9 de octubre de 2011

En el LIII aniversario del piadoso tránsito del venerable Pío XII. Así habló el que iba a ser su sucesor


El cuerpo yacente de Pío XII en Castelgandolfo



ELOGIO DEL PAPA PÍO XII*


pronunciado en la basílica de San Marcos
por el cardenal Angelo Giuseppe Roncalli,
patriarca de Venecia (hoy beato Juan XXIII),
el 11 de octubre de 1958


« Bene omnia fecit : et surdos fecit audire et mutos loqui » (Marc. VII, 36).


En toda circunstancia mi palabra aquí en la basílica de San Marcos ama inspirarse en el Evangelista patrono nuestro. Este fúnebre rito en honor y en sufragio de la bendita alma del glorioso pontífice nuestro Pío XII, que ha volado en estas días a las regiones celestiales, no podría encuadrarse mejor que en el testimonio que precisamente san Marcos, “filius et interpres Petrus” (hijo e intérprete de Pedro), recogió y nos transmitió de los labios de la muchedumbre extasiada y conmovida por los prodigios de Jesús. De nada sirvió que se instase al silencio a estos admiradores: “magis plus praedicabant, eo amplius admirabantur, dicentes: bene omnia fecit: et surdos fecit audire et mutos loqui – tanto más lo publicaban, y se maravillaban sobremanera y decían: todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos” (Marc VII, 36 ss).

Desde hace casi veinte años esta voz de Pío XII, Siervo de los Siervos de Dios, del Pastor Angélico, se hacía oír a diario dentro de los límites de su patria, anunciando la buena doctrina, amonestando, animando a hacer el bien a las almas individuales y a las innumerables multitudes. A menudo estos límites fueron superados, como en los tiempos de Jesús, más allá de Tiro, hacia el mar de Galilea, en la Decápolis, hasta los puntos más diseminados y remotos.

En tiempos de Jesús hablaban los milagros; con Pío XII esa voz suya se volvía más eficaz y penetrante, hasta transformarse en aclamación mundial.

Vuestro Patriarca, bienamados señores míos, recuerda todavía haber pronunciado, hace 36 años, a fines de 1922, un discurso fúnebre, pronunciado como siempre con palabras simples, en honor del papa Benedicto XV, precisamente en la iglesia parroquial de Castelgandolfo junto a la villa papal, entonces silenciosa y deshabitada, y sobre el tema de la misma citación de san Marcos “bene omnia fecit”.

Siete años, de los cuales cuatro de guerra sangrienta, habían bastado a la gloria de Benedicto XV, menudo de estatura, pero grandísimo en inteligencia y en corazón. De él había descendido un día, el 13 de mayo de 1917, por medio de la unción episcopal, aquella virtud divina que iba a encaminar al joven prelado Eugenio Pacelli hacia las alturas del sumo sacerdocio.

Pero ahora, ¿Qué decir de éste, del papa Pío XII? Después de casi cuatro lustros que fueron también para él más de guerra que de paz, ¿qué decir de aquel que ha llenado la Tierra con las vibraciones de su magisterio y los ecos de su palabra, añadiendo a su sonora voz la maravilla de una actividad pastoral que veinte volúmenes pueden apenas contener?

A mediodía de ayer, siguiendo en directo y por transmisión televisiva el traslado de los restos del Papa desde Castelgandolfo a Letrán y a San Pedro del Vaticano, me venía a la mente la pregunta de si un triunfo de antiguo Emperador Romano hacia el Capitolio habría podido igualar –no como manifestación de poderío militar, sino como dignidad imponente, majestad espiritual y penetración de sentimiento– las proporciones del espectáculo que ha conmovido tantos corazones. Una vez más me vino al espíritu la expresión de nuestro gran escritor lombardo: “¡Tan fuerte es la caridad! Entre los recuerdos variados y solemnes de un general infortunio, ella puede hacer sobresalir la de un hombre, porque ha inspirado a este hombre sentimientos y acciones más memorables aún que los males; imprimiendo en las mentes como un resumen de todos esos infortunios, en medio de los cuales lo ha interpuesto como guía, socorro, ejemplo, víctima voluntaria; ella puede hacer de una calamidad general una suerte de empresa para este hombre y gracias a él convertirla en una conquista o en un descubrimiento”.

Es a la eminente caridad de estas acciones ejercitadas durante el curso de más de ochenta años a la que cuadra el elogio de las multitudes sobre los pasos de Jesús de Nazaret. “Bene omnia fecit” (Todo lo ha hecho bien).

Y el elogio se cumple específicamente en de dos grandes éxitos que caracterizan el pontificado de Pío XII: con la continuidad de su magisterio, excelso y divino, abrir los oídos a los sordos y restituir a los mudos el uso de la palabra (que es tanto como decir hacer hablar a los silenciosos).

¡Oh, el magisterio de Pío XII! Las voces que la noticia de su muerte ha suscitado y continúa suscitando, ante todo concuerdan en la importancia, en la belleza variada y armoniosa, en la riqueza de las enseñanzas de este gran maestro de la fe, cuya profusión, emulando los grandes fastos de los Padres y Doctores de la Iglesia antigua, ha sabido adecuarse a las condiciones más modernas del pensamiento y dominarlo en el respeto de la herencia doctrinal de sus predecesores, enriqueciendo su sacro patrimonio en beneficio de la civilización humana y cristiana para el progreso de de las gentes según las premisas de su progreso, que –como bien se ha escrito– “residen en la religión, en el cristianismo, en el catolicismo, en aquel ejército formado en orden de incruenta y santa batalla que es la Iglesia, bajo aquel vértice orientador que es el pontificado de Pedro”.

Refiriéndose a Pío XII la Historia dirá cómo su magisterio, que en cuanto a intensidad fue sin igual, ha sido mirado como oportuno, eficaz e imprescindible en esta época en la que –notadlo bien– la sociedad ha dejado a la Iglesia tan sólo la libertad de la palabra, palabra necesaria para quien no quiere caminar entre tinieblas y perder de vista la estrella polar.

Me ha sucedido con frecuencia, hablando a las almas rectas y sinceras, el comparar el magisterio sacro  de la Iglesia, el magisterio característico del Santo Padre Pío XII, con la fuente pública que suele hallarse en el punto central de la localidad, ya se trate de una ciudad o de un pueblo. Sus enseñanzas se extienden a todos los diferentes aspectos de la vida, según las varias relaciones de la humana convivencia, a la intervención o la imprevista aparición de penosas circunstancias. Todos los ciudadanos pueden acceder a la fuente pública, beneficiarse de ella y sacar provecho según las diversas exigencias de la aventura humana.

No toca en la presente circunstancia que me adentre en más profundas aplicaciones de este elogio a la gran dignidad de maestro universal que completa en extraordinaria medida los méritos singulares de Pío XII. Es la luz de la caridad de Cristo el Señor la que reverbera sobre el rostro de este vicario suyo en la Tierra, dedicado a la exaltación teológica, ascética, mística, apostólica, social del Reino de Cristo, reino de verdad y de gracia, reino de justicia, de amor, de paz.

Este depósito de las verdades más sagradas puestas en evidencia, este empeño en hablar de ellas y de ilustrarlas cada día como alimento espiritual de las almas, fue uno de los rayos más fúlgidos del magisterio espiritual de Pío XII.




Dos papas, dos estilos: una misma vocación



Él operó, siempre y en todo, el milagro, poniendo los dedos sobre las orejas y gritando “éfeta” (Marc. VII, 34).

Los sordos a quienes habló, ¿han correspondido o corresponden en plenitud de sensibilidad auditiva? Es éste el misterio de la gracia. Es éste el mérito extraordinario del Pontífice, en su primera unción como maestro divino.

En el ministerio de las alamas constituye ya un gran éxito haber vuelto inexcusable la dureza del rechazo a la verdad conocida. Gran título de honor y de mérito lo de “bene omnia fecit: surdos fecit audire!”.

El otro aspecto del pontificado de Pío XII y de sus preclaros méritos, el “mutos loqui” (hacer hablar a los mudos), es el hecho consolador, el espectáculo de estos días, que atempera y dulcifica la tristeza por la partida del Padre común a las regiones del Cielo.

Preocupaciones y motivos de tristeza no han faltado nunca en la Iglesia del Señor. A veces inclusive aquello que puede ser ocasión de tranquila reflexión sobre las verdades religiosas se convierte en motivo de agravio si no de atroz sufrimiento.

Remontándome a los recuerdos de la muerte de los grandes Pontífices de los últimos tiempos no faltan penosas evocaciones.

Papa insigne y santo fue el Siervo de Dios Pío IX, de quien se escribió que ningún Papa fue nunca tan amado y tan odiado como él en la Tierra: y rememoro todo el beneficio y la edificación que la lectura emocionante de su vida y de la historia de su pontificado produjo en mi adolescencia y juventud. Se recuerda en cambio, con vergüenza para quien promovió la diabólica empresa y horror para toda alma bien nacida, el intento de arrojar sus venerables huesos al Tíber en ocasión de su traslado a la basílica de San Lorenzo en Campo Verano, donde los católicos de Europa le habían preparado una nobilísima sepultura, hasta hoy visitada con respeto y veneración.

En 1903 había yo desde hacía poco entrado en las órdenes mayores cuando el 20 de julio, a los 93 años, se apagó el astro de primera magnitud que fue León XIII, después de 25 años de pontificado. Ciertamente hubo ceremonias fúnebres solemnísimas, pero todas de carácter oficial únicamente eclesiástico y limitadas a la basílica de San Pedro. La Roma civil y política permaneció silenciosa y despectiva. Los Papas sucesivos, san Pío X, Benedicto XV y Pío XI fueron sí seguidos en la muerte con vivo respeto y con solemnidades religiosas en perfecto estilo litúrgico y pontifical. Pero sin insólitas vibraciones.

En cambio, con nuestro Santo Padre Pío XII –es muy reconfortante reconocerlo– asistimos a una apertura evidente de nuevos cielos y de algo misterioso que testimonia un gradual mejoramiento de los contactos del orden civil con el orden religioso y social; una tendencia más acentuada entre nosotros a respetar lo que es sagrado, a mirarnos, –pertenecientes como somos a diferentes tendencias en el campo político, en el económico, en el sociológico–, a mirarnos, digo, a los ojos con el deseo de un feliz entendimiento.

Se diría que el alzarse a lo alto de este Papa, cuyo nombre pasará a la historia entre los más grandes y los más populares de la época contemporánea, provoca una actitud respetuosa hacia todo aquello que la Cabeza de la Iglesia Católica significa y resume, y eso no puede ser sino ventajoso.

No estamos, pues, solamente ante los dedos del Divino Taumaturgo puestas sobre la oreja del sordo con la palabra “¡ábrete!”; estamos también ante la saliva misma de Jesús que toca los labios antes mudos y los reabre para la palabra viva y sonora.

El éxito del “bene omnia fecit” es, por lo tanto, perfecto: “et mutos fecit loqui”.

Sin embargo, en este punto una ola de tristeza pasa sobre mi espíritu. Todo el mundo se ha conmovido con la muerte del Papa y se encuentra con recogimiento como los discípulos en la cima del monte de los Olivos para el último adiós, casi como para acompañarlo con los ojos y con el corazón mientras se eleva al cielo.

Pero hay una parte del mundo donde vastas porciones de los hijos de la Iglesia Católica se hallan excluidos de la participación pública en el dolor universal.

El Santo Padre llamaba a estas porciones el conjunto de la “Iglesia del Silencio”.

¡Queridos señores y hermanos míos! Vosotros me entendéis. Pensar en la “Iglesia del Silencio”, en torno al Papa difunto y no obstante siempre vivo, que tantas veces transmitió su gemido, es como orar junto con él al Padre Celestial para que ponga término a esta prueba de tantos labios cerrados, mientras se oye cómo estallan los corazones en sollozos de angustia bajo el peso de su esclavitud y de una durísima persecución, que, en cuanto a organización audaz y diabólica, supera todo intento humano al que se haya llegado antes.

Oh Santo Padre, que atraviesas las regiones etéreas hacia la paz de Dios, he aquí que nosotros, que fuimos instruidos por tu ejemplo, te invitamos a fortalecer con la tuya nuestra plegaria: “Exsurge Domine, adiuva nos, et libera nos propter nomen tuum” (Levántate, Señor, ayúdanos y líbranos por tu nombre).

Una palabra todavía.

Tendiendo el oído a las voces de la Tierra se diría incluso que la marcha de nuestro santísimo Pontífice y padre se traduzca en un impresionante triunfo mundial de su nombre y de su persona. Hasta pareciera que, ya elevado a las regiones superiores, él, mirándonos, repita las palabras que creo poder atribuir a san Gregorio Magno: “Meus honor est honor universalis Ecclesiae: est fratrum meorum solidus vigor” (Mi honor, el honor que me tributáis, es el honor de la Iglesia universal; es para vosotros, hermanos míos, una comunicación de sólido vigor espiritual). Espero de todo corazón que lo sea verdaderamente.

Entretanto, oh Padre bendito y santo, acoge la gratitud inmensa que todo el mundo católico te debe y que no sólo de los católicos, sino de cuantos llevan en la frente, aunque no participen de la unidad católica, el nombre de Cristo, de todos aquellos a quienes une un sentimiento de humana fraternidad, te es testimoniada en conmovedor plebiscito de dolor, de admiración y de amor.

Las últimas palabras que dictaste en tu testamento fueron una invocación de misericordia, un último grito de paternidad, de fraternidad y de perdón.

De este perdón todos tenemos necesidad.

He aquí que nuestros brazos se tienden y con los santos de Dios te elevamos ante la presencia del Altísimo.

Tú fuiste el “Pastor Angélico” y nos guiaste a los pastos de la vida eterna; tu fuiste el defensor de nuestra patria en sus más trágicas horas: selo una vez más, oh Pontífice Pío, selo siempre, oh flor, oh gloria de la Ítala gente; selo siempre y bendice nuestras casas, nuestras familias, a nuestros sacerdotes, a los pobres, a los que sufren, a los niños; bendice a Venecia (cuyo horizonte, hoy, se hace extensivo en nuestra plegaria a toda la Cristiandad), que siempre ha sido sólida y fiel en torno a tu trono apostólico y que no cesará jamás de honrar tu memoria, tal como tú la alegrarás siempre con tu amor y tu protección desde el Cielo.

Oh Padre Santo inolvidable: “sit super nos Semper benedictio tua” (sea siempre com nosostros tu bendición). Amén.


* Publicado como prefacio del libro Pío XII del cardenal Domenico Tardini (Tipografía Políglota Vaticana, 1960). Traducción española del elogio: SIPA.



5 de octubre de 2011

El cardenal Comastri oficiará este domingo una misa en memoria del venerable Pío XII en San Pedro de Roma


Carta de convocatoria del Comitato Papa Pacelli



Como nos ha informado nuestro amigo el Prof. Paolo Tontodonato Sardi desde Sulmona (Abbruzzo), este próximo domingo 9 de octubre tendrá lugar en el altar del Sepulcro de San Pedro, en la cripta de la Basílica Vaticana, una misa en honor del Venerable Pío XII, al cumplirse el 54º aniversario de su piadoso tránsito (en Castelgandolfo, a 9 de octubre de 1958). El sacro rito está previsto que comience a las 11 horas y será oficiado por Su Emcia. Revma. el Sr. Cardenal Angelo Comastri, vicario de Su Santidad para la Ciudad del Vaticano, presidente de la Reverenda Fábrica de San Pedro y Arcipreste de la Basílica (cargos estos dos últimos que en su día ocupó el entonces cardenal Eugenio Pacelli). Conviene recordar que el Santo Padre Pío XII quiso ser sepultado lo más cerca posible de la Tumba del Príncipe de los Apóstoles, cuyo descubrimiento se debe a los trabajos que él mismo ordenó con no poca dosis de audacia y anunció en el curso del Año Santo de 1950. Es por ello por lo que no puede ser más a propósito el lugar elegido para la celebración litúrgica que conmemora al Romano Pontífice más importante del siglo XX y que merece sin duda el epíteto de “Magno”.

Muchas cosas, gracias a Dios, han ido cambiando desde los tiempos en el que sólo nombrar a Pío XII era tabú, incluso y sobre todo en los medios eclesiásticos. Quien esto escribe y que conoce bien Roma desde 1984, recuerda a propósito cómo era dificilísimo –por no decir prácticamente imposible– encontrar en las tiendas de recuerdos y artículos religiosos adyacentes a la Via della Conciliazione estampas u objetos relacionados con este Papa. Era un triunfo si por ventura se podía comprar una vieja postal en algún antiguo negocio. Una posibilidad era ir a estudios fotográficos como Santoni o Felici o al archivo de L’Osservatore Romano. Aún así los precios no eran accesibles. Eso sí: se podía visitar la tumba del hoy venerable porque el recorrido de entrada a las grutas vaticanas pasaba entonces frente a ella (hoy y desde hace varios años ese acceso permanece cerrado al público y hay que pedir a los amables sampietrini que le dejen entrar a uno para orar brevemente ante ella). Un solo detalle muestra la actitud que hasta hace no mucho primaba en los ambientes de la Basílica de San Pedro: en el año 2000, con ocasión del jubileo del Segundo Milenio, una delegación del SODALITIVM INTERNATIONALIS PASTOR ANGELICVS depuso una ofrenda floral ante el sepulcro de Pío XII por la mañana. Al volver algunas horas más tarde se pudo comprobar con decepción y desconcierto que la misma había sido retirada. Sin embargo, y aunque las comparaciones son odiosas, no pasaba lo mismo si se trataba de la tumba de Juan XXIII (antes de que sus reliquias fueran trasladadas a la nave con motivo de su beatificación).

Y ello por no hablar del proceso de beatificación, que ha sufrido toda clase de retrasos. La firma y publicación del decreto de heroicidad de virtudes de Eugenio Pacelli tuvo que esperar más de dos años y medio desde su aprobación por la Comisión de Cardenales y Obispos el 8 de mayo de 2007. Sin embargo, fue personalmente el Santo Padre Benedicto XVI, felizmente reinante, quien, siguiendo el ejemplo de Pablo VI (que no ahorró ocasión para honrar al Papa que había servido tantos años en la Secretaría de Estado), con gran coraje empezó a derribar el muro de silencio que rodeaba a su –en sus propias palabras– “amado predecesor”, cuando el miércoles 9 de octubre de 2008, al cumplirse el cincuentenario de su óbito, quiso tener capilla papal en su memoria en San Pedro. Hasta entonces, a nivel de las autoridades romanas, fue el denuedo de los reverendos Padres jesuitas Paolo Molinari, postulador de la causa, y Pierre Blet, especialista en la acción de la Santa Sede durante la Segunda Guerra Mundial, y, sobre todo, del P. Peter Gumpel, relator de la causa, el que mantuvo vivo y operante el recuerdo del venerable Pío XII, cosa por la que no se les podrá agradecer bastante.




Su Eminencia el cardenal Angelo Comastri 


En el momento presente las conferencias, los círculos de estudio y las exposiciones sobre Pío XII se multiplican y no está lejano el día en el que vuelva a reconocérsele universalmente como en los años que precedieron a la infame campaña propagandística promovida a partir de 1963 con ocasión del estreno de la pieza de ficción El Vicario del hoy revisionista y negacionista Hochhuth. Por otra parte, sus enseñanzas demuestran ser más actuales que nunca, por ejemplo en lo que respecta a la actual y grave crisis financiera y económica, que pone de manifiesto el olvido de dos de los temas fundamentales y recurrentes en el magisterio pacelliano: la justicia y el bien común, presupuestos para la paz, es decir, la tranquilidad en el orden, paz social, paz internacional, sin lo cual el mundo está abocado al caos. Olvidar el fundamento moral de la política, en el que tanto insistía Pío XII, conduce a situaciones deplorables como la actualmente aflige a tantos países, incluso a los más poderosos de la Tierra.

Quiera Dios que veamos pronto en los altares a su siervo fiel el venerable Pío XII. Confiemos en su intercesión y admiremos su eximio ejemplo de santidad. Los santos nos son dados para ser invocados e imitados. El SIPA, al aplaudir efusivamente esta feliz iniciativa del Comitato Papa Pacelli se une a la misa de este domingo 9 de octubre y ruega a todos los devotos de Eugenio Paceeli que no tengan el privilegio de poder asistir personalmente, que honren su memoria allí donde se encuentren, ofreciendo la santa misa y la comunión por el avance de su causa, en unión espiritual con la sacra ceremonia que se desarrollará en la Urbe, la ciudad natal del gran “romano de Roma”, que tanto le debe y a cuyos hijos lanzó el Papa Montini, en el centenario de su nacimiento, esta exhortación que resuena hoy con acentos de plena actualidad: “Recordad vosotros, romanos, a este vuestro insigne y elegido pontífice: recuérdelo la Iglesia, recuérdelo el mundo, recuérdelo la Historia. Muy digno es él de nuestra piadosa, agradecida y admirada evocación” (7 de marzo de 1976).




La Capilla Clementina, junto al sepulcro de San Pedro
en la cripta de la Basílica Vaticana





21 de septiembre de 2011

Texto íntegro del decreto de heroicidad de virtudes del Siervo de Dios (hoy venerable) Pío XII


Benedicto XVI durante la Misa de cincuentenario
del tránsito del hoy venerable Pío XII



Beatificationis et Canonizationis Servi Dei Pii XII
(Eugenii Pacelli), Summi Pontificis (1876-1958)


DECRETUM SUPER VIRTUTIBUS


« Dabo vobis pastores iuxta cor meum, et pascent vos scientia et doctrina » (Ier 3, 15).

Sanctos inter et sapientes pastores, quos Spiritus Sanctus Dei Populo dedit, haud dubie Summus Pontifex Pius XII est recensendus, qui, divinum Pastorem vestigiis sequens, Ecclesiae humanaeque familiae magna caritate et sollicitudine, vasta doctrina, evangelica prudentia et plena erga munus illi divinitus commissum fidelitate inserviit.

Hic sacerdos magnus Romae natus est die 2 mensis Martii anno 1876, secundus inter filios, a parentibus Philippo Pacelli et Virginia Graziosi; sequenti die baptismatis aqua ablutus est, nomina assumens Eugenii Mariae Iosephi.

Vitam evolvit apud familiam normis fidei suffultam et mutuis amoris rationibus praestantem.

Divinam ad sacerdotium persentiens vocationem, philosophica et theologica studia peregit et die 2 mensis Aprilis anno 1899 sacro presbyteratus ordine est insignitus; deinde studia perrexit, quibus expletis doctoris titulis in theologia et «in utroque iure» est cumulatus.

Praeclaris ingenii dotibus, officii conscientia eiusque actuositate perpensis, Benedictus XV anno 1914 Secretarium Congregationis pro Negotiis Ecclesiasticis Extraordinariis eum constituit, nuper agentem tantummodo octo et triginta aetatis annos.

Anno 1917 nominatus est Nuntius Apostolicus in Bavaria, titulo addito Archiepiscopi Sardiani; episcopali ordinatione ab ipso Benedicto XV die 13 mensis Maii eiusdem anni auctus est. Anno 1920 factus est Nuntius Apostolicus apud Germanum regimen vulgo Reich. Extremis annis primi belli mundialis et periodo quae cladem Germaniae est secuta, Servus Dei materialia et spiritualia caritatis opera sparsit in beneficium gentis et militum captivorum, idcirco hominum bonae voluntatis existimationem ac venerationem sibi conciliavit. Duodecim annis, quos in Germania degit, post diuturnas et onerosas negotiationes, potuit incitare fidem credentium atque aestimationem palam extollere erga Ecclesiam ex parte eorum qui prius indifferentes vel immo hostiles sese gesserant.

Hi eximii huius Nuntii exitus induxerunt Pium XI ut eum Romam arcesseret, die 16 mensis Decembris anno 1929 Cardinalem constitueret et die 7 mensis Ianuarii anno 1930 suum nominaret Secretarium Status. Quod officium Servus Dei exsecutus est usque ad obitum Pii XI, qui evenit die 10 mensis Februarii anno 1939, postquam efficax fideleque praestiterat illi servitium inter difficiliores periodos recentis historiae Ecclesiae.

Brevissimo volvente Conclavi, electus est Summus Pontifex, assumens nomen Pii XII die 2 mensis Martii anno 1939; statim maximopere nisus est ut alterius belli mundialis initium vitaret; hi tamen conatus frustra verterunt, sicut etiam nisus ut Italia longe a bello maneret.

Hac immani perdurante conflagratione, victimarum dolores pro viribus sublevare contendit; instituit Officium Vaticanum de Notitiis ferendis, ad dispersos quaerendos inter milites ceterosque cives, nec non Pontificiam Operam Assistentiae ad subveniendum illis qui fame et vita extremae paupertatis affligebantur; saepe admonuit bellum gerentes ut incolas cives servarent, et, futuro prospiciens tempori, notissimos habuit sermones radiophonicos, quibus nota reddidit principia quae attinebant ad venturum ordinem internationalem iustitia nisum, veluti praeviam condicionem ad pacificum convictum tutandum inter nationes atque reverentiam hominibus praestandam, quae necessaria sunt ad internum instituendum ordinem uniuscuiusque status.

Etiam memoratu digna sunt ea quae Pius XII fecit pro Hebraeis, qui a nationalibus socialistis insectabantur. Ipse bene noverat iteratas et flagrantes oppugnationes publicas, quae ne quidem vitam unius Hebraei servavissent, secus enim, contulissent ad acuendam et augendam persecutionem, et hac de causa impedivissent illam absconditam et silentem operam auxiliatricem, per quam ille vitas milium hominum stirpis Hebraeae in tuto collocare potuit. Nec est obliviscendum quanta pro omnibus Pius XII fecerit, praesertim germanica urbis Romae grassante obsidione, quamobrem iure meritoque honorifice «defensor civitatis» appellari meruit.

Altero bello mundiali composito, Pius XII pleramque suae activitatis partem insumpsit in sustentandis catholicis, quibus magis in dies crescentes adversabantur hostilitas et oppressio apud nationes communistas Europae orientalis, nec non in vitanda diffusione marxismi athei apud mundum liberum. Eodem tempore favit conatibus peractis ad coniunctam Europam constituendam.

Magisterium doctrinale Summi Pontificis Pii XII constituit praecipuam eius actionis pastoralis partem; etenim recensentur quadraginta Litterae Encyclicae ab Ipso vulgatae: agitur de documentis diversis scientiae theologicae et actuositatis Ecclesiae. Praecipue memoranda sunt opera eius in re biblico-theologica de vita et doctrina Ecclesiae, in re liturgica et missionaria, in laicali actuositate, in spiritualitatis sacerdotalis et religiosae renovatione.

Magni gaudii causae Pio XII fuerunt Iubilaeum anni 1950, nec non dogmatis Assumptionis Beatae Mariae Virginis sollemnis proclamatio habita die 1 mensis Novembris eiusdem anni post diuturnos annos quibus studia peracta sunt omnesque orbis Episcopi consulti; item inventio sepulcri Sancti Petri post excavationes quas ipse Pontifex praescripserat.

Eius sollemnioribus actibus magisterii accedunt centeni sermones, qui collecti continentur multis voluminibus collectionis inscriptae «Discorsi e Radiomessaggi di Pio XII», in quibus magna cum peritia innumeras tractavit quaestiones de re morali, de iure, de medicina, de scientiis naturalibus, de cultura, de arte et ita deinceps, semper intendens affirmare quod Ecclesia favere cupit omni humanae actuositati et notum reddit eam recipere posse ac debere impulsiones vitales fidei in Deum, hominum mundique Creatorem, et ipsam vicissim fide ditari.

His hactenus dictis addenda est cura quam habuit de Ecclesiis particularibus quibus cotidiana sollicitudine consulere consueverat, de Episcoporum nominatione, de nova dioecesium distributione, de internationali Collegii Cardinalium et Curiae Romanae indole, de Episcoporum indigenarum ordinatione, de publicis et privatis audientiis, de vastissimo cursuali commercio officii, ac de ceteris.

Si quis, elapsis decenniis, respicit diuturnum Pontificatum Pii XII, facere non potest quin stupens sese interroget quomodo fieri potuerit ut ille, valetudine licet non florida, tanta exsequi valuisset pro Ecclesia et hominum societate. Pius XII vir Dei erat, homo simplici et altissima fide praeditus, homo precationi deditus, qui cotidie in silenti adoratione coram tabernaculo quiescebat, ac praesertim per eucharisticam celebrationem cum Christo coniungebatur, et, Eius gratiae sese aperiens, in Ipso inspirationem, praesidium et fortitudinem reperiebat. Dehinc orta est eius inconcussa fiducia et spes in Deo, qui difficilioribus in diebus profunda eum cumulavit serenitate, quae propria eius erat indolis; dehinc potissimum ditatus est amor eius erga Deum et, propter eius conformationem ad Christum (cfr Rom 8, 29) sollertia locupletatus quoque et caritate erga proximum cuiusque nationis, culturae, condicionis et stirpis. Dehinc insuper prodierunt eius profunda prudentia, acutus iustitiae sensus, fortitudo, sobrietas vitae omnino deditae sacerdotali et pastorali servitio singulis diei momentis et ita diuturnos per annos. Dehinc praeterea ortae, confirmatae et auctae sunt omnes virtutes adnexae, eius comis ac patiens, urbana et suavis erga omnes conversatio. Etenim, homo Dei erat, homo qui eminenti gradu omnes christianas excoluit virtutes. Nec sic de nihilo, omnes qui adibant eum in eo praesentiam Domini persentiebant, a quibus «Pastor Angelicus» cum honore meruit appellari.

Post diuturnam et operosam vitam, quam cum Christo coniunctus pro Ecclesiae humanaeque societatis bono insumpsit, Pius XII obiit die 9 mensis Octobris anno 1958.

Nec mirandum est cur Pius XII, sive vivens sive post obitum, authentica ac largiter diffusa sanctitatis fama gavisus sit, et quantum innumeri christifideles laetati sint cum Summus Pontifex Paulus VI die 18 mensis Novembris anno 1965, cum ad conclusionem fere vertebatur Concilium Oecumenicum Vaticanum II, notam reddidit decisionem suam promovendi Causam beatificationis et canonizationis eius Decessoris.

Deinde secuti sunt Processus Ordinarius apud Vicariatum Urbis constructus et Rogatoriales in Curiis celebrati Ianuensi, Monacensi et Frisingensi, Varsaviensi, Lisbonensi, Matritensi, Montisvidei, Berolinensi, in quorum cursu complures auditi sunt testes et innumera documenta collecta. Exarata Positione, disceptatum est, ut de more, utrum Servus Dei virtutes gradu heroico exercuerit. Die 27 mensis Ianuarii anno 2006 et die 6 sequentis mensis Octobris habitus est, favente cum exitu, Congressus Peculiaris Consultorum Theologorum. Purpurati Patres et Episcopi, in Sessione Ordinaria die 8 mensis Maii huius anni 2007 congregati, Ponente Causae Exc.mo D.no Salvatore Fisichella, Episcopo tit. Vicohabentino, agnoverunt Servum Dei heroicum in modum theologales, cardinales eisque adnexas virtutes esse exsecutum.

Facta demum de hisce omnibus rebus Summo Pontifici Benedicto XVI per subscriptum Archiepiscopum Praefectum accurata relatione, Sanctitas Sua, vota Congregationis de Causis Sanctorum excipiens rataque habens, hodierno die declaravit: Constare de virtutibus theologalibus Fide, Spe et Caritate tum in Deum tum in proximum, necnon de cardinalibus Prudentia, Iustitia, Temperantia et Fortitudine, iisque adnexis, in gradu heroico, Servi Dei Pii XII (Eugenii Pacelli), Summi Pontificis, in casu et ad effectum de quo agitur.

Hoc autem decretum publici iuris fieri et in acta Congregationis de Causis Sanctorum Summus Pontifex referri mandavit.


Datum Romae, die 19 mensis Decembris A. D. 2009.


† Angelus Amato, S.D.B.
Archiep. tit. Silensis, Praefectus
L. †  S.

† Michae¨l Di Ruberto
Archiep. tit. Biccarensis, a Secretis




Estatua del venerable Pío XII en la Basílica Vaticana



Beatificación y Canonización del Siervo de Dios Pío XII
(Eugenio Pacelli), Sumo Pontífice (1876-1958)


DECRETO SOBRE VIRTUDES HEROICAS


« Dabo vobis pastores iuxta cor meum, et pascent vos scientia et doctrina » (Ier 3, 15) - “Os daré pastores según mi corazón y os apacentarán con sabiduría y doctrina” (Jer. 3, 15)

Sin duda, entre los santos y sabios pastores que el Espíritu Santo a dado al Pueblo de Dios, hay que contar al Sumo Pontífice Pío XII, el cual, siguiendo las huellas del Divino Pastor, fielmente sirvió a la Iglesia y la familia humana con gran caridad y solicitud, con grandiosa doctrina y con plena y evangélica prudencia en el cumplimiento del oficio que le fue divinamente encomendado.

Este gran sacerdote nació en Roma el 2 de marzo de 1876, segundo de los hijos del matrimonio formado por Filippo Pacelli y Virginia Graziosi; recibiendo las aguas bautismales al día siguiente, cuando le fue impuesto el nombre de Eugenio María [Juan][1] José.

Sus primeros años se desarrollaron en medio de una familia imbuida de las normas de la fe y sobresaliente en los principios del mutuo amor.

Habiendo sentido la divina vocación al sacerdocio, realizó los estudios filosóficos y teológicos y el día 2 de abril de 1899, fue distinguido con el sagrado presbiterado, tras lo cual continuó su formación, obteniendo el doctorado en Teología y en ambos derechos.

Benedicto XV, que supo apreciar sus excelentes dotes de ingenio, de conciencia del deber y de laboriosidad, lo promovió en 1914 a secretario de la [Sagrada][2] Congregación para los Negocios Eclesiásticos Extraordinarios, con sólo 38 años apenas cumplidos.

En 1917, fue nombrado nuncio apostólico en Baviera, con el título anejo de Arzobispo titular de Sardes, recibiendo la consagración episcopal del mismo Benedicto XV el 13 de mayo de ese año. En 1920 fue designado nuncio apostólico ante el gobierno alemán, llamado comúnmente el Reich[3]. En los últimos años de la Gran Guerra y en el período que siguió a la derrota de Alemania, el Siervo de Dios se prodigó en obras de caridad materiales y espirituales a favor de la gente y de los militares prisioneros, por lo cual se granjeó la estima y el respeto de los hombres de buena voluntad. Durante los doce años que pasó en Alemania, tras largas y laboriosas negociaciones, consiguió estimular la fe de los creyentes y suscitar el aprecio público a la Iglesia en aquellos mismos que antes se mostraban indiferentes o incluso hostiles hacia ella.

Estos logros eximios del Nuncio indujeron a Pío XI a llamarlo a Roma, para crearlo cardenal el 16 de diciembre de 1929 y nombrarlo su Secretario de Estado el 7 de enero de 1930. En este cargo se desempeñó el Siervo de Dios hasta la muerte de Pío XI, ocurrida el 10 de febrero de 1939, habiéndole prestado un eficaz y fiel servicio en uno de los más difíciles períodos de la Historia reciente de la Iglesia.

Fue elegido Sumo Pontífice tras brevísimo cónclave el 2 de marzo de 1939, tomando el nombre de Pío XII. Inmediatamente procuró con grande empeño evitar que estallara una segunda guerra mundial. Sin embargo, sus esfuerzos quedaron frustrados, lo mismo que aquellos con los que intentó que Italia se mantuviera al margen del conflicto.

A lo largo de la cruel conflagración, intentó mitigar los sufrimientos de las víctimas por tanta violencia; instituyó la Oficina Vaticana de Información para la indagación del paradero de los desaparecidos, tanto militares como civiles, así como la Obra Pontificia de Asistencia para socorrer a aquellos a quienes afligía el hambre y la miseria. A menudo urgió a los dirigentes de la guerra que respetaran a la población civil y, anticipándose a los acontecimientos, pronunció conocidísimos radiomensajes, en los que dio a conocer los principios que debían presidir el futuro orden internacional basado en la justicia, como condición previa para asegurar la pacífica convivencia entre las naciones y garantizar el respeto debido al ser humano, requisitos necesarios para la constitución del orden interno de cada uno de los Estados.

Digno es asimismo de memoria cuanto hizo Pío XII a favor de los judíos perseguidos por los nazis. Bien sabía Él que las repetidas y públicas condenas no sólo no preservarían la vida de ni un solo judío, sino, por el contrario, harían aumentar y recrudecerse la persecución y, como consecuencia, impedirían aquella escondida y silenciosa obra de socorro, gracias a la cual pudo poner a salvo las vidas de miles de hombres de raza judía. Tampoco se puede olvidar todo lo que hizo Pío XII, especialmente durante la ocupación alemana de Roma, por lo cual mereció con todo derecho ser llamado con el título honorífico de “defensor de la Ciudad”.

Acabada la segunda guerra mundial, Pío XII invirtió la mayor parte de su actividad en apoyar a los católicos sometidos cada vez más a la hostilidad y la opresión crecientes en los países comunistas de Europa Oriental, así como en evitar la difusión del marxismo en el mundo libre. Al mismo tiempo favoreció los esfuerzos realizados para llevar a cabo la unión de Europa.

El magisterio doctrinal del Sumo Pontífice Pío XII constituye la principal parte de su acción pastoral. En efecto, son cuarenta las encíclicas que publicó, documentos en los que trata sobre las diferentes ciencias teológicas y sobre la acción de la Iglesia. Son principalmente memorables sus escritos sobre cuestiones bíblico-teológicas, acerca de la vida y doctrina de la Iglesia, en materia litúrgica y de misiones, sobre el apostolado de los laicos y la renovación de la espiritualidad sacerdotal y religiosa.

Causas de gran gozo fueron para Pío XII: el Jubileo de 1950; la solemne proclamación del dogma de la Asunción de la Santísima Virgen María, que tuvo lugar el 1º de noviembre de aquel año, después de muchos años de estudio y de haber consultado a todos los Obispos del mundo, y también el descubrimiento del sepulcro de san Pedro al cabo de las excavaciones que el mismo pontífice había ordenado.

Las actas de su magisterio solemne incluyen centenares de alocuciones contenidas en los veinte volúmenes de la colección bajo el título de «Discorsi e Radiomessaggi di Pio XII» (Discursos y Radiomensajes de Pío XII”), en las cuales trató con gran maestría acerca de innumerables cuestiones en materia moral, jurídica, médica, científica, cultural, artística etcétera, siempre con la intención de reafirmar que la Iglesia desea favorecer toda actividad humana y hacer saber que ésta no sólo puede y debe recibir los impulsos vitales de la fe en Dios, Creador del mundo y de los hombres, sino que también alimantarse de esa misma fe.

A esto hay que añadir la atención que prestó a las iglesias particulares, de las cuales solía ocuparse con diaria solicitud, al nombramiento de obispos, a la erección de nuevas diócesis, a la internacionalización del [Sacro][4] Colegio Cardenalicio y de la Curia Romana, a la consagración de obispos indígenas,  a las audiencias públicas y privadas, a su vastísima correspondencia y a muchas otras cosas.

Quien, al cabo de décadas, considere el largo pontificado de Pío XII, no puede sino preguntarse asombrado cómo pudo ser que, a pesar de no gozar de buena salud, fuera capaz de realizar tanto a favor de la Iglesia y de la sociedad humana. Pío XII era un hombre de Dios, sencillo y dotado de una altísima fe, dedicado a la plegaria, que pasaba diariamente tiempo de silenciosa adoración ante el sagrario y se unía a Cristo especialmente en la celebración eucarística, y, abriéndose a su gracia, en Él hallaba inspiración, refugio y fortaleza. De ahí surgían su fe y su esperanza inquebrantables en Dios, las que, en tiempos difíciles, lo llenaron de una profunda serenidad, por otra parte propia de su carácter; de ahí, precisamente, se enriqauecía su amor a Dios y, por su configuración con Cristo (cfr. Rom 8, 29), también su disposición y caridad para con el prójimo de cualquier nación, cultura, condición y raza. De ahí, además, provenían su honda prudencia, su agudo sentido de la justicia, su fortaleza, la sobriedad de su existencia, toda ella dedicada al servicio sacerdotal y pastoral, en cada momento del día y así durante años. De ahí, en fin, surgían, y ahí se corroboraban y aumentaban todas las virtudes anexas, su afable y paciente, fino y suave trato hacia todos. Verdaderamente era un hombre de Dios, que cultivó todas las virtudes cristianas en grado eminente. No por nada, percibían en él la presencia de Dios todos los que se le acercaban, mereciendo el honor de ser por ellos llamado «Pastor Angelicus».     

Después de una larga y laboriosa vida, que consumió en unión con Cristo por el bien de la Iglesia y de la sociedad humana, Pío XII murió el 9 de octubre de 1958.

No es, pues, sorprendente que Pío XII, tanto en vida como después de su fallecimiento, haya gozado de una auténtica y largamente extendida fama de santidad, y que innumerables fieles se alegraran cuando el Sumo Pontífice Pablo VI, el 18 de noviembre de 1965, a punto de llegar a su término el Concilio Eceménico Vaticana II, hizo conocer su decisión de promover la causa de beatificación y canonización de su predecesor.

Desde entonces se siguieron el Proceso Ordinario, incoado ante el Vicariato de Roma, y los Rogatorios, celebrados en las curias episcopales de Génova, Munich y Frisinga, Varsovia, Lisboa, Madrid, Montevideo y Berlín, en el curso de los cuales fueron oídos numerosos testigos y reunidos innumerables documentos. Planteada la Positio[5], se discutió, como de costumbre, si el Siervo de Dios había practicado virtudes en grado heroico. El 27 de enero de 2006 y el 6 de octubre siguiente, se tuvo, con resultado favorable, una reunión especial del los consultores teólogos. Los Padres Purpurados y los Obispos, congregados en sesión ordinaria el 8 de mayo de 2007, siendo ponente de la causa el Excelentísimo y Reverendísimo Monseñor Salvatore Fisichella, obispo titular de Voghenza, reconocieron haber practicado el Siervo de Dios las virtudes teologales, cardinales y a ellas anexas en grado heroico.

Hecha cuidadosa relación de todo ello al Sumo Pontífice Benedicto XVI por el subscrito Arzobispo Prefecto, Su Santidad, acogiendo y ratificando el parecer de la Congregación para las Causas de los Santos, declaró en el día de hoy que consta de las virtudes de teologales de fe, esperanza y caridad a Dios y al prójimo, de las virtudes cardinales de prudencia, justicia, templanza y fortaleza y de las virtudes a ellas anexas, en grado heroico, del Siervo de Dios Pío XII (Eugenio Pacelli), en el caso y a efectos de lo que se trata.

Mandó, además, el Sumo Pontífice que este decreto sea de derecho público y se incluya en las actas de la Congregación para las Causas de los Santos.


Dado en Roma, el 19 de diciembre del año del Señor de 2009.


† Angelo Amato, S.D.B.
       Arzobispo tit. de Sila, prefecto
(Sello)


† Michele Di Ruberto
                     Arzobispo tit. de Biccari, secretario



[1] El nombre de Giuseppe era, en realidad, el cuarto nombre de pila del futuro Papa. El tercer nombre –omitido por el Decreto–  era Giovanni.
[2] El decreto omite el adjetivo que se hallaba entonces en uso para designar los dicasterios de la Curia Romana, lo cual constituye un anacronismo refiriéndose a esa época.
[3] Aunque desde 1919, tras la caída del Imperio Alemán (Deutsches Reich), el régimen  adoptó la forma republicana, siguió conservando como denominación oficial la de Reich. La denominación de “República de Weimar” es historiográfica.
[4] Lo mismo que en la nota 2: el Colegio Cardenalicio era llamado “Sacro” en tiempos del papa Pacelli.
[5] Positio: En los procesos canónicos de beatificación y canonización, propuesta que hace el relator de una causa sobre las virtudes heroicas de un siervo de Dios o sobre milagros atribuidos a un beato o santo.


Fuente:

Acta Apostolicae Sedis,  año y volumen CII, nº 9 (3 de septiembre de 2010), pp. 566-570




El R.P. Peter Gumpel, S.I., relator de la causa del
venerable Pío XII y que tanto ha hecho por ella



29 de agosto de 2011

Oremos por Sor Margherita Marchione

Sor Margherita recibida en audiencia
por el venerable Pío XII

Según nos informa John Sonnen, delegado del SIPA en Roma y autor del magnífico blog ORBIS CATHOLICVS SECVNDVS, sor Margherita Marchione, la gran divulgadora de la vida obra y pontificado del venerable Pío XII y su defensora contra las calumnias e infamias de las que ha sido y sigue siendo objeto, se halla en estado muy delicado de salud a sus casi 90 años, aquejada de un cáncer al colon. La ejemplar religiosa, que tuvo el privilegio de conocer personalmente al gran papa Pacelli, ha pedido que la encomendemos a Dios por intercesión de su amado pontífice, sobre el cual ha escrito alrededor de un centenar de obras, traducidas algunas de ellas a varios idiomas. Desde el SODALITIVM INTERNATIONALE PASTOR ANGELICVS formulamos nuestros mejores votos para su pronta recuperación si Dios quiere. Pedimos encarecidamente a nuestros lectores que empleen la oración compuesta por Mons. Petrus Canisius van Lierde, especificando que la gracia pedida es la salud de sor Margherita.


Sor Margherita junto a la tumba de otra gran
religiosa: la Madre Pascalina Lehnert






Oh Jesús, eterno Pontífice, que os dignasteis elevar a la suprema dignidad de Vicario vuestro aquí  en la tierra, a vuestro siervo fiel el venerable Pío XII, al que concedisteis la gracia de ser un intrépido defensor de la fe, un fervoroso campeón de la justicia y de la paz, un piadoso glorificador de vuestra Santísima Madre y un luminoso modelo de caridad y de todas las virtudes, dignaos ahora, en vista de sus méritos, concedernos las gracias que os pedimos a favor de vuestra sierva sor Margherita, a fin de que, seguros de su eficaz intercesión ante Vos, podamos verle un día en la gloria de los altares. Así sea.



22 de agosto de 2011

El Venerable Pío XII instituyó la fiesta del Inmaculado Corazón de María del 22 de agosto


Al gran papa y doctor mariano, el venerable Pío XII, consagrado obispo –no por pura casualidad– el 13 de mayo de 1917, día de la primera de las apariciones de Nuestra Señora en Fátima y devotísimo de la advocación bajo la cual la Santísima Virgen manifestó querer ser honrada, a saber, la de su Corazón Inmaculado, se debe la institución de la fiesta de hoy. Publicamos el decreto, poco conocido, de la Sagrada Congregación de Ritos del 4 de mayo de 1944, por el que se extiende a toda la Iglesia con rito doble de segunda clase la Fiesta del Inmaculado Corazón de María, con misa y oficio propios, aprobados por el venerable papa Pacelli.




SACRA CONGREGATIO RITUUM


VRBI ET ORBI


Cultus liturgicus erga Cor Beatae Mariae Virginis, cuius remota vestigia praebent commentarii Patrum de Sponsa Cantici Canticorum, cuique plures mediae et recentioris aetatis viri sancti ac mulieres proxime viam pararunt, ab ipsa Sede Apostolica primum approbatus est ineunte saeculo undevicesimo, cum Pius Papa septimus Festum Purissimimi Cordis Mariae instituit, ab omnibus dioecesibus et religiosis familiis, quae eius celebrationis facultatem petiissent, die Dominica post Octavam Assumptionis pie sancteque agendum. Medio autem eodem saeculo Festum Purissimi Cordis Beatae Mariae Virginis, quod in annos latius per orbem catholicum propagabatur, iussu Pii noni ac Sacrae Congregationis Rituum cura, proprio Officio propriaque Missa auctum est. Hoc porro cultu Ecclesia Cordi Immaculato Beatae Mariae Virginis debitum honorem tribuit, cum sub huius Cordis symbolo Dei Genitricis eximiam singularemque animae sanctitatem, praesertim vero ardentissimum erga Deum ac Iesum Filium suum amorem, maternamque erga homines divino Sanguine redemptus pietatem devotissime veneratur. Invalescebat interea in animis, Pastorum pariter ac fidelium, ardens studium atque optatum, ut Festum Purissimi Cordis Beatae Mariae Virginis, totius Ecclesiae commune efficeretur. Quare, Sanctissimus Dominus Noster Pius Papa duodecimus, gravissimas miseratus aerumnas, quibus christiani populi ob ingruens immane bellum affliguntur, universam sanctam Ecclesiam totumque genus humanum, quod olim Leo Papa tertius decimus Cordi Iesu sacratissimo devoverat, Cordi quoque Immacolato Beatae Virginis et Matris anno millesimo nongentesimo quadragesimo secundo, die Immaculatae eius Conceptioni sacro, in perpetuum dicavit. Ut autem eiusdem consecrationis memoria servaretur, Festum Immaculati Cordis Beatae Mariae Virginis cum Officio et Missa propria, die 22 Augusti, loco diei Octavae Assumptionis eiusdem Beatae Mariae Virginis, sub ritu duplici secundae classis quotannis celebrandum, ad universam Ecclesiam extendere decrevit : ut, opitulante Beata Dei Genitrice, cunctis gentibus pax, Christi Ecclesiae libertas praestaretur, peccatores vero, propriis reatibus expediti, omnes denique fideles in puritatis dilectione virtutumque exercitio solidarentur. Hisce itaque Beatissimi Patris mandatis obsecundans, infrascriptus Carolus Cardinalis Salotti, Episcopus Praenestinus, et Sacrae Rituum Congregationis Praefectus, in Audientia diei 10 Decembris 1943, confectum schema Officii proprii ac Missae Immaculati Cordis Beatae Mariae Virginis eidem Sanctissimo Domino Nostro obtulit. Sanctitas porro Sua exhibitum schema approbavit et illud in universali Ecclesia adhibendum mandavit in Festo Immaculati Cordis Beatae Mariae Virginis, prouti in superiori prostat exemplari. Servatis de cetero Rubricis. Contrariis non obstantibus quibuscumque.

Die 4 Maii 1944.

C. Card. SALOTTI, Ep. Praen., Praefectus


A. Carinci, Secretarius



SAGRADA CONGREGACIÓN DE RITOS


A LA CIUDAD Y AL MUNDO

El culto litúrgico al Corazón de la Santísima Virgen María, cuyos lejanos antecedentes se remontan a los comentarios de los Santos Padres sobre la Esposa de los Cantares y cuyo camino prepararon en la Edad Media y en tiempos más recientes santos varones y mujeres, fue por primera vez aprobado por la Sede Apostólica a comienzos del siglo XIX, cuando el papa Pío VII instituyó la fiesta del Purísimo Corazón de María para todas aquellas diócesis y familias religiosas que la solicitaran, fijando su piadosa y santa celebración el domingo infraoctavo de la Asunción. A mediados de la misma centuria, esta fiesta del Purísimo Corazón de la Santísima Virgen María, que se estaba propagando cada vez más en el orbe católico fue dotado, por mandato de Pío IX y obra de la Sagrada Congregación de Ritos con misa y oficio propios. Además, a este culto al Inmaculado Corazón de la Santísima Virgen María la Iglesia tributó el honor debido toda vez que, bajo el símbolo de este Corazón, se venera con gran devoción la santidad eximia y singular del alma de la Madre de Dios, y especialmente su amor ardentísimo a Dios y a su hijo Jesús, así como su piedad maternal hacia el género humano, redimido por la Sangre divina. Fortalecíase, entre tanto, en las almas tanto de los pastores como de los fieles, el afán y el deseo que la fiesta del Purísimo Corazón de la Santísima Virgen María redundase en el bien común de toda la Iglesia. Por lo cual, el día de la Inmaculada Concepción de 1942, nuestro Santísimo Señor el papa Pío XII, compadecido por los gravísimos sufrimientos con los que son afligidos los pueblos cristianos por causa de la cruel guerra presente, consagró también a perpetuidad al Corazón Inmaculado de la Santísima Virgen y Madre al género humano que ya León XIII había dedicado al Sagrado Corazón de Jesús. Y para que se conservara el recuerdo de dicha consagración decretó que se extendiera a la Iglesia universal la fiesta del Inmaculado Corazón de la Santísima Virgen María, con misa y oficio propios, a celebrarse cada año el día 22 de agosto en lugar de la Octava de la Asunción de la misma Santísima Virgen, con rito doble de segunda clase. Y ello para que, con el auxilio de la Santísima Madre de Dios, obtengan todos los pueblos la paz y la Iglesia de Cristo la libertad, los pecadores, libres de sus reatos, y todos los fieles en fin se hagan fuertes en el amor a la pureza y en el ejercicio de las virtudes. Así pues, secundando estas disposiciones del Santo Padre, el infrascripto cardenal Carlo Salotti, obispo de Palestrina y prefecto de la Sagrada Congregación de Ritos, en la audiencia del día 10 de diciembre de 1943, sometió al mismo Santísimo Señor el esquema del oficio propio y de la misa del Inmaculado Corazón de la Santísima Virgen María. Finalmente, Su Santidad aprobó el esquema presentado y mandó que se lo utilizara para la fiesta del Inmaculado Corazón de la Santísima Virgen María en la Iglesia universal, tal como consta en el ejemplar adjunto. Obsérvese según las rúbricas, sin que obsten cualesquiera que fueren contrarias.


En 4 de mayo de 1944.


C. Card. SALOTTI, Ep. Praen., Prefecto

B. Carinci, Secretario



El venerable Pío XII anuncia la consagración del mundo
al Inmaculado Corazón de María



14 de agosto de 2011

Venerable Pío XII, "Doctor Marianus": el papa de la Asunción


1950 puede ser considerado el vértice y punto culminante del pontificado del venerable Pío XII. Era año jubilar y los peregrinos afluían a Roma en muchedumbres sin precedentes, venidas quizás porque en la capital del Papado veían la única roca de estabilidad y el único puerto de seguridad después que en el curso de la terrible guerra que acababa de desangrar se habían perdido todos los referentes humanos. La voz del Vicario de Cristo se había alzado con una altísima autoridad moral y era respetada y escuchada hasta por los líderes políticos y religiosos y los pueblos ajenos al catolicismo. La Iglesia mostraba una vitalidad y dinamismo enormes: gran florecimiento de vocaciones, aumento constante de la práctica dominical en los fieles, surgimiento de nuevas formas de vida consagrada y apostolado, difusión sin precedentes de las misiones católicas en el mundo entero, un renovado interés por la sagrada liturgia… Cierto es que este panorama alentador ofrecía algunas sombras (empezaba a insinuarse la contestación teológica del magisterio, algunos sectores del clero se comenzaban a ideologizar, el peligro de caer en la rutina y en la instalación en la comodidad de una religiosidad puramente formal se cernía sobre no pocos fieles), pero los aspectos más visibles eran los positivos.

Fue en ese año y en ese contexto cuando el 1º de noviembre el Romano Pontífice definía solemnemente, ante más de ochocientos obispos venidos de todas partes y una multitud de cientos de miles de fieles congregados en la Plaza San de San Pedro, el dogma de la Asunción de la Santísima Virgen, corolario del dogma de la Inmaculada, que cien años antes había proclamado otro Pío, el nono de su nombre. Después de la peroración de rigor pronunciada por el cardenal Eugène Tisserant, decano del Sacro Colegio cardenalicio, el papa Pacelli pronunció las palabras que se grabarían con letras indelebles en las Actas del Magisterio solemne de la Iglesia:

“Quapropter, postquam supplices etiam atque etiam ad Deum admovimus preces, ac Veritatis Spiritus lumen invocavimus, ad Omnipotentis Dei gloriam, qui peculiarem benevolentiam suam Mariae Virgini dilargitus est, ad sui Filii honorem, immortalis saeculorum Regis ac peccati mortisque victoris, ad eiusdem augustae Matris augendam gloriam et ad totius Ecclesiae gaudium exsultationemque, auctoritate Domini Nostri Iesu Christi, Beatorum Apostolorum Petri et Pauli ac Nostra pronuntiamus, declaramus et definimus divinitus revelatum dogma esse : Immaculatam Deiparam semper Virginem Mariam, expleto terrestris vitae cursu, fuisse corpore et anima ad caelestem gloriam assumptam”.

“Por tanto, después de elevar a Dios muchas y reiteradas preces e invocar la luz del Espíritu de la Verdad, para gloria de Dios omnipotente, que otorgó a la Virgen María su peculiar benevolencia; para honor de su Hijo, Rey inmortal de los siglos y vencedor del pecado y de la muerte; para acrecentar la gloria de esta misma augusta Madre y para gozo y alegría de toda la Iglesia, por la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo y por la nuestra, pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma de revelación divina que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celeste”. (Bula Munificentissimus Deus, 44; Denz. 3903).





¿Cómo se llegó a la definición del cuarto dogma mariano? En realidad se trataba de una creencia constante del pueblo fiel documentada al menos desde el siglo V. Tan arraigada estaba en la fe de las naciones que en 1638 el rey Luis XIII de Francia no dudó en consagrar su reino a la Santísima Virgen bajo el misterio de su Asunción, declarándola su patrona y protectora y mandando que el 15 de agosto de cada año se celebrase su fiesta con solemne pompa. A nivel teológico, el gran impulso lo recibió la doctrina de la Asunción de los estudios suscitados con ocasión de la proclamación de la Inmaculada Concepción por el beato Pio IX, que inauguró la era de la llamada Mariología científica moderna. El tratado de Beata no había sido hasta el siglo XVI –cuando san Pedro Canisio y Francisco Suárez fundaron la Mariología positiva y especulativa– una disciplina tratada sistemáticamente y con autonomía, sino que se la estudiaba como parte de sumas teológicas. Ni qué decir tiene que un tratado específico sobre la Asunción era inexistente. Por otra parte, los libros especialmente dedicados a la Madre de Dios eran más obras de mística y de piedad que de rigor científico, convirtiéndose en el siglo XVII en magnas y barrocas creaciones que produjeron un efecto de repulsa racionalista y minimalista (como la Mariologie del jesuita Théophile Raynaud).

La profundización en la reflexión teológica sobre el gran privilegio de la Inmaculada a que dio lugar la definición de la Inmaculada mostró la conexión entre este misterio y el de su Asunción corporal a los cielos. Si la Inmaculada Concepción representa el estadio inicial de la existencia terrena de María, su gloriosa Asunción representa su estadio final, el culmen lógico del desarrollo progresivo de su plenitud de gracia y de su santidad. Fue precisamente alrededor de 1854, año de la definición inmaculista, cuando se manifestó con fuerza el movimiento asuncionista, el cual fue iniciado, por una parte, fray Jorge Sánchez, obispo del Burgo de Osma, en 1849 y, por otra, san Antonio María Claret, confesor de doña Isabel II, en 1863. Esta reina de España solicitó oficialmente al Papa la definición del dogma de la Asunción (petición que sería renovada, tras la restauración de la monarquía, por la reina regente doña María Cristina y más tarde por el proprio rey don Alfonso XIII).

Concomitantemente, aparecieron las primeras ediciones críticas de los Apócrifos relativos a la Asunción (que tanta importancia habían tenido en el desarrollo de esta creencia): en 1865 el orientalista William Wright publicó en Londres Contributions to the apocryphal literature of the New Testament (que le sirvió para su ensayo The Departure of my Lady Mary from this World del mismo año) y en 1866 el biblista Constantin von. Tischendorf sacó a la luz Apocalypses apocryphae. A partir de esta época la Teología asuncionista se fue abriendo paso con cada vez mayor brío, sobre todo gracias a las encíclicas marianas de los Papas, especialmente las de León XIII, y a los Congresos Mariológicos, que comenzaron a multiplicarse y que fomentaron, además, un movimiento paralelo a favor de la doctrina de la Mediación universal (la cual, a su vez, implicaba, la de la Corredención). Entre los escritos sobre la Asunción aparecidos desde entonces cabe citar, entre muchos otros, los del cardenal Benito Sanz y Forés, Alfonso M. Janucci, Léon Gry, Domenico Arnaldi, Mauricio Gordillo, Henri Jalaber, Olav Sinding, Luigi Vaccari, Joseph Tanguy, I. Wiederkehr, Guido Mattiusi, B.-H. Merkelbach, A.-E. Naegel, Joseph Plessis, François-Xavier Godts, Dom Paix Renaudin, Corentin Legrand, Dom A. Willmart, Andrés Ocerín de Jáuregui, P.I. Toner y Rudolph Willard.

En general la cuestión no se planteaba en términos de si hubo o no Asunción psicosomática de María a los cielos (los autores estaban de acuerdo en afirmarla); el verdadero meollo consistía en hallar el nexo con la tradición apostólica de una creencia cuyas fuentes testimoniales más antiguas databan sólo del siglo V y a través de los libros apócrifos. La definibilidad del dogma, en efecto, dependía de que se considerase a este misterio como parte del depósito revelado (por eso algunos autores como Bernhard Poschmann y Berthold Altaner, que no lo veían de ese modo, lo reducían a la categoría de sententia pia). Por otra parte, la Asunción implicaba un tema conexo, a saber el de la inmortalidad de la Santísima Virgen, es decir, si María había subido a los cielos en cuerpo y alma previa su muerte y resurrección o si no había pasado por ese trance (lo que suponía su transformación en cuerpo glorioso sin mediar separación de alma y cuerpo). Fue en este contexto en el que apareció en 1944 el importante tratado de fr. Martin Jugie, religioso asuncionista (1878-1954), que lleva por título La mort et l’Assomption de la Sainte Vierge. Étude histórico-doctrinale (Tipografía Vaticana).

El P. Jugie sostenía, en primer lugar, que los apócrifos, en razón de ser relatos plagados de elementos fantasiosos y hasta inverosímiles, no podían ser tenidos como testimonio fiable de una tradición anterior que, sin duda, existió en forma oral en un círculo restringido en torno al apóstol san Juan. Dado, pues, que no se podía hallar el vínculo directo con la Sagrada Escritura y la Tradición en apoyo de la Asunción, proponía que se procediese con ella como con una canonización, la cual goza de certeza dogmática y toca el campo de lo infalible sin que se recurra al argumento de la Revelación. En cuanto a la cuestión de la inmortalidad de la Virgen, nuestro autor, sin defenderla claramente, mostraba que durante los cinco primeros siglos del cristianismo (es decir, antes de la aparición de los Apócrifos de la Asunción) no se tenía por cierto el hecho de que la Virgen hubiera muerto. Los dos únicos padres que abordaron directamente el tema fueron los palestinenses san Epifanio de Salamina (para ponerlo en duda) y Timoteo de Jerusalén (para negarlo). Además, la Iglesia, al establecer la primitiva fiesta de la Memoria de Santa María (la del 15 de agosto) no hizo mención alguna de él. Que después se haya llegado a afirmarla y creerla generalmente (al punto que en Oriente se celebra la Dormición de la Virgen) es resultado de la difusión de los apócrifos, que suponían que el modo más natural de abandonar el mundo era la muerte.

Al paso del P. Jugie salió en 1946 el franciscano dálmata Carlos Balic (1899-1977), quien en su largo artículo De definibilitate Assumptionis B. Mariae Virginis in coelum (publicado en 1946 en la revista del Antonianum de Roma) revaloriza el testimonio de los apócrifos de la Asunción, juzgando hipercrítico el juicio que le merecen al P. Jugie. Para Balic, si bien es cierto que tales escritos están llenos de fantasía, ello no es óbice para considerar que contienen un núcleo de la verdad transmitida por la tradición, del mismo modo como acaece con otros evangelios apócrifos, como los de infancia o protoevangelios, tributarios de la segura tradición lucana aunque no divinamente inspirados. Además, no es posible pensar en un estallido repentino de la creencia en la Asunción, que habría surgido por una suerte de generación espontánea sin una tradición previa que la sustentase. Bajo la exuberancia propia de los escritos apócrifos se esconde sin duda una creencia antigua y venerable. En cuanto a la muerte de la Santísima Virgen, el franciscano prefiere la opinión que sostiene que, aunque inmortal de derecho, la Madre de Dios murió de hecho por mejor asimilarse a su Divino Hijo el Redentor.

La definición dogmática pronunciada por el venerable Pío XII esclareció infaliblemente el primer aspecto de la cuestión de la Asunción; no así el segundo, que dejó, como materia opinable, a la disputa de los teólogos. En efecto, a lo largo de la bula Munificentissimus, el Papa ofrece algunos argumentos que muestran una conexión con la revelación, aunque ésta no se encuentre explícita ni en la Escritura ni en la Tradición primitiva. Se trata del llamado “revelado implícito” (como es el caso del número septenario de los Sacramentos, por ejemplo) y lo ve básicamente en el sensus fidelium, en el testimonio de la sagrada liturgia y en el de algunos Santos Padres, principalmente san Juan Damasceno y san Germán de Constantinopla. Pero, para evitar el peligro de que el sensus fidelium, de ser testimonio pasase a ser visto erróneamente como fundamento del dogma, el Papa recurre al testimonio de la Sagrada Escritura interpretada por la tradición eclesiástica representada por los principales teólogos escolásticos antiguos y modernos, que prueban la verdad de la Asunción. En lo que se refiere a la inmortalidad de la Virgen, separa el Romano Pontífice lo que constituye el hecho de la Asunción (materia del dogma) de las circunstancias en que se produjo (es decir, con muerte y resurrección previa o con transformación directa en cuerpo glorioso sin pasar por la muerte). Por eso, al definir el dogma cuidó al extremo las palabras y proclamó infaliblemente que María había subido en cuerpo y alma a los cielos “una vez cumplido el curso de su vida terrena” (“expleto terrestris vitae cursu”), sin especificar el modo cómo ese curso llegó a su término.





En cuanto a la historia externa del dogma, queda decir que el papa Pacelli había dirigido a los obispos católicos de todo el mundo la encíclica Deiparae Virginis de 1º de mayo de 1946, pidiéndoles su parecer sobre si era oportuna en su opinión una definición dogmática de la Asunción de la Virgen María en cuerpo y alma a los cielos. De esta manera respondía no sólo a un impulso que le dictaba su inequívoca devoción mariana (desde 1903 pertenecía a “Congregación de Nobles del Santísimo Sacramento y de la Asunción de Nuestra Señora” erigida en Roma), sino a la petición en tal sentido firmada por más de ocho millones de fieles que le habían hecho llegar. La contestación de los prelados fue abrumadoramente afirmativa: sólo seis de entre los 1.181 consultados manifestaron alguna reserva. La prevista definición recibió la ratificación final de los cardenales reunidos en consistorio semipúblico el 30 de octubre de 1950, es decir, dos días antes de que se verificase el acto. En tal ocasión el venerable Pío XII dijo que “el coro admirable y prácticamente unánime de pastores y fieles profesaban la misma fe y pedían la misma cosa como sumamente deseada por todos” y “como toda la Iglesia Católica no puede engañar ni ser engañada, tal verdad, firmemente creída ha sido revelada por Dios y puede ser definida con Nuestra suprema autoridad”.

Esa misma tarde y en los dos días sucesivos, el Papa fue testigo, durante su paseo por los jardines vaticanos, de la reproducción del milagro de Fátima, como si se tratara de una confirmación celeste de la proclamación dogmática. La vinculación de Eugenio Pacelli con el misterio de Fátima es sugestiva: recuérdese que su consagración episcopal por el papa Benedicto XV tuvo lugar el 13 de mayo de 1917, día en que se produjo la primera de las apariciones. El 31 de octubre, a la hora del crepúsculo, partía de la basílica romana de Santa María in Ara Coeli una impresionante y multitudinaria procesión de clero y fieles acompañando la venerable imagen de la Santísima Virgen bajo la advocación de Salus Populi Romani (Salvación del pueblo romano), que se venera habitualmente en la Capilla Paulina de la basílica de Santa María la Mayor y en cuyo altar ofreciera por primera vez el santo sacrificio el entonces neopresbítero Eugenio Pacelli el 3 de abril de 1899. El sagrado icono –que sería coronado canónicamente por el propio Pío XII en 1954– fue llevado a la basílica patriarcal de San Pedro donde fue colocado para presidir la tan ansiada proclamación del dogma asuncionista.

Así como la definición de 1854 propició y favoreció la de 1950, ésta produjo un desarrollo tal de los estudios mariológicos en la siguiente década que se llegó a postular la definición de otros dos dogmas marianos: el de la Corredención de la Virgen y el de la Mediación universal de las gracias. El año santo mariano de 1954 y los congresos marianos nacionales e internacionales que se sucedieron (como el importantísimo congreso nacional de Zaragoza de 1954) favorecieron ese desarrollo, que, inopinadamente se vio truncado por la corriente minimalista que había empezado a insinuarse en ciertos ambientes y que prevaleció en el aula conciliar al negar a la Virgen un esquema propio. Hoy en día una noción falsa de ecumenismo constituye el principal obstáculo para el avance de dichas doctrinas marianas, cosa que el venerable Pío XII hubiera estado bien lejos de imaginar.





Extraordinario documental sobre la definición del dogma de la Asunción
por el Venerable Pío XII, el 1º de noviembre de 1950