, e con loro mutua soddisfazione tuttora sostanzialmente vigenti dimostrano la loro benefica efficacia.
Poi Pacelli a Roma, come Segretario di Stato negli ultimi nove anni del Pontificato di Pio XI, che ebbe per lui grandissima stima e da lui fedelissimo servizio. Sarebbe una pagina di storia psicologica di grande interesse, se questa potesse adeguatamente descrivere e decifrare le caratteristiche peculiari molto, molto diverse di queste due grandi personalità, che solo la pratica più compenetrata e cosciente delle virtù ecclesiastiche valse a fondere in costante, complementare ed esemplare armonia.
Noi avemmo allora la inestimabile fortuna di prestare, come Sostituto della Segreteria di Stato, i nostri modestissimi, ma quasi quotidiani servizi ai due grandi e virtuosi Pontefici. Noi possiamo essere ammirati testimoni, per quanto specialmente riguarda i lunghi quindici anni della nostra umile conversazione con Papa Pio XII, quale fosse la sua bontà, la sua cultura, la sua assiduità di lavoro, la sua compassione per i dolori altrui, la sua anima pastorale ed apostolica.
È per noi impossibile dire tutto, anche in sintesi. Due punti sembrano tuttavia meritare da noi, anche in questa occasione, particolare menzione. Il primo punto riguarda la sua attitudine di fronte alla seconda guerra mondiale. Tanto si disse su di lui a questo riguardo e non sempre in conformità al vero, falsamente sofisticando sulla signorile timidità del suo carattere, ovvero sulla parzialità delle sue simpatie su questo o su quel Popolo. Non così dev’essere giudicato questo magnanimo Pontefice, finissimo, sì, nella sua umana e cristiana sensibilità, ma sempre saggio e diritto. Noi possiamo senz’altro aggiungere ch’egli sempre fu forte e fu equo, perfetto dominatore dei suoi sentimenti e intrepido assertore della giustizia, tutto teso nel sacrificio di sé, nel soccorso alle umane sofferenze, nel coraggioso servizio della pace.
L’altro punto riguarda la sua religiosità. Noi ne dicemmo una parola in altra occasione, a Milano, la quale noi ora riaffermiamo, ripetendo qui le parole che il «Liber Pontificalis», riserva all’elogio di Papa Eugenio I e che sembrano scritte per questo suo successore, Eugenio Pacelli: "Eugenius, natione romanus, / clericus ab incunabulis ... / Fuit ... benignus, mitis, mansuetus, omnibus / affabilis et sanctitate praeclarior" (Cfr. DUCHESNE, Liber Pontificalis, 1, 341 ss., a. 654-657).
Trema la nostra voce, batte il nostro cuore, rivolgendo alla venerata e paterna memoria di Eugenio Pacelli, Papa Pio XII, l’affettuoso encomio d’un umile figlio, il devoto omaggio d’un povero successore.
Ricordatelo voi, Romani, questo vostro insigne ed eletto Pontefice; lo ricordi la Chiesa; lo ricordi il mondo, lo ricordi la storia. Egli è ben degno della nostra pia, grata, ed ammirata memoria.
CENTENARIO DEL NACIMIENTO DE PIO XII
Homilía de Pablo VI
Domingo 7 de marzo de 1976
Nuestro espíritu, atento al anuncio evangélico de San Marcos (Marc. I, 12-15), propuesto por la liturgia de hoy en esta primera domínica de Cuaresma a nuestra meditación, tiene ante sí dos cuadros de gran interés: el primero es el árido, deshabitado y desolado del desierto, quizás el de la montaña vecina al Mar Muerto, pétrea y arenosa, donde la mísera soledad pone a quien en ella se aventura casi en obligado contacto interior con sí mismo, mientras lo expone a algún traicionero encuentro con las bestias silvestres del lugar, abrasado por el sol inmisericorde y barrido por inclemente viento. Allí Jesús, impulsado por el Espíritu Santo después del bautismo penitencial, que él quiso también recibir de Juan el Precursor, se retiró, permaneciendo cuarenta días en ayuno sobrehumano, como (Ex. XXXIV, 28; cfr. III Reg. XIX, 8); después, al final, extenuado por la languidez y el hambre, sostuvo la triple lucha misteriosa con el diablo –Satanás lo llaman los ebangelistas Mateo y Marco (Matth. IV, 10; Marc. I, 13) – y, tras vencerlo, fue servido por los ángeles. Cuadro difícil de interpretar literalmente, pero muy apropiado como introducción típica a la misión mesiánica que Jesús estaba por iniciar (Cfr. F. Dostoievskij: Los hermanos Karamazov).
A continuación San Marcos ofrece otro cuadro a nuestra mirada, posterior al arresto de Juan, que desaparece de la escena del Jordán. Jesús remonta la Galilea y ahí comienza su predicación, llamada “del Evangelio del Reino de Dios” (Marc. I, 14) y que se abre con un anuncio fatídico: «El tiempo se ha cumplido y el reino de Dios está cerca; convertíos y creed en el Evangelio» (ibid. 14-15). Todos nosotros, fieles a la escuela de la liturgia, tendremos ante nuestro ánimo este doble cuadro, como si fuese hoy el escenario de fondo que ofrece un ambiente ideal y en un cierto sentido aporta luz para otro personaje, que, como viniendo de aquel ambiente evangélico, viene hacia nosotros (muchos de los cuales lo conocimos personalmente) y, a cien años de su nacimiento histórico, se nos presenta, y, reflejando en sí mismo la soledad de Cristo ermitaño en el desierto y también el ministerio de Cristo evangelizador, nos tiende todavía hierática y paternalmente sus dulces manos en signo de benevolencia y de bendición: el papa Pío XII. En él campea el Cristo secreto del desierto y destaca el Cristo profético del Evangelio. No es nuestra intención trazar ahora su historia o su panegírico; nos basta aquí evocar su memoria, de forma lacónica pero posiblemente completa, como una de aquellas semblanzas de los Papas en el famoso Liber Pontificalis.
Debemos fijar la fecha del nacimiento: tuvo éste lugar el 2 de marzo de 1876. Era el tercer hijo de Filippo Pacelli, noble patricio de Acquapendente, cuya familia se había trasladado a Roma y que adquirió renombre por su irreprochable carrera jurídica y por los cargos públicos a los que fue llamado al servicio de la Ciudad, no ciertamente floreciente de prosperidad temporal, pero siempre en el vértice de los acontecimientos históricos que conmovieron Europa y agitaron Italia, llegada ya a la difícil y anhelada meta de su unidad nacional.
El nombre escogido fue el de Eugenio, al cual se añadieron los de María, José y Juan, siéndole administrado el bautismo al neonato en la iglesia de los Santos Celso y Juliano. La pila bautismal se conserva actualmente en San Pancracio, en la iglesia de los Carmelitas Descalzos en el Janículo. No olvidemos un digno recuerdo a la venerada madre de Eugenio, Virginia Graziosi, recordada por tan gran hijo con siempre conmovido afecto.
En el centro noble y popular de la Roma histórica, en la Via Monte Giordano 34, estaba la morada de la familia Pacelli; y aquí es de notar una obvia pero ya singular circunstancia: Pio XII fue papa romano, no sólo por el apostólico oficio a él conferido, sino por nacimiento, cosa que no ocurría desde hacía largo tiempo (hay que remontarse hasta el papa Inocencio XIII, Michelangelo dei Conti, que reinó entre 1721 y 1724, para recordar un hecho análogo. Por nacimiento, por tradición, por corazón, como para testimoniar cómo esta Urbe de las mil vidas posee una que le pertenece por sangre y por historia y se mantiene siempre fiel a su única y secular vocación espiritual: «presidir en la caridad» (San Ignacio de Antioquía: Ad Romanos, prologus). ¡Quiera Dios!
Eugenio Pacelli estudió en la escuela clásica del liceo Ennio Quirino Visconti, instalado en el vetusto Colegio Romano, del cual conservó siempre fidelísimo y afectuoso recuerdo. Después vinieron el Capranica, la Gregoriana, San Apolinar y en fin la Misa, celebrada por primera vez en Santa María la Mayor. Siguió su enrolamiento en la Sagrada Congregación para los Asuntos Eclesiásticos Extraordinarios, bajo los auspicios de Monseñor Cavagnis, donde acabó entrando al servicio de Monseñor Gasparri, bajo cuya dirección el joven Pacelli trabajó durante catorce años, con la diligencia y la inteligencia que eran en él habituales, en aquella compilación de sumo valor que es el Codex Iuris Canonici, ahora, tras el Concilio, en vías de revisión, pero síntesis monumental y sabia de la inmensa literatura del Derecho de la Iglesia.
El Pacelli, legislador en la Iglesia, nos obliga a recordar su obra, como nuncio apostólico, para la legislación fuera de la Iglesia, es decir en relación a los contactos de la Iglesia con los Estados modernos, obra que con delicadísimo estudio (en parte personal), logró fijar relaciones normales y leales con Alemania a través de tres concordatos, los cuales ni siquiera la guerra y los cambios que la siguieron consiguieron subvertir, sino más bien confirmaron como estructuras pacíficas y corroboradoras de los intereses espirituales y civiles de las altas partes contrayentes, que, con la mutua satisfacción de éstas, vigentes aún substancialmente, demuestran su beneficiosa eficacia.
Más tarde encontramos a Pacelli en Roma, como secretario de Estado en los últimos nueve años del pontificiado de Pío XI, el cual tuvo por él una grandísima estima, retribuida por un fidelísimo servicio. Sería una página de historia psicológica de gran interés la que pudiera describir y descifrar adecuadamente las características particulares tan, tan diferentes de estas dos grandes personalidades, que sólo la práctica más compenetrada y consciente de las virtudes eclesiásticas fue capaz de fundir en una constante, complementaria y ejemplar armonía.
Nos tuvimos entonces la inestimable fortuna de prestar, como substituto de la Secretaría de Estado, nuestros modestísimos, pero casi diarios servicios a los dos grandes y virtuosos pontífices. Por lo que respecta a los quince largos años de nuestro humilde trato con el papa Pío XII, podemos dar nuestro admirado testimonio de su cultura, de su asiduidad al trabajo, de su compasión por los sufrimientos ajenos, de su alma pastoral y apostólica.
Nos es imposible decirlo todo, incluso sintéticamente. Dos puntos, sin embargo, parecen merecer de Nos, también en esta ocasión, una mención especial. El primero se refiere a su actitud frente a la Segunda Guerra Mundial. Se dice mucho sobre él a este respecto y no siempre en conformidad con la verdad, abundando falsamente sobre la señorial timidez de su carácter o la parcialidad de sus simpatías a favor de este o aquel pueblo. No es éste el modo en que se ha de juzgar a este magnánimo pontífice, finísimo sí en su humana y cristiana sensibilidad, pero siempre sabio y recto. Nos podemos añadir, que, por supuesto, siempre fue enérgico y equitativo, con perfecto dominio de sus sentimientos e intrépido asertor de la justicia, todo él tendiente al sacrificio de sí mismo, al socorro de los sufrimientos humanos, al valiente servicio de la paz.
El otro punto tiene que ver con su religiosidad. Algo dijimos Nos en otra ocasión, en Milán, y ahora lo reafirmamos, repitiendo aquí las palabras que el Liber Pontificalis, reserva al elogio del papa Eugenio I y que parecen escritas para este sucesor suyo que fue Eugenio Pacelli: “Eugenius, natione romanus, / clericus ab incunabulis ... / Fuit ... benignus, mitis, mansuetus, omnibus / affabilis et sanctitate praeclarior” (Cfr. Duchesne: Liber Pontificalis, 1, 341 ss., a. 654-657).
Tiembla nuestra voz, palpita nuestro corazón dirigiendo a la venerada y paternal memoria de Eugenio Pacelli, papa Pío XII, en afectuoso encomio de un humilde hijo, el devoto homenaje de un pobre sucesor.
Recordad vosotros, romanos, a este vuestro insigne y noble pontífice; recuérdelo la Iglesia, recuérdelo el mundo, recuérdelo la Historia. Bien digno es de nuestra piadosa, agradecida y admirada memoria.
9 de febrero de 2010
Pío XI y Pacelli: dos estilos, pero el mismo amor a la Iglesia
Fides intrepida
- Achille, Achille, Achille…
Tres veces pronunció el nombre de pila del Papa el cardenal Pacelli, camarlengo de la Santa Iglesia Romana. Pío XI no respondió. Era el 10 de febrero de 1939 y su cuerpo yacía yerto sobre el lecho de doliente en los apartamentos papales en el Palacio Apostólico. Al silencio del pontífice siguió una declaración pronunciada en voz solemne por el purpurado, en la que se adivinaba un acento de dolor:
- Vere Papa mortuus est!
Sí, Achille Ratti estaba realmente muerto. Eugenio Pacelli no sólo lloraba la pérdida del Papa: lloraba a su Papa. En efecto, entre Pío XI y su secretario de Estado se había establecido una relación que trascendía la dedicación común por los intereses de la Iglesia o la mera simpatía. Se trataba de un verdadero afecto paterno-filial. Es más: el Papa había preparado conscientemente al Cardenal para sucederle en el sacro solio y lo había dado a entender a todo el mundo. “Farà un bel Papa!” solía decir refiriéndose al tímido Pacelli, a quien hizo viajar por Europa y a las dos Américas para foguearlo en el trato con los grandes de la Tierra.
Es fama el fuerte carácter de Pío XI, que hacía temblar a los monseñores de la Curia Romana y al personal del Palacio Apostólico. La impaciencia del Papa frente a una muestra de negligencia o incompetencia era de sobra conocida y bien se cuidaban todos de provocarla. El único capaz de dulcificar al Santo Padre (y con quien éste nunca se enojaba) era Pacelli. Bien es verdad que era irreprochable: había aprendido en sus largos años de vida curial y diplomática a no cometer deslices y a ser exacto y diligente. El único error que podía achacársele fue la pérdida de un importante expediente relativo a la codificación canónica de la Iglesia en tiempos de Benedicto XV, pero aprendió la lección.
Aquí nos interesa examinar un argumento que suelen usar los denigradores de Pío XII como sostén de su acusación de cobardía y pusilanimidad: el de una supuesta contraposición con Pío XI. Según ellos, éste habría sido un pontífice intrépido, que se habría enfrentado a los totalitarismos de la época, en tanto su sucesor se habría mostrado apocado y condescendiente con ellos. Aseguran que si al primero le hubiera tocado vivir las circunstancias por las que atravesó Pío XII, hubiera procedido de modo muy distinto al de éste. Pero ¿es esto cierto?
De entrada hay que admitir que Pío XI y Pío XII son papas con dos personalidades y dos estilos distintos: el uno vehemente y combativo; el otro reflexivo y prudente. Pero estas diferencias no impidieron en modo alguno que hubiera un buen entendimiento y una admiración recíproca entre ambos. Quizás Achille Ratti veía en Eugenio Pacelli las características que podían contribuir a equilibrar su natural ímpetu para el mayor bien de los intereses de la Iglesia. Lo que sí está claro es que a Pío XI le desagradaban profundamente la vileza y la debilidad de carácter y es claro que si hubiera detectado cualquiera de estas cosas en Pacelli, nunca lo habría llamado para ser su secretario de Estado, ni lo hubiera creado cardenal ni mucho menos le hubiera otorgado su plena confianza y dispensado su predilección.
Las circunstancias en las que vivieron los dos papas no fueron idénticas: hubo una guerra de por medio. Y no una guerra cualquiera. La segunda conflagración mundial fue no sólo la más cruenta de la Historia, sino aquella en la que se colmó hasta rebasar el vaso de la crueldad humana. Ésta llegó a límites inimaginables, hasta el punto que el mayor de los escépticos podría tomar pie de ella para admitir la existencia del demonio. Y es que tanto el nazismo como el bolchevismo tenían un siniestro trasfondo luciferino. ¿Qué hubiera hecho Pío XI en el lugar de Pío XII? No es fácil saberlo, aunque hay razones para pensar que no habría actuado de modo diferente en substancia al de su sucesor.
Así que si Pío XI hubiera sido el papa de la guerra, probablemente –aunque muy a su pesar– no le hubiera plantado cara a Hitler. De hacerlo, no le habría quedado otra opción que correr a refugiarse a Londres o caer en manos del tirano. Pero ello en nada habría favorecido a las víctimas de la persecución: todo lo contrario. Fue ése el dilema de Pío XII, que escogió la prudencia como la mejor cobertura para una ayuda eficaz a los proscritos. Es muy cómodo ser héroe desde el exilio, al modo del general De Gaulle; lo difícil es ser héroe en silencio. Lo fueron, por ejemplo, muchos funcionarios de la Francia ocupada, miembros secretos de la Resistencia, que gracias a haberse callado y haber disimulado pudieron favorecer la lucha contra los nazis.
Hay un indicio interesante sobre qué hubiera pensado Pío XI sobre la posición de su sucesor ante el nazismo y al que no se presta la suficiente atención: el cardenal Eugène Tisserant tenía un temperamento muy parecido al del papa Ratti (al que profesaba gran admiración), hasta el punto de ser conocido como “el León de Lorena” (en efecto, había nacido en Nancy, la capital de esa castigada región de Francia). En muchas cosas no anduvo de acuerdo con Pío XII y así lo manifestó en más de una ocasión y sin pelos en la lengua. Sin embargo, ni una palabra de crítica acerca de una actitud supuestamente silenciosa de Pacelli durante el período bélico. En el libro que el fiel secretario del cardenal, Mons. Gilles Roche, escribió sobre este papa basándose en las memorias inéditas que aquél le confió (y que fueron objeto, por cierto, de una rocambolesca historia), no hay ninguna frase de censura o reproche para la actuación del pontífice.
Imagen de la Conciliazione: pacto necesariopara garantizar a la Iglesia su soberanía
Pero veamos ahora las concretas actuaciones de Pacelli al lado de Pío XI como secretario de Estado. En primer lugar, abordemos la cuestión de la política concordataria de la Santa Sede, que se achaca a la mentalidad diplomática y juridicista del primero, que supuestamente habría prevalecido sobre su sentido pastoral. En especial, se cargan las tintas por la firma del Concordato con el Reich Alemán en 1933. No se reflexiona en el hecho de que la política de concordatos es anterior a la llegada del cardenal Pacelli al tercer piso del Palacio Apostólico. Bajo la supervisión de Pío XI y el cardenal Gasparri se celebraron los siguientes: con Letonia, Polonia, Rumanía, Lituania, Checoeslovaquia, y los länder alemanes de Baviera y Prusia, además de los Pactos Lateranenses (que incluían el Concordato con Italia). De la época Pacelli sólo datan, en cambio, los concordatos con Baden, Austria, Alemania y Yugoeslavia. La concordataria fue, pues, una política decidida por Achille Ratti, con el objeto de proporcionar a la Iglesia un instrumento legal para defender sus derechos y a sus hijos.
El caso concreto del concordato con el Tercer Reich se ha tergiversado. En primer lugar, no constituyó ninguna aprobación del régimen nazi, el cual, por otra parte, acababa de llegar al poder y no había tenido tiempo de mostrarse en toda la crudeza de su perversión. Las mismas democracias europeas (Francia y Gran Bretaña) aún en 1938 – cuando ya se había manifestado la política racista y antisemita alemana y se había verificado el Anschluss– creían que era posible contener a Hitler y negociar con él. En segundo lugar, el concordato no fue buscado por la Santa Sede sino pedido por Hitler, el cual envió al vicecanciller, el católico Franz von Papen, a negociarlo sobre la base de un borrador de la época de la República de Weimar que había quedado archivado. El propósito del Führer era ganar prestigio para su recién estrenado gobierno siendo así que no tenía la menor intención de respetar lo pactado (por eso dio instrucciones a von Papen de ser largo en concesiones). Ni Pío XI ni el cardenal Pacelli se hacían ilusiones sobre el concordato con Alemania, pero al menos, como confiaron al embajador francés Charles-Roux, disponían de una base jurídica firme sobre la que protestar y con la que defender los derechos de la Iglesia y de los católicos alemanes.
Otra acusación que se le hace a Pío XII es su germanofilia, la cual le habría predispuesto a ver con simpatía la ascensión del nazismo al poder como una alternativa al comunismo. En general, se opone un Pacelli de derechas y tendencias autoritarias a un Pío XI de simpatías más bien demócratas. Si bien es verdad que este último fue un adversario decidido de los grandes totalitarismos (fascismo, nazismo y comunismo) no era un entusiasta del republicanismo liberal, que no había sabido enfrentarse al problema social (lo que, en parte, había favorecido la ascensión de esos mismos totalitarismos) y había degenerado, en algunos casos, en sectarismo antirreligioso (Méjico y España). La encíclica Quadragesimo anno (1931) revela más bien un ideario social y político de tipo corporativista, basado en el principio de subsidiariedad. No es extraño, pues, que el Estado novo implantado en Portugal por Oliveira Salazar y basado ese mismo sistema, fuera visto con buenos ojos por Pío XI.
Pío XI y su amado secretario de Estado:una misma voluntad al servicio de la Iglesia
En cuanto a Eugenio Pacelli, ciertamente sentía una gran simpatía hacia Alemania, pero ¿podía reprochársele después de haber pasado doce años allí? El sentido de la disciplina, del método y del orden proverbial del espíritu teutón era el que más se adaptaba a su personalidad. Su extraordinario dominio de la lengua de Goethe le permitió, por otra parte, forjarse una sólida cultura alemana. Ahora bien, hablar de germanofilia por este hecho parece excesivo y lo es mucho más el deducir de ello una supuesta simpatía por el nazismo, ni siquiera como una alternativa al comunismo (de cuyos efectos había sido testigo en 1919 durante la revolución roja en Baviera, como el nuncio Ratti lo sería, por cierto, al año siguiente, cuando la Rusia soviética invadió Polonia). El futuro Pío XII admiraba, en cambio, a la sociedad norteamericana, que había sabido cimentar un sistema estable y democrático de gobierno sin caer en los prejuicios y extremos del liberalismo europeo. De hecho, en 1936 emprendió una gira de carácter privado (aunque con la anuencia de Pío XI) por los Estados Unidos, país donde causó admiración y entusiasmo y de donde regresó a Roma con buenas y duraderas amistades, especialmente la del presidente Roosevelt (que, hecho sin precedentes, enviaría un representante personal ante Pacelli convertido en Pío XII).
Ahondando en la supuesta propensión favorable al nazismo por parte de Pacelli, conviene recordar unos cuantos hechos. Primeramente, el nuncio en Munich fue de las pocas personalidades destacadas de la época que se tomó la molestia de leer Mein Kampf, libro del cual sacó la más desagradable de las impresiones, considerándolo un peligro en potencia, según el testimonio de la Madre Pascualina Lehnert, gobernanta de la nunciatura. También se debe considerar el hecho elocuente de la estrecha amistad que ligaba al cardenal Pacelli con los obispos alemanes más combativos del régimen hitleriano: el cardenal Michael von Faulhaber de Munich, el beato Clemens August von Galen, obispo de Münster y el obispo Conrad von Preysing de Berlín. Además, el antinazismo del secretario de Estado de Pío XI está suficientemente acreditado por la encíclica Mit brennender Sorge (1937), obra personal de Pacelli en colaboración con el cardenal Faulhaber, como lo prueban las minutas originales del documento con anotaciones de puño y letra de aquél. Es sabido, además, que cuando felicitaban al Papa por la encíclica, se volvía en dirección suya y decía, señalándole: “de él es el mérito”. En fin, no debe soslayarse la enérgica reprimenda de la que fue objeto el cardenal Innitzer de Viena, mandado llamar a Roma por Pacelli para pedirle explicaciones de su actitud benévola hacia el Anschluss.
Queda la cuestión de la famosa “encíclica fantasma” contra el racismo que Pío XI habría querido publicar impidiéndoselo la muerte. Se ha reprochado a Pío XII el haberla desechado para no provocar las iras de Alemania, contribuyendo así a la persecución de los judíos y de las minorías étnicas. Es cierto que Achille Ratti tenía en mente hacer una declaración formal sobre el tema de la discriminación racial y en junio de 1938 encargó al jesuita estadounidense John LaFarge la preparación del documento, que se llamaría Humani generis unitas. El religioso trabajó en ello todo el verano y al regresar a su país entregó el borrador al director de La Civiltà Cattolica para que lo hiciese llegar al Papa. Ahora bien, era evidente que lo que había escrito el P. LaFarge estaba muy lejos de constituir un texto definitivo. El buen jesuita, aunque firmemente adversario de la teoría de la distinción de razas y del antisemitismo, pagaba tributo a ser hijo de su época y no desdeñó recoger algunos argumentos del tradicional antijudaísmo religioso presente en el cristianismo (que, por otra parte, la Santa Sede estaba lejos de compartir). Desde luego, el texto no era, ni con mucho, una anticipación de Nostra Aetate. Pío XI, que había declarado públicamente que “espiritualmente todos somos semitas”, si lo leyó, ciertamente lo descartaría. De haber autorizado Pío XII su publicación hoy lo acusarían de intolerante y antisemita.
Un último punto, al hilo precisamente de este nuevo aniversario de la muerte de Pío XI. Ésta fue atribuida a Mussolini, el cual, para impedir que el Papa denunciara públicamente al régimen fascista en medio de las conmemoraciones del décimo aniversario de los Pactos Lateranenses, habría encargado al arquíatra pontificio Dr. Giuseppe Petacci (padre de su amante Claretta) que administrara una inyección letal al ya debilitado y prácticamente moribundo pontífice, el cual rogaba a Dios tan sólo un día más de vida para llevar a cabo su cometido. La especie fue difundida muchos años después por el cardenal Tisserant, pero desmentida vivamente por el cardenal Carlo Confalonieri, que en 1939 era chambelán privado de Pío XI y estuvo velando en todo momento junto a él durante su agonía. Por otra parte, ni Mons. Mario Nasalli Rocca di Corneliano, también chambelán privado, ni el maestro de cámara Mons. Antonio Arborio Mella di Sant’Elia, ambos personajes inmediatos al entorno papal, mencionan la cosa en sus memorias.
Lo cierto es que Eugenio Pacelli sucedió de manera natural a Achille Ratti (que es lo que éste deseaba y los cardenales consideraron oportuno). Ambos pontificados pueden considerarse juntos sin solución de continuidad. Los grandes planes de proyección universal de la Iglesia que tuvo Pío XI se vieron realizados magníficamente durante el reinado de su sucesor: la gran expansión misionera, la promoción del clero autóctono, la independencia y prestigio de la Santa Sede, el fomento del apostolado de los laicos, el uso de las nuevas tecnologías al servicio de la religión… Eran, sí, dos papas y dos estilos, pero compartían un mismo amor a la Iglesia y un solo designio de servir a Dios y salvar almas.
4 de febrero de 2010
Un periódico israelí publica artículo en defensa de Pío XII
No es la primera vez que el papa del período bélico, que está ahora más próximo a la beatificación, es acusado de haber mantenido silencio durante el Holocausto, de haber hecho poco o nada para ayudar a los judíos y hasta de haber colaborado con los nazis. ¿En qué medida, admitiendo que la haya, estas acusaciones, repetidas desde principios de los años Sesenta, están avaladas por pruebas?
El 4 de abril de 1933, el secretario de Estado vaticano, cardenal Eugenio Pacelli, ordenó al nuncio apostólico en Alemania ver qué se podía hacer para contrarrestar las políticas antisemitas del nazismo.
En nombre del papa Pío XI, el cardenal Pacelli redactó el borrador de una encíclica bajo el título Mit brennender Sorge (Con grave preocupación), que condenaba las doctrinas nazis y la persecución de la Iglesia Católica. La encíclica fue introducida ilegalmente en Alemania y leída desde los púpitos de las iglesias católicas el 21 de marzo de 1937.
Aunque algunos críticos con el Vaticano liquiden la encíclica como una especie de blanda reprimenda, los alemanes la consideraron una amenaza a su seguridad. Por ejsemplo, el 26 de marzo de 1937, Hans Dieckhoff, funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores alemán, escribió que “la encíclica contiene ataques durísimos al gobierno alemán, exhorta a los ciudadanos católicos a rebelarse contra la autoridad del Estado y, por lo tanto, es una tentativa de poner en peligro la paz interna”.
Tanto la Gran Bretaña como Francia habrían debido interpretar el documento como una puesta en guardia contra la posibilidad de otorgar confianza a Hitler o ceder ante él.
Después de la muerte de Pío XI, el 2 de marzo de 1939 fue elegido papa el cardenal Pacelli. Los nazis estaban descontentos con el nuevo pontífice, el cual tomó el nombre de Pío XII. El 4 de marzo, Joseph Goebbels, ministro alemán de Propaganda, escribió en su diario: “Almuerzo con el Führer. Está tomando en consideración la idea de abrogar el concordato con Roma a la luz de la elección de Pacelli al pontificado”. Durante la guerra, el Papa no permaneció ciertamente en silencio: en numerosas alocuciones y encíclicas defendió los derechos humanos para todos e hizo llamados a las naciones beligerantes para que respetasen los derechos de todos los civiles y de los prisioneros de guerra.
Al contrario de muchos de sus detractores de última hora, los nazis comprendieron muy bien a Pío XII. Después de haber examinado atentamente el mensaje de Pío XII en ocasión de la Navidad de 1942, la Oficina Central del Reich para la Seguridad concluyó: “Como no había sucedido antes, el Papa ha repudiado el Nuevo Orden Nacionalsocialista Europeo (…) Prácticamente acusa al pueblo alemán de injusticia contra los judíos y se hace portavoz de los criminales de guerra hebreos” (consulten cualquier libro de los que critican a Pío XII y no encontrarán la menor traza de este importante dato).
A principios de 1940, el Papa hizo de intermediario entre un grupo de generales alemanes que querían derrocar a Hitler y el Gobierno británico. Si bien la conspiración no llegó a concretarse, Pío XII se mantuvo en estrecho contacto con la resistencia alemana y supo de otros dos complots contra Hitler. En el otoño de 1941, a través de canales diplomáticos, el Papa se mostró de acuerdo con Franklin Delano Roosevelt sobre el hecho de que los católicos americanos podían apoyar los planes del Presidente para extender las ayudas militares a la Unión Soviética, invadida por los nazis. Con el consentimiento de la Santa Sede, John T. McNicholas (foto), arzobispo de Cincinnati (Ohio), pronunció un discurso –muy publicitado– en el que explicaba que la extensión de esas ayudas a los soviéticos estaba moralmente justificada porque se trataba de ayudar al pueblo ruso, que era víctima inocente de la agresión alemana.En el curso de la guerra, enviados del Papa indicaron a menudo a los representantes diplomáticos vaticanos en muchas zonas ocupadas por los nazis y en los países del Eje que intervinieran a favor de los judíos en peligro. Hasta la muerte de Pío XII en 1958 muchas organizaciones, periódicos y líderes judíos alabaron sus esfuerzos. Por citar sólo uno de muchos ejemplos que podrían darse, Alexander Safran, Gran Rabino de Bucarest, escribió en una carta del 7 de abril de 1944 al nuncio apostólico en Rumanía: "No es fácil para nosotros encontrar las palabras justas para expresar el afecto y el consuelo recibidos gracias al interés del Sumo Pontífice, que dio una suma ingente de dinero para aliviar los sufrimientos de los deportados judíos (…) Los judíos de Rumanía no olvidarán jamás estos hechos de importancia histórica".
La campaña contra Pío XII está destinada al fracaso porque sus detractores no tienen ninguna prueba que sustente sus principales acusaciones contra él, a saber: que permaneció silencioso, que era favorable al nazismo y que poco o nada hizo para ayudar a los judíos. Quizás tenía que ocurrir en un mundo como el nuestro que el único hombre que, en el período bélico, hizo más que ningún otro líder para ayudar a los judíos y a otras víctimas del nazismo, recibe las más duras condenas.
*Dimitri Cavalli es un editor y escritor independiente, residente en Nueva York y colaborador en varios publicaciones.
Fuente original: Haaretz
Traducción española: RVR
2 de febrero de 2010
Cardenal Dezza: si Pío XII calló fue para no emperorar la situación de los perseguidos
La Buhardilla de Jerónimo publica la traducción castellana de un artículo aparecido en L’Osservatore Romano de ayer y que no es otro que el mismo que en el suplemento L’Osservatore della Domenica viera la luz allá por 1964 sobre el asunto de los “silencios” de Pío XII durante la Segunda Guerra Mundial. Su autor: el R.P. Paolo Dezza, S.I., estrecho colaborador del papa Pacelli y que había de serlo también de Pablo VI, guardando de ambos pontífices un recuerdo hondo e imborrable.Antes de reproducir el artículo en cuestión conviene consignar aquí algunos datos biográficos del que murió cargado de años y de méritos siendo cardenal de la Iglesia Romana, el más anciano de su tiempo. Paolo Dezza nació en Parma el 13 de diciembre de 1901. A los 17 años ingresó en la Compañía de Jesús, estudiando sucesivamente en los noviciados de Madrid, Nápoles e Innsbruck. El 25 de marzo de 1928 fue ordenado sacerdote. Entre 1929 y 1932 formó parte del claustro de la Pontificia Universidad Gregoriana, en la que enseñó Filosofía. Delicado de salud, hubo de dejar Roma para marchar a Davos-Platz, permaneciendo en Suiza algunos años. Allí pronunció sus votos perpetuos como jesuita el 2 de febrero de 1935 (es decir, hace exactamente setenta y cinco años).
Habiéndose repuesto, fue nombrado provincial de la circunscripción jesuítica del Lombardo-Véneto, cargo que ejerció entre 1935 y 1939. Con el estallido de la Segunda Guerra Mundial volvió a Roma, siendo nombrado por Pío XII rector de la Gregoriana el 5 de agosto de 1941. Tuvo trato asiduo con este Papa, que, como veremos más adelante, le hizo interesantes confidencias en pleno drama bélico. Al finalizar el conflicto, fue el P. Dezza quien bautizó al que había sido Gran Rabino de Roma, Israel Zolli, el cual, como agradecimiento al Papa por todo lo que había hecho por los judíos durante la persecución nazi, tomó el nombre de Eugenio (aunque su conversión, como es sabido, se debió a su personal itinerario espiritual, que había ido madurando desde hacía años). Zolli, invitado por el rector de la Gregoriana, trabajó en ella hasta el fin de sus días.
Quizás el mayor timbre de gloria del P. Dezza sea el haber preparado concienzudamente la proclamación del dogma de la Asunción de la Virgen en 1950, acto central del pontificado de Pío XII. En ello se ocupó durante años junto con otros jesuitas: los PP. Robert Leiber, Augustin Bea, Otto Faller, Wilhelm Hentrich y Rudolf Walter von Moos. Entre 1951 y 1965 fue miembro de la Facultad de Teología del Colegio Belarmino de los jesuitas en Roma. También fue secretario general de la Federación Internacional de Universidades Católicas y miembro de la Facultad del Pontificio Ateneo Lateranense. En 1965, fue elegido asistente general de la Compañía de Jesús por la XXXI Congregación General, la misma que designó al P. Pedro Arrupe como prepósito. La orden entraba entonces en un período de grandes cambios que iba a desembocar con el tiempo en una grave crisis.
Pablo VI escogió al P. Dezza por su confesor, que le oía todos los viernes, a las 7 de la tarde en el tribunal de la penitencia. Los largos años de asiduidad con el papa Montini hicieron nacer y crecer en él la admiración por el que consideraba “un hombre de gran alegría”. De él dijo, a su muerte, que, si bien no era un santo al ser elegido, se convirtió en tal durante su pontificado, sufriendo por Cristo y por su Iglesia con una “profunda resignación interior y un abandono constante a la divina Providencia”. Una de las fuentes de este sufrimiento era precisamente la deriva de la otrora monolítica fuerza al servicio del Papado: la Compañía de Jesús.
En 1981, las tensiones entre conservadores y liberales en su seno se intensificaron al sufrir el P. Arrupe un derrame cerebral que lo incapacitó hasta su muerte (ocurrida diez años más tarde). Los liberales forzaron entonces el nombramiento de uno de los suyos, el P. Vincent O’Keefe para dirigir la orden hasta que se eligiera un nuevo prepósito general, pero el papa Juan Pablo II, aún convaleciente del atentado del 13 de mayo de ese año, en una intervención sin precedentes, hizo caso omiso de esa medida y el 5 de octubre designó al P. Dezza, que había sido profesor suyo en sus tiempos de estudiante en Roma, como delegado pontificio, poniendo a su lado como adjunto para el gobierno de la Compañía al P. Giuseppe Pittau. Durante dos años ambos acometieron la difícil tarea de devolver la normalidad institucional a la orden, hasta que la XXXIII Congregación General eligió al P. Peter Hans Kolvenbach sucesor del P. Arrupe como prepósito general el 13 de septiembre de 1983.
Ya retirado fue creado cardenal por el papa Wojtyla en el consistorio de 28 de junio de 1991, a los casi noventa años de edad. Se trataba obviamente de un reconocimiento puramente honorífico, ya que, ampliamente rebasado el límite de los 80 años impuesto por Pablo VI, el nuevo purpurado no podía ya ni formar parte de ningún dicasterio de la Curia Romana como asesor cualificado del Papa ni participar en un eventual cónclave. Por la misma razón Juan Pablo II le dispensó de recibir la consagración episcopal, preceptiva desde 1962 para los miembros del Sacro Colegio. Recibió la diaconía de San Ignacio de Loyola en el Campo Marzio.
El cardenal Paolo Dezza murió el 17 de diciembre de 1999, casi centenario en Roma. Se lo sepultó temporalmente en el mausoleo de los jesuitas en el cementerio del Campo Verano después de las exequias en la basílica de San Pedro, celebradas por el Papa, en cuya homilía destacó cómo el difunto había cumplido cabalmente con el ideal ignaciano de “servir a Cristo en la persona de su Vicario”. El 17 de diciembre de 2006, en el séptimo aniversario de su muerte, los restos del cardenal Dezza fueron trasladados a la iglesia de su diaconía, donde reposan a la espera de la resurrección de la carne.

Luego de que, una vez más, algunos periódicos italianos hayan atacado la memoria del Venerable Pío XII presentando como “inéditos” documentos conocidos desde hace más de cuarenta años, L’Osservatore Romano ha presentado nuevamente un artículo, publicado originalmente en 1964, en el cual Paolo Dezza (luego cardenal) refería un diálogo confidencial que tuvo con Pío XII sobre la cuestión de los crímenes nazis. Ofrecemos nuestra traducción de este importante artículo, de gran valor histórico.
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“Se lamentan de que el Papa no habla, pero es que el Papa no puede hablar”
La cuestión se puede discutir históricamente, pero si Pío XII calló fue por el temor a empeorar la situación
El 28 de junio de 1964, "L'Osservatore della Domenica" publicó el testimonio del entonces rector de la Pontificia Universidad Gregoriana – luego desde 1966 confesor de Pablo VI y de Juan Pablo I, y creado cardenal en 1991 por Juan Pablo II – que describía el contenido de una audiencia muy confidencial concedida a él por Pío XII.
En diciembre de 1942, prediqué los ejercicios en el Vaticano al Santo Padre. En aquella ocasión, tuve una larga audiencia en la que el Papa, hablándome de las atrocidades nazis en Alemania y en los otros países ocupados, manifestó su dolor, su angustia, porque – me decía – “se lamentan de que el Papa no habla. Pero el Papa no puede hablar. Si hablase, sería peor”. Y me recordó que había enviado recientemente tres cartas: una a quien definía “el heroico Arzobispo de Cracovia”, el futuro Cardenal Sapieha, y otras a otros dos obispos de Polonia en las que deploraba estas atrocidades nazis. “Me responden – dijo – agradeciéndome, pero diciéndome que no pueden publicar esas cartas porque sería agravar la situación”. Y citaba el ejemplo de Pío X que, frente a no sé cuales vejaciones en Rusia, dijo: “Debéis guardar silencio precisamente para impedir males mayores”.
Y también en esta ocasión aparece muy clara la falsedad de aquellos que dicen que él guardó silencio queriendo sostener a los nazis contra los rusos y el comunismo; y recuerdo que me dijo: “Sí, el peligro comunista existe. Sin embargo, en este momento, es más grave el peligro nazi”. Y me habló de lo que los nazis habrían hecho en caso de victoria. Recuerdo que me dijo la frase: “Quieren destruir a la Iglesia y aplastarla como un sapo. Para el Papa no habrá lugar en la nueva Europa. Dicen que se vaya a América. Pero yo no tengo miedo y me quedaré aquí”. Y lo dijo de una forma muy firme y muy segura, por lo cual se ve claro que si el Papa callaba no era por miedo o por interés, sino únicamente por el temor de empeorar la situación de los oprimidos. Porque mientras me hablaba de las amenazas de invasión del Vaticano estaba absolutamente tranquilo, seguro, confiado en la Providencia. Al hablarme del “hablar”, sí estaba angustiado. “Si yo hablo – pensaba -, les hago mal a ellos”.
Por lo tanto, aunque históricamente se puede discutir si habría sido mejor hablar más o hablar más fuerte, lo que está fuera de discusión es que si el Papa Pío XII no habló más fuerte ha sido únicamente por este motivo, no por miedo o por otro interés. Otra cosa del diálogo que me impresionó es que me habló de todo lo que había hecho y estaba haciendo en favor de estos oprimidos. Recuerdo que me habló de los primeros contactos que, apenas elegido Papa y de acuerdo con los cardenales alemanes, había tratado de establecer con Hitler, pero sin resultados; luego, del diálogo que tuvo con Ribbentrop cuando vino a Roma, pero sin resultados. De todos modos, él continuaba haciendo lo que podía sólo con la preocupación de no entrar en cuestiones políticas o militares sino de mantenerse en lo que era la tarea de la Santa Sede. En este sentido, recuerdo que cuando en 1943 vino la dominación alemana a Roma –yo era Rector de la Pontificia Universidad Gregoriana y recibí a aquellos que venían a buscar refugio-, Pío XII me dijo: “Padre, evite recibir a militares porque, siendo la Gregoriana pontificia y ligada a la Santa Sede, nosotros debemos mantenernos fuera de esta parte. Pero, para los demás, de buena gana: civiles, judíos perseguidos”. De hecho, muchos fueron recibidos.
Sobre lo que el Papa hizo entonces por los judíos, entre muchos testimonios, está el de Zolli, que era el Gran Rabino de Roma y que, durante la ocupación nazi, estuvo refugiado con una familia de trabajadores. Luego, pasado el peligro y llegados los aliados, él se convirtió, se hizo católico, con una conversión sincera y desinteresada. Recuerdo que vino a verme el 15 de agosto de 1944 y me expuso su intención de hacerse católico. “Mire – me dijo -, no es un do ut des. Pido el agua del Bautismo y basta. Los nazis me han llevado todo. Soy pobre, viviré pobre, moriré pobre, no me importa”. Y cuando llegó el Bautismo, quiso tomar el nombre de Eugenio precisamente en agradecimiento al Papa Eugenio Pacelli por lo que había hecho en la asistencia a los judíos. Yo mismo lo acompañé en la audiencia con el Papa después del Bautismo, en febrero, y fue cuando Zolli pidió al Papa quitar de la liturgia aquellas expresiones desfavorables a los judíos como “perfidis iudaeis”. Y fue entonces que Pío XII, dado que no podía cambiar inmediatamente la liturgia, hizo publicar la declaración de que “pérfidos” en latín significa “incrédulos”. Pero luego, apenas fue posible, con la reforma de la liturgia fue quitada la palabra.
Pío XII quería estar seguro de no decir nada que pudiera suscitar reacciones que agravaran la situación. Yo separaría las dos cuestiones. Una es: ¿ha hecho bien en callar o habría sido mejor hablar? Ésta es, para mí, una cuestión que se puede incluso discutir históricamente. Tal vez Pío XI, de otro carácter, habría actuado de modo diverso. Sin embargo, lo que para mí es evidente es que si Pío XII ha callado o ha hablado poco, no ha sido por ningún otro motivo que no sea el temor de empeorar la situación. Objetivamente, se puede discutir; subjetivamente, no hay duda de la intención del Papa: él buscó realmente hacer lo mejor.
Fuente: L’Osservatore Romano
Traducción: La Buhardilla de Jerónimo
1 de febrero de 2010
El cardenal Saraiva Martins confirma informaciones sobre el milagro atribuido al Venerable Pío XII
El cardenal Saraiva fue muy cuidadoso al explicar la diferencia entre un «presunto» milagro y uno que es confirmado explícitamente por la Santa Sede. El presunto milagro habría sido realizado a un paciente italiano quien fue curado de cáncer. El caso fue enviado a la Congregación y ocurrió en el poblado de Castellammare di Stabia cerca de Napoles (Italia).
La publicación Sorrento & Dintorni informó que, "hace algunos meses" una persona (cuya identidad no ha trascendido) fue curada de cáncer luego de rezar por intercesión del papa Pío XII. Los médicos, quienes no han proporcionado detalles sobre este hecho, no han podido explicar científicamente la curación.
Según la publicación la historia fue confirmada por el padre Carmine Giudici, Vicario General de la archidiócesis de Sorrento (Castellammare di Stabia), quien dijo: «todo es verdad». El sacerdote explicó que un fiel de la diócesis informó a la Santa Sede afirmando haber recibido curación por intercesión de Pío XII. El Arzobispo decidió, por tanto, instituir el correspondiente tribunal diocesano, según informó ACI (Agencia Católica de Información).
Al ser consultado por CNA, el Cardenal Saraiva explicó que todavía es imposible estimar cuánto tiempo tomará el proceso de confirmación del milagro. La noticia del presunto milagro llega a casi un mes de la aprobación del decreto de virtudes heroicas del Papa Pacelli por parte de Benedicto XVI.























