16 de enero de 2010

Magnífico análisis sobre el supuesto "silencio" del Venerable Pío XII

La decisión del Santo Padre Benedicto XVI de firmar el decreto de virtudes heroicas de dos de sus predecesores –Pío XII y Juan Pablo II– el 19 de diciembre pasado, desató, como se sabe una oleada de comentarios (la mayoría críticos y adversos) por lo que se refiere a la causa de beatificación de Eugenio Pacelli, que con este acto papal, quedaba desbloqueada después de más de dos años de espera desde el unánime dictamen favorable de la comisión de cardenales y obispos de la Congregación para las Causas de los Santos. El semanario France Catholique publicó el 24 y el 26 de diciembre un análisis de la cuestión que nos parece lo mejor que se ha escrito en mucho tiempo en la materia. Su autor es el periodista y ensayista Gérard Leclerc (Hirson, 1942), editorialista del periódico (foto), el cual gentilmente nos ha autorizado a traducir su artículo para el blog del SIPA, por lo cual le estamos muy agradecidos.


El silencio de Pío XII

Por: Gérard Leclerc


Sábado 19 de diciembre: ¡sorpresa! Benedicto XVI dio su beneplácito al mismo tiempo a los procesos de beatificación de los papas Juan Pablo II y Pío XII. La aprobación del decreto de virtudes heroicas del primero era esperada y estaba programada. La del segundo ha sido imprevista y ha suscitado la pregunta que se hacen muchos acerca de las razones que han llevado al Papa a precipitar las cosas en lo concerniente a su predecesor del tiempo de la Segunda Guerra Mundial a pesar del enorme juicio de sospechas desatado desde hace casi cincuenta años en su contra. Sobre esto tengo mi propia hipótesis, que es bastante sencilla. No hay por qué retardar la decisión sobre un proceso cuando las conclusiones de la Congregación para las Causas de los Santos son positivas y han sido unánimemente aprobadas por la correspondiente comisión de cardenales y obispos. Si no, se debe entonces dejar de lado definitivamente la causa de Eugenio Pacelli como incompatible con la corriente de la opinión pública y el veto impuesto por los medios de comunicación. Se me replicará que el verdadero problema concierne a la comunidad judía internacional y a las relaciones existentes entre la Iglesia Católica y el judaísmo.

Si en verdad fuera éste el caso, soy de la opinión que una suspensión sería la peor de las soluciones y que el diálogo judeo-cristiano no ganaría nada en absoluto de una lamentable sumisión a una imposición externa. De otro modo, habría que explicar claramente que hay graves razones que se oponen a una beatificación y que son de un orden completamente ajeno al de la oportunidad política o mediática. Espero, pues, con firmeza que se me indique cuáles serían esas graves razones o “la razón determinante”. En lo que a mí concierne y después del examen de un “caso” que dura casi medio siglo, yo no la veo. Todo comenzó con la pieza teatral El Vicario, estrenada en 1963. Su autor, Rolf Hochhuth, pone en escena al papa Pío XII con la pretensión de arrojar luz sobre sus intenciones y sus reacciones a la tragedia del exterminio de los judíos. Lo menos que de ello se puede decir es que Hochhuth tiene en la cabeza una tesis que quiere imponer al espectador de la obra y que se revela como un proceso totalitario y un descarado montaje histórico.

¡Qué importa! Desde 1963 esta tesis es generalmente aceptada y no solamente como plausible, sino como perfectamente conforme a la realidad de los acontecimientos. Lo que ya por sí mismo constituye un objeto de reflexión y de perplejidad. Hochhuth no sólo ha sido tomado en serio, sino autentificado como el más imparcial de los intérpretes de la actitud de Pío XII durante la guerra. Sin ninguna distancia crítica las más de las veces. Ciertamente, una sobreabundante literatura iba a surgir de la controversia de El Vicario (foto del cartel), pero fundada a menudo sobre los mismos presupuestos, los mismos fantasmas y la ausencia de todo examen histórico serio.

Es por ello por lo que el papa Pablo VI, que fue el colaborador directo de Pío XII en la Secretaría de Estado, indignado por el proceso lanzado contra su predecesor, decidió, sin dilación, romper la cláusula que prohibía la publicación de los archivos de la guerra antes del plazo de rigor. Cuatro historiadores jesuitas se pusieron a la tarea, entre ellos el P. Pierre Blet, que al morir, el 29 de noviembre último, era el último sobreviviente del grupo. Tuve la ocasión de conversar largo y tendido con él, que era verdaderamente el más sabio e íntegro de los historiadores. Refutaba todas las alegaciones de genet que pretendía que el Vaticano retenía piezas esenciales incómodas para Pío XII. Todo había sido rigurosamente publicado (en lo que concierne a la Secretaría de Estado) en los 12 volúmenes editados por la Santa Sede entre 1965 y 1982.

Comprendo, por supuesto, la impaciencia de los investigadores que querrían acceder a las piezas materiales de los archivos, pero no deben hacerse ilusiones. No encontrarán nada inédito como esperan. Es algo extraño que muchos se obstinen en cultivar el mito de los archivos escondidos cuya revelación traería por fin la luz sobre un pasado ignorado. ¡Pura mitología! Pero todo es de naturaleza pasional desde el origen del asunto. Todo ocurre como si el expediente mismo, con sus múltiples piezas reunidas, fuera secundario. Me quedo pasmado por la ligereza de mis estimados colegas, incluso cuando uno de ellos editorializa sentenciosamente en un periódico de referencia. Es manifiesto que no conocen casi nada de los hechos y no parecen querer saber más.

Un ejemplo, importante por lo demás, ya que se trata de comprender lo que pasó en la misma Roma desde el momento en el que se comprobó que era toda comunidad judía de la ciudad la que se hallaba en peligro. Un primer convoy –es verdad– dejó desgraciadamente Roma rumbo al peor de los destinos. Se reprocha a Pío XII de no haber intervenido para detener dicho convoy. Pero él no pudo sino protestar a posteriori, pues, aun cuando se le advirtió muy pronto, el hecho ya estaba consumado. Lo que es cierto es que el Papa intervino inmediatamente para socorrer al conjunto de la comunidad judía. Varios miles de judíos serían acogidos en casas religiosas (especialmente contemplativas, cuya clausura será levantada al efecto) y en el mismo territorio vaticano, en Castelgandolfo y hasta en el Palacio Apostólico, cerca del mismísimo Papa. Aquí se han llegado a contar cuatrocientas cincuenta personas refugiadas, hasta en los corredores del palacio, entre las cuales se encontraba el Gran Rabino de Roma, Israel Zolli.

Después de la guerra, Israel Zolli (foto) se hará bautizar con el nombre de Eugenio-Maria Zolli. Eugenio, por Eugenio Pacelli, a propósito de quien el que antiguo Gran Rabino debía escribir: «La resplandeciente caridad del Papa, inclinado sobre todas las miserias engendradas por la guerra, su bondad para con mis correligionarios acosados fueron para mí como el huracán que barrió mis escrúpulos de hacerme católico». Pero su decisión fue de orden estrictamente personal e íntimo. Zolli no se convirtió por agradecimiento a Pío XII, sino que su propia trayectoria espiritual lo llevó a reconocer en Cristo al heredero de las Promesas y a la figura del Siervo Sufriente.

Según su hija, Zolli había profetizado el papel de chivo expiatorio del que se iba a hacer portador a Pío XII. ¿Cómo podrían hoy ser ignorados tales testimonios? Es verdad que el tiempo pasa y que los datos en masa que eran los de la memoria romana de postguerra han podido difuminarse. El cardenal Paul Poupard, que es actualmente uno de los relevos de esa memoria por haber conocido bien a personas que vivieron esa época, se acuerda de que en Roma, en el momento de la ocupación nazi, muchos reprochaban a Pío XII que hacía demasiado por los judíos, hasta el punto de poner en peligro a la comunidad católica.

¿Por qué, entonces, ese afán de venganza contra el papa de la guerra? Debe haber razones psicoanalíticas en esta violencia incesantemente realimentada respecto a la única grande personalidad de la época que se opuso concretamente a la persecución y que acudió en ayuda del pueblo judío. El carácter inaudito de la desgracia de todo un pueblo es insoportable y parece insuficiente de abandonar en Hitler y su banda de criminales toda la responsabilidad. Pío XII es un chivo expiatorio proporcionado a la inmensidad del mal, habida cuenta del altísimo cargo que reposaba sobre sus espaldas. Hochhuth lo representa lavándose las manos de la masacre que iba a producirse, marcándolo para siempre con la ignominia de la más aplastante de las culpas. Desde ese día, Pacelli está inscrito en la conciencia colectiva como el culpable supremo, marcado por el hierro candente de la vergüenza. Es extremadamente difícil luchar contra una representación semejante, que se ha adentrado en lo más recóndito del imaginario colectivo. Las refutaciones históricas parecen trágicamente inadecuadas para borrar la idea arquetípica.

Y, sin embargo, todo lo que se expone a título de acusación es falso. Dejo aparte, provisionalmente, la cuestión del “silencio”, que es específica y que merece una particular atención.


1) ¿Es necesario detenerse en el supuesto contraste entre la intransigencia de Pío XI (hombre que ha mantenido la imagen misma de la inflexibilidad) frente al nazismo y la pretendida indulgencia de su sucesor? Ambos hombres tenían caracteres muy diferentes, lo que podía determinar conductas diferentes. Pero deducir de ello una diferencia de fondo sobre la apreciación del nazismo no se sostiene, tanto más cuanto que ni siquiera existe una oposición de conductas observable. El Papa y su Secretario de Estado caminaron siempre con igual paso en el trato de los asuntos de Alemania y tenían la misma aversión al nazismo. ¿Hace falta recordar que fue Pacelli el principal redactor de la encíclica Mit brennender Sorge?

2) Los adversarios de Eugenio Pacelli pretenden que su apego a Alemania y a su cultura explicarían su solidaridad con un país del cual nunca quiso ser adversario. Afirmación especiosa e incluso falsa en todos sus puntos. Pacelli jamás tuvo la menor indulgencia hacia Hitler, el partido nazi y su política. Y si era solidario, por definición, de los católicos alemanes y de su episcopado, estuvo siempre al lado de los más resistentes y de los más intratables respecto del nazismo. Sus amigos más queridos entre los obispos alemanes eran los más duros, como Monseñor von Preysing, arzobispo de Berlín, y Monseñor von Galen, “el León de Munster”, algunas de cuyas intervenciones aprendió de memoria el Papa, tanta era su adhesión y admiración a su autor.

Por otra parte, la consciencia que Pío XII tenía de la maldad diabólica de Hitler lo llevó a alentar la resistencia alemana, civil y militar, que tenía el proyecto de un golpe de Estado en los primeros meses de 1940 y quería negociar con los británicos. El Papa hizo dos veces de intermediario entre este movimiento de resistencia y el gabinete de guerra de Londres. Fue el ataque de la Wehrmacht del 10 de mayo en el Oeste el que puso fin al plan acordado (cf. Xavier de Monclos: Les chrétiens face au nazisme et au stalinisme, Plon 1983).

3) Muchas veces se ha repetido la acusación según la cual Pío XII, obsesionado por el peligro comunista, habría minimizado el peligro nazi hasta el punto de preferir la victoria de Hitler a la de Stalin. Si bien es verdad que no subestimaba el peligro staliniano (y tenía buenos motivos para ello), el Papa jamás pensó que el nazismo fuera un mal menor frente al comunismo. Ninguna prueba seria ha podido nunca presentarse en apoyo de semejante reproche. Es más: Pío XII se opuso a que la condenación del comunismo en la encíclica Divini Redemptoris sirviera de argumento contra la legitimidad de la ayuda norteamericana a la Unión Soviética. Dice Monclos: «El Papa hizo saber al representante del presidente Roosevelt, Myron Taylor, que el comunismo había sido condenado y que esta condena permanecía vigente, pero que no había abrigado nunca ni podía abrigar sino sentimientos paternales hacia el pueblo ruso».

¿Es oportuno a este punto volver sobre la cuestión de la “famosa” encíclica contra el antisemitismo, preparada bajo Pío XI y no publicada por Pío XII? Me pregunto si aquellos que imputan al papa Pacelli la culpa de no haber retomado ese texto como suyo lo han leído realmente. Tengo serias dudas. Tuve conocimiento de la “encíclica” o más bien del documento de trabajo en cuestión desde que fue publicado en forma de libro (L’encyclique cachée de Pie XI, éd. La Découverte, 1994). Se me aclararon las cosas. A pesar de sus buenas intenciones, La unidad del género humano retomaba un buen número de motivos del viejo antijudaísmo cristiano y justificaba incluso legislaciones de excepción respecto a los judíos en los países occidentales. No es absolutamente el tono ni, sobre todo, el contenido de Nostra Aetate, la declaración del Vaticano II sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas, que operó una rectificación teológica a propósito del judaísmo. La mentalidad del jesuita estadounidense John La Farge, a quien Pío XI había encargado elaborar un proyecto de texto contra el racismo, estaba muy lejos de la doctrina conciliar. Debo añadir que la revelación editorial de dicho proyecto fue acompañada de maniobras y de chapuzas destinadas a tomar el relevo en la ofensiva contra la memoria de Pío XII.

¿Hubo conexión Hochhuth-Hudal?

De todos modos, existe el enigma Hochhuth. ¿Por qué su pieza El Vicario marca un giro crucial que llega a modificar de arriba abajo la imagen hasta entonces muy positiva del papa Pío XII frente al nazismo? Haría falta que algún día un verdadero historiador acometa el tema. ¿Quién inspiró a este joven novicio? ¿Quién le proporcionó la documentación y le indicó las líneas de acusación? No tengo ningunas ganas de fantasear sobre el papel de los servicios secretos soviéticos, sin perjuicio de la polémica suscitada al cabo de muchos años y alimentada por la confesión de un antiguo agente rumano, Yon Mihai Pacepa. Este testimonio ha sido vivamente discutido por los especialistas, a pesar de los inquietantes elementos que conlleva. Los historiadores serios que he podido consultar son, sin embargo, concordes en la opinión de que el rol de los soviéticos en las campañas denigratorias contra Pacelli es constante desde el final de la guerra y se explica por la oposición frontal del Vaticano a las persecuciones religiosas en el mundo comunista. Lo que yo ignoraba es que Monseñor Alois Hudal, personaje turbio, sostenedor comprobado del régimen nacionalsocialista, se habría vengado de Pío XII por haberlo dejado de lado, inspirando directamente El Vicario. Decididamente ahí hay un libro para escribir.

4) Más de una vez me ha sorprendido que no se piense en recordar el papel heroico de Monseñor Angelo Rotta (foto), nuncio apostólico en Budapest durante la guerra. Sin embargo, los medios de comunicación evocan regularmente –y a justo título– la extraordinaria figura de Raoul Wallenberg, hombre de negocios sueco misteriosamente desaparecido después de haber sido raptado por los soviéticos en enero de 1945. Recuerdo una teleserie en la que se rememoraba de manera notable su extraordinaria empresa para salvar a los judíos húngaros. En el film no se cesaba de asociarle a Monseñor Rotta, que no dejó de trabajar con él, codo con codo, con el mismo propósito. Pero el nuncio de Pío XII ejerció también su misión de manera autónoma, distribuyendo millares de certificados de bautismo. Por lo demás, fue reconocido como “justo entre las naciones” en el memorial de Yad Vashem. Se cuenta que él mismo se interpuso entre las víctimas y los verdugos en la estación de Budapest para impedir la partida de un tren hacia los campos de exterminio. Al final, logró extraer un centenar de personas a las que había entregado pasaportes vaticanos.

Hubo también otros representantes de Pío XII que desempeñaron un papel análogo en otros países: Monseñor Giuseppe Burzio en Eslovaquia, Monseñor Andrea Cassulo en Rumanía, Monseñor Angelo Giuseppe Roncalli en Turquía, el sacerdote Marcone también en Eslovaquia. Unos y otros obraron conforme a las instrucciones del Papa y de la Secretaría de Estado, interviniendo ante los gobernantes para hacerse los intérpretes de las protestas de la Iglesia.

En cuanto a los hechos, he aquí, pues, al menos algunos elementos. Pero volvamos a la cuestión del silencio, que constituye ella misma un capítulo distinto de crítica. La admito con mayor motivo por el hecho de que se trata de un orden particular que atañe a la conciencia personal de un hombre colocado en una situación excepcionalmente dramática y que no responde de sus determinaciones sino a Dios. En tres siglos y en más se estará siempre en el derecho de preguntarse sobre si las decisiones del Papa de la Segunda Guerra Mundial estuvieron bien fundadas. Él explicó abiertamente, delante de los cardenales romanos el 2 de junio de 1943, las razones por las cuales no podía hablar más claramente contra el exterminio (que había, sin embargo, denunciado en su mensaje de Navidad de 1942). Su obsesión era la de no agravar la suerte de los perseguidos y la de no acarrear otras persecuciones contra los católicos. Veo que las amistades judeo-cristianas echan también en cara al Papa su silencio, poniendo de relieve su misión «de iluminar al pueblo cristiano mediante sus enseñanzas, independientemente de las circunstancias, en nombre de las exigencias de la Palabra de Dios de la cual es el primer intérprete según la tradición católica».

Pío XII también tuvo que callar sobre la persecución
contra los católicos en la Wartheland (Polonia)

Confieso que, a la vez, soy sensible al argumento y me siento perplejo ante el caso preciso. ¡Como si pudiera caber la mínima duda sobre la reprobación moral del exterminio! El dilema de Pío XII hay que reconducirlo al drama de un cuerpo a cuerpo con el exterminador que hubiera implicado todavía más víctimas. Lo cual no sólo era válido respecto a los judíos. Pío XII se encontró ante un caso idéntico de conciencia cuando Polonia fue invadida y repartida entre Hitler y Stalin en 1939. La experiencia del Wartheland (foto arriba), un territorio de 46.000 km2, fue terrible. Según la expresión de Xavier de Monclos, «Hitler soltó allí su jauría» y aquello desembocó en una espantosa persecución de la Iglesia Católica. Ahora bien, en este caso preciso Pío XII «fue tan prudente y reservado como en el del genocidio judío».

No obstante, en un primer momento, Radio Vaticano había reaccionado enérgicamente. Pero frente a la perspectiva de represalias, Pío XII renunció a la protesta pública: «Nos deberíamos fulminar palabras de fuego contra esto; el único motivo que nos retiene de hacerlo es saber que, si habláramos, la suerte de los pobres infelices se volvería todavía más difícil». Una vez más se puede ser de diferente opinión. Pero no es posible ignorar los motivos que impidieron al Papa fulminar esas palabras de fuego. Queda en pie que siempre se deberá distinguir entre el expediente que compete exclusivamente a los historiadores y el que corresponde a la Congregación para las Causas de los Santos, que no obedece necesariamente a los mismos criterios.


Desde hace ya bastante tiempo hay una querella acerca de los archivos del Vaticano. Ya he evocado mis conversaciones telefónicas con el Padre Blet (foto) sobre este asunto. Me decía: «Lo hemos publicado todo, excepto las piezas que no tenían interés o eran redundantes respecto de otras. Por supuesto, siempre es posible que se encuentre una caja perdida en algún desván o en algún sótano, pero ello no añadirá gran cosa a lo que ya sabemos». Los 12 volúmenes publicados, fruto del trabajo de los cuatro jesuitas nombrados por Pablo VI, no representan la totalidad de los archivos de la Santa Sede relativos a la Segunda Guerra Mundial. Son exclusivamente los correspondientes a la Secretaría de Estado. Se trata, pues, de las piezas más significativas de la “política” observada por el Papa y sus directos colaboradores. Faltan todavía los archivos de todos los demás dicasterios, que tienen sin duda su interés, pero no poseen el grado de información precisa y determinada de la organización central de gobierno de la Santa Sede.

Por otra parte, la regla en el Vaticano es publicar los archivos del conjunto de un pontificado. Los que corresponden al pontificado de Pío XII sobrepasan el período de la guerra, llegando hasta 1958. Estamos hablando de unas 600.000 piezas. Creo que es la misma cifra dada por el responsable de los archivos vaticanos, que de este modo ha señalado la amplitud de la tarea del personal que clasifica esos documentos y que no es numeroso. El mismo responsable, por lo demás, ha disparado una flecha en dirección de los historiadores y de los periodistas, lamentando que la publicación de los archivos de Pío XI haya atraído tan pocos investigadores. Por un lado se reclaman con toda energía los archivos; cuando se los tiene, se los desprecia.

Me he paseado por un cierto número de sitios internet interesados en la actual controversia y he encontrado lo peor y lo mejor, Lo peor se expresa con mayor frecuencia de una manera tanto más perentoria cuanto mayormente se ignora el expediente. Cuando la discusión es más seria, lo deja a uno perplejo. Leo, por ejemplo, que el Padre Blet sería uno de los raros historiadores en defender a Pío XII. Pero se omite precisar que si nuestro llorado compatriota se sentía tan vinculado a la memoria del papa de la guerra, tenía sus buenos motivos para ello, habiendo gozado del privilegio de trabajar años enteros en las piezas del expediente. ¡Lo que no han hecho sus adversarios!


(Traducción de: RVR)

Artículo original en francés: France Catholique.



8 de enero de 2010

Sellos y calendario de bolsillo 2010 conmemorativos del Venerable Pío XII





El Bienio Pacelliano 2008-2009 se cerró de la mejor manera que cabía imaginar: con la firma puesta por el Santo Padre Benedicto XVI en el decreto de heroicidad de virtudes del Siervo de Dios Pío XII, el cual, desde el 19 de diciembre de 2009 puede ser honrado con el título de Venerable. Gran regalo éste que Dios ha permitido que el Papa nos haga a todos los devotos del gran Eugenio Pacelli.

Ahora el camino hacia la beatificación ha quedado expedito gracias al acto de valentía de un pontífice como Joseph Ratzinger, para quien “amicus Plato sed magis amica veritas”. Benedicto XVI -como Juan Pablo II- está especialmente empeñado en que las relaciones entre la Iglesia y la Sinagoga sean fluidas y normales, dejando atrás viejas reticencias, pero acaba de demostrar que su simpatía hacia los judíos no le impide cumplir un acto de justicia respecto de aquel a quien ha llamado en alguna ocasión su “amado predecesor”. No ha cedido finalmente al chantaje de una parte de ellos (hay que insistir, en efecto, en el hecho de que no todos los judíos son contrarios a Pío XII).


Comentando con el R.P. Peter Gumpel, S.I. la feliz noticia, afirmó al SIPA: “Aún queda camino por hacer. Hay que lograr que se apruebe el milagro necesario para la beatificación y mientras tanto trabajar para que el Venerable Pío XII sea cada vez más y mejor conocido”. El milagro, es más, los milagros atribuidos al papa Pacelli existen. Se trata de que sean examinados y reconocidos como tales milagros, al menos uno de ellos.

¿Cuál es el papel que nos toca a los seglares devotos del Venerable Pío XII? En primer lugar, encomendarnos más a Dios por su intercesión y rogar para que pronto sea beatificado. En segundo lugar, contribuir a difundir su devoción. En tercer lugar, divulgar la figura, la obra y el pontificado de este gran Vicario de Cristo, sobre todo su luminosa doctrina en todos los aspectos de la doctrina católica.



El SIPA quiere aportar su humilde granito de arena; por eso, como ya hizo para el Año Pacelliano 2009, ha encargado la edición de unos sellos de correos (de curso normal) conmemorativos del decreto de heroicidad de virtudes del Venerable Pío XII (los tres modelos son los que se ven en las ilustraciones arriba de estas líneas). La correspondencia postal es un buen medio de cultura y de divulgación. Franquear una carta con sellos que representan a este gran pontífice contribuye a darlo a conocer o a hacerlo recordar a todos aquellos por cuyas manos pasa aquélla entre el remitente y el destinatario.





También hemos hecho publicar unos prácticos calendarios de bolsillo del año 2010 con su imagen (ver foto sobre este párrafo), que pueden servir también de estampa para satisfacer la devoción personal. Los sellos están a disposición de quien quiera franquear sus cartas con ellos a razón de 25 euros el pliego de 25 sellos (ver abajo), es decir, a razón de 1 euro por sello. Cada sello es válido para una carta normalizada interurbana en España. Para Europa se necesitan dos sellos. Se trata de piezas más caras que las de emisión general por pagarse el diseño personalizado, pero utilizarlas es un buen medio de apostolado pacelliano. Obviamente los sellos sólo pueden ser utilizados en envíos que se hacen desde España.



Los calendarios 2010 de Pío XII son gratuitos remitiéndose hasta 3 por persona que lo solicite al correo electrónico del SIPA: sodalitium@pastorangelicus.org, dando las señas para el envío. Lo mismo para solicitar los pliegos de sellos. Esperando que estas iniciativas agraden a nuestros amables seguidores y lectores, hacemos votos para que en este 2010 veamos avanzar decisivamente la causa del Venerable Pío XII, cuya intercesión nos obtenga toda clase de gracias y bendiciones del buen Dios.

2 de enero de 2010

Nuevo artículo de Sor Margherita Marchione en defensa del Venerable Pío XII



Una joven sor Margherita Marchione recibida en audiencia
por Pío XII en compañía de Elisabetta Pacelli Rossignani (1957)




La verdad acerca del papa Pío XII


Por Sor Margherita Marchione. Ph. D.


El papa Pío XII no fue un colaborador con los alemanes ni mucho menos pro-nazi. Tampoco permaneció pasivo o silencioso. Como miembro de la Iglesia Católica me molestan las descaradas acusaciones contra la diplomacia del Papa y de la Iglesia durante la Segunda Guerra Mundial. Y no es sólo un periodismo indecente, sino también una injusticia hacia un hombre que salvó más judíos que cualquier otra persona, incluso que Oscar Schindler y Raoul Wallenberg. Desgraciadamente, hasta en el nuevo Museo del Holocausto de Battery Park en Nueva York el Papa es inicuamente criticado. Y sin embargo es históricamente inadecuado imputarlo con el cargo de “silencio”.

¿Es que los medios de comunicación van a seguir perpetuando semejantes falsedades? Los documentos prueban que estas distorsiones no son verdad. Pío XII habló hasta la medida de lo posible y puso así hacer más con las acciones que con las palabras. Al final, se convenció de que si hubiera denunciado a Hitler públicamente, se hubieran producido represalias. Y las hubo. Cada vez que se elevaron protestas el trato a los prisioneros empeoró inmediatamente. Robert Kempner, el consejero en jefe por los Estados Unidos en el Tribunal de Nüremberg que juzgó crímenes de guerra, escribió: “Todos los argumentos y escritos usados por la Iglesia Católica contra Hitler al final fueron suicidas, pues provocaron que a la ejecución de judíos siguiera la de sacerdotes católicos”.

Pío XII –a través de sus alocuciones públicas, sus llamados a los gobiernos y su diplomacia secreta– se comprometió más que cualquier otra persona en el esfuerzo de detener la guerra y reconstruir la paz. Los documentos muestran cómo Pío XII estuvo en contacto con los generales alemanes que querían derrocar a Hitler. También muestran cómo la comunidad judía recibió una ayuda incalculable: los fondos personales de Pío XII sirvieron para rescatar a judíos perseguidos por los nazis. Los representantes del Papa en Croacia, Hungría y Rumanía intervinieron para acabar con las deportaciones. El Papa, en un intento de última hora por evitar el baño de sangre, había propuesto en 1939 una conferencia para preservar la paz que reuniera a Italia, Francia, Gran Bretaña, Alemania y Polonia.

Un interesante documento lo constituye el testimonio de Albert Einstein, el cual, desencantado del silencio de las universidades y los editores de periódicos, declaró a la revista Time (23 de diciembre de 1940): “Sólo la Iglesia se ha mantenido como es debido, interponiéndose en el camino de la campaña de Hitler para suprimir la verdad… La Iglesia sola ha tenido el coraje y la perseverancia de erigirse a favor de la verdad intelectual y la libertad moral”. Y, en efecto, siguiendo las directivas del papa Pío XII, religiosos y religiosas abrieron sus puertas para salvar a los judíos.

Nunca estuvieron los judíos y el Vaticano tan cerca como durante la Segunda Guerra Mundial. El Vaticano era el único lugar en el continente donde aquéllos tenían amigos. La respuesta del papa Pío XII a la apremiante situación de los judíos fue la de salvar el mayor número posible. Poco se ha hecho, sin embargo, para desbaratar las críticas contra Pío XII que comenzaron en 1963, cuando Rolf Hochhuth lo caracterizó como un colaborador de los nazis en su pieza teatral El Vicario. En contraste con la imagen sugerida por esta obra, los documentos vaticanos indican que la Iglesia puso en acción un mecanismo encubierto gracias al cual más de 800.000 judíos se libraron del Holocausto. Después de un cuidadoso estudio de los documentos disponibles, cualquiera que esté interesado en la verdad no puede persistir honestamente en condenar las acciones ni las palabras del papa Pío XII y de la Iglesia Católica durante este trágico período.

Una honrada valoración de las palabras y acciones de Pío XII no puede por menos de exonerarlo de falsas acusaciones y mostrar que ha sido injustamente calumniado. El Papa no favoreció ni fue favorecido por los nazis. El día después de su elección, el 3 de marzo de 1939, el periódico nazi Berliner Morgenpost manifestó claramente su postura: “La elección del cardenal Pacelli no es bienvenida en Alemania porque él siempre se ha opuesto al nazismo”.

El editorial del New York Times del 25 de diciembre de 1942 fue explícito: “La voz de Pío XII es una voz solitaria en medio del silencio y de la obscuridad que envuelven a Europa en estas Navidades. Es prácticamente el único gobernante que queda en Europa que se atreve a alzar su voz”. El mensaje papal de Navidad fue también objeto de interpretación en un informe de la Gestapo: “de un modo sin precedentes […] el Papa ha repudiado en Nuevo Orden Europeo Nacionalsocialista [nazismo]. Es verdad que el Papa no se refiere directamente a los Nacionalsocialistas en Alemania por su nombre, pero su discurso es un amplio ataque a todo aquello que propugnamos […]. Es claro que aquí está hablando a favor de los judíos”. Quizás el resto del mundo debería interpretar las palabras del Papa por lo que ellas querían decir y, sin duda, en el sentido en que correctamente las entendieron los nazis, o sea: que el papa Pío XII se opuso siempre al nazismo.

La comunidad judía agradeció públicamente la sagacidad de la diplomacia del papa Pío XII. En septiembre de 1945 el Dr. Joseph Nathan –en representación de la Comisión Hebrea– declaró: “Agradecemos, sobre todo, al Sumo Pontífice y a los religiosos y religiosas que, cumpliendo las órdenes del Santo Padre, reconocieron a los perseguidos como sus hermanos y, con gran abnegación, se apresuraron a socorrerlos, despreciando los terribles peligros a que ello los exponía”. En 1958, a la muerte de Pío XII, Golda Meir envió un elocuente mensaje de condolencias: “Compartimos el dolor de la Humanidad […]. Cuando sobrevino sobre nuestro pueblo el terrible martirio, la voz del Papa se alzó a favor de las víctimas. La vida de nuestros tiempos se enriqueció con una voz que hablaba de grandes verdades morales por sobre el tumulto del conflicto diario. Lloramos a un gran servidor de la paz”.


El Papa de la Justicia y de la Paz




SOBRE LA IGLESIA Y EL HOLOCAUSTO

Algunos extractos de libros y prensa
que se han ocupado de esta material


1. El más importante estudioso judío de Hungría, Jeno Levai, insistió hace algunos años en que es una “especialmente lamentable ironía que la persona, entre todas las de la Europa ocupada, que hizo más que ninguna otra para detener el espantoso crimen y aliviar sus consecuencias es hoy el chivo expiatorio de los fallos de los demás”. En un libro suyo Levai no duda en sostener que los ataques al historial de guerra del Papa son “manifiestamente maliciosos y fruto de la maquinación […]. Los Archivos del Vaticano, los de las autoridades diocesanas y los del Ministerio de Exteriores de Ribbentropp contienen toda una serie de protestas directas e indirectas, diplomáticas y públicas, secretas y abiertas. Los nuncios y los obispos de la Iglesia Católica intervinieron una y otra vez bajo las instrucciones del Papa”. Sus intervenciones fueron tan infructuosas como las exigencias y amenazas de los gobiernos británico y norteamericano. Además, la precariedad de la situación se intensificó a menudo por el hecho de que tales protestas podían aumentar el mortal peligro que corrían los propios judíos y sus protectores (Hungarian Jews and the Papacy).

2. El diplomático y publicista israelí Pinchas Lapide concluyó su cuidadosa revisión de las actividades de Pío XII durante la guerra con las siguientes palabras: “La Iglesia Católica bajo el pontificado de Pío XII desempeñó un papel decisivo en la salvación de tantas vidas como las de 860.000 judíos de una muerte segura a manos de los nazis”. Y añadió: “cifra que supera de lejos las de los salvados por otras iglesias y organizaciones de auxilio juntas”. Tras referir declaraciones de gratitud de una gran variedad de eminentes portavoces judíos, observó: “Ningún papa en la Historia ha recibido más expresiones cordiales de agradecimiento […]. Muchos han propuesto en cartas abiertas que debería plantarse un bosque de 860.000 árboles en las colinas de Judea para honrar como es debido la memoria del pontífice difunto” (Three Popes and the Jews). Lapide reconoció en su libro que la Iglesia “a través de una interminable serie de sermones, alocuciones, cartas pastorales y encíclicas, fue una clara e implacable enemiga de todas las formas del racismo de aquel tiempo, y todo el mundo lo supo: judíos, polacos, rusos y, más inquietantemente, la policía secreta nazi”. Sus archivos mencionan al recalcitrante clero católico más que a ningún otro grupo.

3. El que fuera rabino jefe de Roma durante la ocupación alemana, Israel Zolli, concluía su informe de primera mano sobre los acontecimientos de la época bélica de esta manera: “Se podrían escribir volúmenes acerca de las obras de toda clase de Pío XII y de los incontables sacerdotes, religiosos y seglares que se irguieron con él en todo el mundo durante la guerra”. “Ningún héroe –escribió– en toda la Historia fue más militante ni combativo, ninguna otra persona más heroica que Pío XII en procurar las obras de verdadera caridad […] y esto a favor de todos los hijos de Dios sufrientes”. Zolli se conmovió tanto por la obra de Pío XII que se acabó de decidirse a hacerse católico al acabar la guerra, tomando el nombre de pila del Papa (Before the Dawn).

4. En sus editoriales de Navidad de 1941 y 1942, el New York Times elogió a Pío XII por su liderazgo moral como una “voz solitaria que clama en medio del silencio de un continente”, denunciando, entre otras cosas, “la violenta ocupación de territorios y el exilio y persecución de seres humanos por no otra razón que la de la raza”. Ninguna otra institución produjo tantos héroes durante el Holocausto como la Igleisa: sacerdotes, monjas y laicos italianos, eslovacos, franceses, húngaros, etc., que arriesgaron y frecuentemente dieron sus vidas por el bien de los judíos perseguidos. Esto también merece recuerdo y respeto.

5. Golda Meir, por entonces representante de Israel ante las Naciones Unidas, fue la primera de los delegados en reaccionar a la noticia de la muerte del papa Pío XII: “Compartimos el dolor de la Humanidad por el fallecimiento de Su Santidad el papa Pío XII. En una generación afligida por guerras y discordias mantuvo los más altos ideales de paz y compasión. Cuando un terrible martirio sobrevino a nuestro pueblo en la década del terror nazi, la voz del Papa se alzó por las víctimas. La vida de nuestros tiempos se enriqueció por una voz que habló de las grandes virtudes morales por encima del tumulto del conflicto cotidiano. Lloramos a un gran servidor de la paz”.

6. Leonard Bernstein, al conocer la muerte de Pío XII mientras dirigía su orquesta el auditorio del Carnegie Hall en Nueva York, golpeó con su batuta pidiendo un minuto de silencio como homenaje al Papa que había salvado las vidas de tanta gente sin distinción de raza, nacionalidad o religión.

7. El gran físico Albert Einstein, que apenas pudo él mismo escapar a la aniquilación a manos de los nazis, planteó muy bien la cuestión en 1940 cuando dijo: “Siendo yo un amante de la libertad, cuando estalló la revolución nazi en Alemania, volví la mirada a las universidades por ver si la defendían, pero las universidades fueron inmediatamente silenciadas. Entonces me volví hacia los grandes editores de periódicos, pero, como en el caso de las universidades, fueron también silenciados en el corto curso de unas semanas. Miré en dirección de los escritores y también permanecían callados. Sólo la Iglesia se ha mantenido como es debido, interponiéndose en el camino de la campaña de Hitler para suprimir la verdad […] Nunca antes había tenido un especial interés en la Iglesia, pero ahora me inspira un gran afecto y admiración […] y debo confesar que lo que una vez desprecié ahora no puedo sino alabarlo sin reservas”.



Testimonios fidedignos





29 de diciembre de 2009

Un activista judío contra el antisemitismo habla con ponderación sobre Pío XII

Serge Klarsfeld, activista contra el antisemitismo y caza-nazis


Publicamos hoy una interesantísima entrevista aparecida el día de Nochebuena en el diario francés Le Point. El tema es de actualidad y candente: la firma que Benedicto XVI puso el 19 de diciembre último al decreto de heroicidad de virtudes del Siervo de Dios Pío XII, el cual, por este hecho, pasa a ser acreedor al título de Venerable. Se desbloqueaba así la causa de beatificación de Eugenio Pacelli, que llevaba en el limbo más de dos años, desde que en mayo de 2007 el decreto en referencia estuvo expedito para su aprobación por el Papa. Parece ser, sin embargo, que la medida no ha caído bien en medios del mundo hebreo, desde los cuales se han elevado voces críticas y desaprobatorias. Y es que el prejuicio anti-pacelliano, alimentado por una intensa propaganda de desprestigio y desautorización moral del hoy Venerable Pío XII, sigue siendo fuerte, a pesar de que nadie hasta el momento ha podido probar una sola de las acusaciones lanzadas contra el pontífice y, al contrario, los existen testimonios fehacientes y nunca desmentidos de los principales interesados en la cuestión, a favor no sólo de la inocencia de Eugenio Pacelli, sino de una positiva y eficaz acción, gracias a la cual se salvaron innumerables vidas (más de 800 mil, si hemos de creer a los cálculos del diplomático israelí Pinchas Lapide).

A pesar de la nota de prensa emanada por el R.P. Lombardi, portavoz oficial vaticano, explicando los alcances de la declaración de las virtudes heroicas del Venerable Pío XII y afirmando categóricamente que ésta no constituye de ningún modo un acto de hostilidad contra el pueblo judío, algunos de sus dirigentes no se han dado por satisfechos y la polémica sigue su curso. Afortunadamente, al lado de tomas de posición completamente fuera de lugar (en un asunto que, después de todo, sólo atañe a la Iglesia Católica), también ha habido intervenciones ponderadas y razonables, como la que reproducimos. Su valor y su autoridad son tanto mayores cuanto que se trata de las declaraciones, hechas a una periodista francesa, por una eminente personalidad judía: Serge Klarsfeld, célebre caza-nazis juntamente con su esposa Beate y creador de la Fundación Beate Klarsfeld, de la que depende la Asociación de Hijos e Hijas de los Deportados Judíos en Francia, fundada asimismo por la pareja. Los Klarsfeld participaron en el desenmascaramiento y posterior detención de destacados dirigentes nazis que habían logrado escapar de la justicia, entre ellos los criminales de guerra Alois Brunner, Klaus Barbie y Maurice Papon. También se involucraron en causas no directamente relacionadas con el mundo judío, como la persecución de los responsables del genocidio de la Guerra de los Balcanes. Serge Kalrsfeld es asimismo vicepresidente de la Fundación para la Memoria del Holocausto con sede en Francia. Estas credenciales hacen que sus palabras estén por encima de cualquiera sospecha de parcialidad a favor del Venerable Pío XII.



Benedicto XVI venera a su "amado predecesor" después de la
Misa papal en el 50º aniversario de Pío XII (8.X.2008)


Serge Klarsfeld : "No hay ninguna razón por la cual Pío XII no pueda convertirse en santo"


Entrevista realizada por Ségolène Gros de Larquier



La luz verde dada por Benedicto XVI a la beatificación del papa Pío XII está suscitando numerosas protestas en el seno de las comunidades judías. La decisión del papa Ratziger, sin embargo, “no es chocante en absoluto” para el historiador Serge Klarsfeld, fundador de la Asociación de Hijos e Hijas de los deportados judíos de Francia.


P. ¿Qué piensa usted de la próxima beatificación de Pío XII?

R. ¡Es un asunto interno de la Iglesia! Casi le podría decir que esta decisión me deja indiferente. ¡No hay ninguna razón por la cual Pío XII no pueda convertirse en santo! Hay, en cambio, otras cosas que me ofenden más: la publicación de las cartas antisemitas de Céline en la colección La Pléiade de Gallimard. Aunque Louis-Ferdinand Céline esté considerado como un genio literario, lo encuentro chocante. Además, si se habla tanto de Pío XII, ¿por qué no se fijan también en el general De Gaulle? ¡En Francia se le considera como si fuera un santo! Pues bien, durante el verano de 1942, después de la Redada del Velódromo de Invierno, el general De Gaulle no alzó su voz. Sin embargo, siguieron a continuación muchas otras redadas, llevadas a cabo únicamente por militares franceses y habiendo sido organizadas por la administración prefectoral. El general De Gaulle no abrió la boca ni para advertirles, por ejemplo: “¡Atención funcionarios!: si arrestáis a los judíos, vosotros seréis arrestados y entregados a la justicia”.


P. ¿Cuál es el juicio que le merece la postura de Pío XII durante la Segunda Guerra Mundial?

R. Pío XII desempeñó un papel decisivo contra Hitler, pero también contra el comunismo en Europa del Este. El polaco Karol Wojtyla, futuro Juan Pablo II, es el resultado de la voluntad de Pío XII de lanzar este movimiento de resistencia. El papel de Pío XII fue, además de diplomático, ideológico: fue él quien redactó la encíclica de 1937 condenando el nazismo y publicada por su predecesor.


P. Sin embargo, se le reprocha a Pío XII su silencio mientras tenía lugar la Shoah…

R. Todo ello es muy difícil de ponderar. No ocultemos el hecho de que Pío XII tuvo gestos discretos y eficaces para ayudar a los judíos. Citemos, por ejemplo, lo sucedido en Roma. Unos mil judíos fueron arrestados en el curso de una redada sorpresa. Pío XII no protestó en voz alta, pero ordenó a los establecimientos religiosos abrir sus puertas. Resultado: otros miles de judíos pudieron salvarse. Si el Papa hubiera protestado formalmente, ¿cuáles habrían sido las consecuencias? ¿Habría ello cambiado las cosas para los judíos? Probablemente no. Ya sus quejas en defensa de los católicos no habían sido escuchadas, pues en Polonia fueron muertos dos millones de ellos. Una pública declaración por parte de Pío XII, no obstante, seguramente habría mejorado su propia reputación en el día de hoy.


P. Hay en el seno del mundo judío quienes son más virulentos que usted…


R. Algunos como yo tratan de tener en cuenta cuáles eran la realidad histórica y el contexto de la época. Otros, en cambio, no piensan ni un segundo en los millares de católicos muertos, sino sólo en los rabinos y los judíos masacrados durante la Shoah. Pero el Papa es ante todo el papa de los católicos. La prioridad de Pío XII era la de proteger a los católicos de los regímenes nazi y comunista.


P. ¿Qué piensa, pues, usted de esta polémica?

R. Esta controversia no me sorprende. Me parece normal en la medida en que los archivos del Vaticano no han sido abiertos a pesar de las promesas. Y ya han pasado más de 60 años desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Debería haber libre acceso a los archivos para que constatemos por nosotros mismos cuáles fueron los gestos y las reacciones de Pío XII.


N.d.t.: Ya explicó el P. Lombardi en más de una ocasión que los Archivos Vaticanos relativos al Venerable Pío XII no es que permanezcan cerrados por un supuesto afán de ocultar información. Se irán abriendo progresivamente, aunque no con la rapidez deseada porque la desclasificación de la inmensa masa de documentos que contienen implica un trabajo de cuidadosa catalogación que puede llevar años enteros. Y todo buen bibliotecónomo y archivista sabe perfectamente que la única manera de no perder documentos es catalogándolos. De hecho hay ya una parte de los archivos disponibles al público, que tiene libertad para investigar en ellos. Aquí, no obstante, cabe observar que, como denunció en su momento el R.P. Gumpel, relator de la causa de beatificación de Eugenio Pacelli, algunos estudiosos acuden con ideas preconcebidas y, en conmsecuencia, con el propósito de encontrar a toda costa pruebas inculpatorias contra este papa. Cuando pasan semanas sin haber hallado nada se cansan y se excusan con el cómodo pretexto –falso por lo demás– de que se les oculta información.



24 de diciembre de 2009

Discurso del Santo Padre Pío XII al Sacro Colegio y a la Prelatura Romana con motivo de las felicitaciones de Navidad (24 de diciembre de 1939)




Pacelli: "Pax coeli": la verdadera paz
no viene del mundo, sino de Dios

Este mensaje de Pío XII, que lleva por título In questo giorno y que fue pronunciado en italiano a los cardenales y prelados romanos que acudieron el 24 de diciembre de 1939 a cumplimentar al Papa con motivo de la Navidad, es el primero de un ciclo de discursos que, en las trágicas circunstancias de la Segunda Guerra Mundial, trazan la doctrina política e internacional pontificia. Hace setenta años, Eugenio Pacelli comenzaba un pontificado cuyos seis primeros años iban a estar marcados por la laceración de la Humanidad hasta límites insospechados de monstruosidad. El olvido del derecho natural y de los principios que sustentan la convivencia y el verdadero progreso de las personas y las naciones es señalado por el Vicario de Cristo como la principal causa de la ruina y desolación en la que se vio inmersa Europa y, con ella, la civilización occidental entre 1939 y 1945. Por eso, como heraldo del que es Príncipe de la Paz, aprovechó la ocasión de la Navidad, festividad de la paz y del bien, para recordar en cada uno de esos años a los hombres de todo el mundo los fundamentos de un orden justo.

En este primer mensaje de 1939, el Santo Padre Pío XII establece los cinco puntos sobre los que se asienta una paz justa: 1) el respeto de la independencia de todas las naciones, grandes y pequeñas; 2) el desarme efectivo de todos los beligerantes, desarme tanto material como espiritual; 3) el establecimiento de instituciones jurídicas que garanticen el respeto de los tratados; 4) el respeto a las justas exigencias de las naciones, los pueblos y las minorías étnicas, salvaguardando el debido equilibrio entre todos, y 5) la vuelta a un espíritu de responsabilidad, justicia y buena voluntad, sin el cual cualquier tratado es letra muerta. Es interesante señalar que este mensaje tuvo una importante resonancia fuera del catolicismo, ya que al año siguiente altos dignatarios de la Comunión Anglicana y del consejo federal de las Iglesias libres firmaban una carta publicada por el
Times de Londres, en la que se declaraban de acuerdo con los cinco puntos expuestos por el Romano Pontífice. A pesar de que hayan transcurrido siete décadas desde la publicación de este discurso, su actualidad es mayor que nunca, en nuestro mundo contemporáneo que se debate por la paz, pero no es capaz de encontrarla porque no la busca en Dios, que es de quien procede la paz verdadera.


Postulados fundamentales de una paz justa

1. En este día la santa y suave alegría, venerables hermanos y queridos hijos, en el cual el ansia de nuestro espíritu, anhelante con la espera del acontecimiento divino, va a saciarse en la dulcísima contemplación del misterio del nacimiento del Redentor, nos sirve como preludio de tan gran gozo, la íntima alegría de ver reunidos en torno a Nos a los miembros del Sacro Colegio y de la Prelatura Romana y de escuchar de los elocuentes labios del eminentísimo cardenal decano, querido y venerado por todos, los sentimientos tan exquisitamente afectuosos y las felicitaciones que —acompañados y levantados hasta lo alto por el vuelo de las fervorosas oraciones dirigidas al celestial Niño— nos son ofrecidos por tantos corazones fieles y devotos en esta alegre solemnidad del santo nacimiento, la primera del ciclo del año litúrgico y primera fiesta navideña de nuestro pontificado.

2. Nuestro espíritu se eleva con vosotros desde este mundo hacia una esfera espiritual iluminada por la gran luz de la fe; con vosotros se exalta, con vosotros goza, con vosotros profundiza en el sacro recuerdo del misterio y sacramento de los siglos, escondido y manifiesto en la gruta de Belén, cuna de la redención de todas las gentes, revelación de la paz entre el cielo y la tierra, de la gloria de Dios en lo más alto de los cielos y de paz en la tierra a los hombres de buena voluntad; comienzo de la nueva carrera de los siglos, que adorarán este divino misterio, gran don de Dios y gozo de toda la tierra. Alegrémonos, os decimos a todos vosotros con las palabras del gran predecesor nuestro el santo pontífice León Magno: «Exultemos en el Señor, dilectísimos, y alegrémonos con espiritual regocijo, porque amaneció para nosotros el día de la redención nueva, de la reparación antigua, de la felicidad eterna. Pues cada año se nos ofrece de nuevo el sacramento de nuestra salvación, prometido desde el principio, realizado al fin para permanecer sin fin, en el cual es justo que, con los corazones levantados, adoremos el divino misterio, para que lo que se realiza por don grande de Dios, se celebre por la Iglesia con grandes alabanzas» (San León Magno, In Nativ. Domini II, sermo 22, c. I: PL 54, 193-194).

3. En la celebración de este divino misterio, la alegría de nuestros corazones se levanta hacia lo alto, se espiritualiza, se ensalza en lo sobrenatural y tiende a lo sobrenatural, volando hacia Dios con la excelsa expresión de la oración de la Iglesia: «ut inter mundanas varietates ibi nostra fixa sint corda, ubi vera sunt gaudia: para que, en medio de los cambios temporales, queden fijados nuestros corazones allí donde están los verdaderas gozos» (Misal romano, oración del domingo cuarto después de Pascua). En medio del choque y del tumulto de las variadas vicisitudes del mundo, el verdadero gozo se refugia en la imperturbabilidad del espíritu, en la cual, como en torre indestructible por las tormentas, se fija con confianza en Dios y se une con Cristo, principio y causa de toda alegría y de toda gracia. ¿No es acaso éste el sacramento del Rey de nuestras almas, del Dios Niño del pesebre de Belén? Cuando este secreto real penetra y anida en las almas, entonces la fe, la esperanza y el amor se levantan en el éxtasis del Apóstol de las Gentes, que grita al mundo: «Vivo yo, ya no yo; vive en mí Cristo» (Gál 2,20). Al transformarse el hombre en Cristo, Cristo en persona viste de sí mismo al hombre, humillándose hasta él para elevarlo hasta sí en aquel gozo de su nacimiento que es perenne fiesta navideña, a la cual la liturgia de la Iglesia no cesa en todo tiempo de llamarnos, invitarnos y exhortarnos, para que en nosotros se cumpla su promesa de que nuestro corazón se gozará, y nadie nos arrebatará nuestra alegría (cf. Jn 16,22 )

4. La luz celestial de esta alegría y de este consuelo sostiene la confianza de aquellos en quienes vive y brilla; ni, puede quedar obscurecida o perturbada por algún afán o fatiga, por alguna ansiedad o sufrimiento que brote o germine de este mundo, semejante a aquella «...alondra que en el aire se pasea, primero cantando, y luego calla, contenta de la última dulzura que la sacia» (Dante Alighieri, Paraíso, 20, 73.). Mientras otros se asustan, mientras las amargas aguas de la aflicción y de la desesperación sumergen a los pusilánimes, las almas en que vive Cristo lo pueden todo, y se elevan sobre los desórdenes y las tormentas del mundo, con siempre igual coraje y ardor, al cántico de las disposiciones, de las justificaciones y de las magnificencias de Dios. Bajo las tempestades se sienten superiores a las borrascas, a la tierra que pisan y a los mares que surcan, más que por su espíritu inmortal, por la elevación de sus corazones hacia Dios, Sursum corda, por su oración y unión con Dios, Habemus ad Dominum.

5. Y hacia Dios, misericordioso y omnipotente, venerables hermanos y queridos hijos, Nos elevamos nuestra mirada y nuestra súplica, como la mejor y más eficaz expresión de nuestra gratitud por vuestros fervorosos votos navideños, que son al propio tiempo oración dirigida al Padre celestial, «de quien viene toda buena gracia y todo don perfecto» (St 1,17). Haga El que, en esta unión de oraciones, cada uno de vosotros obtenga junto al pesebre de su unigénito Hijo, hecho carne y que habita entre nosotros, «aquella medida buena apretada, colmada, rebosante» (Lc 6, 38), de gozo navideño que sólo El puede dar; de forma que, corroborados y aliviados por tanto gozo, podáis generosamente y varonilmente, como soldados de Cristo, proseguir vuestro camino a través del desierto de la vida terrena hasta aquel ocaso en que, ante vuestra anhelante mirada, resplandezca en la aurora de la eternidad el monte del Señor, y que en cada uno de vosotros, renacido a nueva vida de gozo indefectible, se cumpla la oración navideña de la Iglesia, «de contemplar con confianza como juez a aquel Unigénito que con alegría acogemos ahora como Redentor» (Misal romano, oración de la vigilia de Navidad).

6. Pero en esta hora en que la vigilia de la santa Navidad nos proporciona la dulce alegría de vuestra presencia, al gozo se mezcla y revive en Nos, y sin duda no menos en vosotros, el triste recuerdo de nuestro glorioso predecesor de santa memoria (tan piadosamente evocado por nuestro venerable hermano el cardenal decano) y de las palabras —ha pasado solamente un año—, palabras inolvidables, solemnes y graves, que brotaban de lo profundo de su corazón paterno, que vosotros escuchasteis con Nos llenos de angustia, como el Nunc dimittis del santo anciano Simeón; palabras pronunciadas en esta sala, en igual vigilia, cargadas con el peso del presentimiento, por no decir de la profética visión, de la inminente desventura; palabras de exhortación y de aviso, de heroico sacrificio de sí mismo, cuyos ahogados acentos todavía hoy enternecen nuestras almas.


La tragedia de la guerra

7. La indecible desgracia de la guerra, que Pío XI preveía con profundo y sumo dolor, y que con la indomable energía de su noble y altísimo espíritu quería, por todos los medios, alejar de las contiendas de las naciones, se ha desencadenado y ahora es ya una trágica realidad. Ante su estruendo, una inmensa amargura inunda nuestro ánimo, triste y preocupado porque el santo nacimiento del Señor, del Príncipe de la Paz, habrá de celebrarse hoy entre el funesto, fúnebre tronar de los cañones, bajo el terror de bélicos aparatos volantes, en medio de las amenazas y de las asechanzas de los navíos armados. Y como parece que el mundo ha olvidadlo el pacificador mensaje de Cristo, la voz de la razón, la fraternidad cristiana, hemos tenido, desgraciadamente, que asistir a una serie de actos inconciliables tanto con las prescripciones del derecho internacional positivo como con los principios fundamentales del derecho natural y con los mismos sentimientos más elementales de la humanidad, actos que demuestran en qué caótico círculo vicioso se desenvuelve el sentido jurídico, desviado por puras consideraciones utilitarias. En esta categoría entran: la premeditada agresión contra un pueblo pequeño, laborioso y pacífico, con el pretexto de una amenaza ni existente ni querida y ni siquiera posible; las atrocidades (quienquiera que las haya cometido) y el uso ilícito de medios de destrucción incluso contra los no combatientes y los fugitivos, contra los ancianos, las mujeres y los niños; el desprecio de la dignidad, de la libertad y de la vida humana, del cual derivan actos que claman venganza en la presencia de Dios: «La voz de la sangre de tu hermano está clamando a mí desde la tierra» (Gen 4, 10); la siempre más extendida y metódica propaganda anticristiana e incluso atea, principalmente entre la juventud.

8. A preservar la Iglesia y su misión entre los hombres de todo contacto con tal espíritu anticristiano nos mueve nuestro deber, que es también intima y sagrada voluntad, de Padre y Maestro de la Verdad; y por esto dirigimos cálida e insistente exhortación sobre todo, a los ministros del santuario y a los «distribuidores de los misterios de Dios» (1Cor 4, 1. ), para que sean siempre vigilantes y ejemplares en la enseñanza y en la práctica del amor y no olviden jamás que en el reino de Cristo no hay precepto más inviolable ni más fundamental y sagrado que el servicio de la verdad y el vínculo de la caridad.

9. Con viva y angustiosa ansia nos vemos obligados a contemplar manifiestas ante nuestros ojos las ruinas espirituales que se van acumulando sin cesar a causa de un intenso diluvio de ideas que, más o menos intencionadamente o veladamente, entenebrece y deforma la verdad en las almas de tantos individuos y pueblos, envueltos o no en la guerra; por ello pensamos qué inmenso trabajo será necesario —cuando el mundo, cansado de guerrear, quiera restablecer la paz— para abatir los muros ciclópeos de la aversión y del odio, que en el ardor de la lucha se han hecho tan grandes.

10. Conscientes de los excesos a que abren camino y llevan inexorablemente las doctrinas y los hechos de una política despreocupada de la ley de Dios, Nos, como sabéis bien, cuando las diferencias se tornaron amenazadoras, con todo el ardor de nuestro ánimo procuramos hasta el final evitar el máximo mal y persuadir a los hombres en cuyas manos estaba la fuerza y sobre cuyas espaldas gravitaba una pesada responsabilidad a que se alejasen de un conflicto armado y ahorrasen al mundo imprevisibles desgracias. Nuestros esfuerzos y los que, convergentes, venían de otras partes, no lograron el efecto esperado, sobre todo porque apareció inmovible la profunda desconfianza, que, agigantándose en los ánimos durante los últimos años, llegó a elevar entre los pueblos infranqueables barreras espirituales.

11. No eran insolubles los problemas que se agitaban entre las naciones; pero aquella desconfianza, originada por una serie de circunstancias particulares, impedía, como con fuerza irresistible, que se prestase ya fe a la eficacia de eventuales promesas y a la duración y vitalidad de posibles acuerdos. El recuerdo de la vida efímera y discutida de semejantes intentos o acuerdos terminó paralizando todo esfuerzo para promover una solución pacifica.

12. No nos quedó, venerables hermanos y amados hijos, sino repetir con el profeta: «Esperábamos paz, todo son infortunios; y a la hora del alivio sólo se presenta la angustia» (Jer 14, 19) y dedicarnos entretanto a aliviar, en cuanto nos era posible, las desventuras derivadas de la guerra, si bien tal acción ha sido no poco impedida por la imposibilidad, hasta ahora no superada, de llevar el socorro de la caridad cristiana a regiones donde más viva y urgente se siente su necesidad. Con indecible angustia, desde hace cuatro meses venimos observando que esta guerra. iniciada y continuada en circunstancias tan insólitas, acumula trágicas ruinas. Y si hasta ahora —exceptuando el suelo ensangrentado de Polonia y de Finlandia— el número de las víctimas puede considerarse inferior al que se temía, la suma de los dolores y de los sacrificios ha llegado a tal punto, que provoca viva ansiedad en quien se preocupa del futuro estado económico, social y espiritual de Europa, y no solamente de Europa. Cuanto más el monstruo de la guerra se apropia, absorbe y se adjudica los medios materiales que inexorablemente quedan puestos al servicio de las necesidades guerreras, crecientes de hora en hora, tanto más agudo se hace para las naciones, directa o indirectamente sacudidas por el conflicto, el peligro de una, podríamos decir, anemia perniciosa y se consolida la acongojante pregunta: ¿Cómo podrá, cuando la guerra acabe, una economía exhausta o extenuada encontrar los medios necesarios para la reconstrucción económica y social, entre las dificultades que de todas partes se verán aumentadas extraordinariamente, y de las cuales las fuerzas y las artes del desorden, que se mantienen ocultas, procurarán aprovecharse, con la esperanza de poder asestar el golpe decisivo a la Europa cristiana?

13. Semejantes consideraciones acerca del presente y acerca del porvenir deben tener preocupados, aun en medio de la fiebre de la lucha, a los gobernantes y a la parte sana de todos los pueblos, y moverlos y excitarlos a examinar sus efectos y a reflexionar sobre los objetivos y sobre la finalidad justificable de la guerra.

Puntos fundamentales de una paz justa y honrosa

14. Y pensamos que quienes con ojo vigilante miren estas graves perspectivas y consideren con mente tranquila los síntomas que en muchas partes del mundo señalan esta evolución de los acontecimientos, se mantendrán, a pesar de la guerra y de sus duras necesidades, dispuestos interiormente a definir, en el momento oportuno y propicio, claramente, en cuanto les corresponda, los puntos fundamentales de una paz justa y honrosa, y no rehusarán caprichosamente las gestiones en cualquier ocasión que se presenten con las necesarias garantías y cautelas.

1º Un postulado fundamental de una paz justa y honrosa es asegurar el derecho a la vida y a la independencia de todas las naciones, grandes y pequeñas, poderosas y débiles. La voluntad de vivir de una nación no debe equivaler nunca a la sentencia de muerte para otra. Cuando esta igualdad de derechos es destruida, o herida o puesta en peligro, el orden jurídico exige una reparación, cuya medida y extensión no ha de ser determinada por la espada o el arbitrio egoísta, sino por las normas de la justicia y de la recíproca equidad.

2º A fin de que el orden de este modo establecido pueda tener tranquilidad y duración, ejes de una verdadera paz, las naciones deben quedar liberadas de la pasada esclavitud de la carrera de armamentos y del peligro de que la fuerza material, en vez de servir para tutelar el derecho, se convierta en tiránica violadora de éste. Los tratados de paz que no atribuyesen fundamental importancia a un desarme mutuamente consentido, orgánico, progresivo, tanto en el orden práctico como en el espiritual, y no cuidasen de realizarlo lealmente, revelarían, tarde o temprano, su inconsistencia y falta de vitalidad.

3º En toda reordenación de la convivencia internacional, sería conforme a las máximas de la humana sabiduría que todas las partes interesadas dedujeran las consecuencias de las lagunas o de las deficiencias del pasado; y al crear o reconstruir las instituciones internacionales, que tienen una misión tan alta, pero al mismo tiempo tan difícil y llena de gravísima responsabilidad, se deberían tener presentes las experiencias que resultaron de la ineficacia o del defectuoso funcionamiento de anteriores iniciativas semejantes. Y, como a la debilidad humana es tan dificultoso, casi podríamos decir tan imposible, preverlo todo y asegurarlo todo en el momento de los tratados de paz. cuando es tan difícil verse libre de las pasiones y de la amargura, la constitución de instituciones jurídicas que sirvan para garantizar el leal y fiel cumplimiento de tales tratados, y, en caso de reconocida necesidad, para revisarlas y corregirlas, es de importancia decisiva para una honrosa aceptación de un tratado de paz y para evitar arbitrarias y unilaterales lesiones e interpretaciones de las condiciones de los referidos tratados.

4º En particular, un punto que debería reclamar la atención, si se quiere una mejor ordenación de Europa, se refiere a las verdaderas necesidades y las justas exigencias de las naciones y de los pueblos, como también de las minorías étnicas; exigencias que, si no bastan siempre para fundamentar un estricto derecho, cuando están en vigor tratados reconocidos y sancionados u otros títulos jurídicos que se opongan a ellas, merecen, sin embargo, un benévolo examen para solucionarlas por métodos pacíficos y también, cuando sea necesario, por medio de una equitativa, prudente y concorde revisión de los tratados. Reconstituido así un verdadero equilibrio entre las naciones, restablecidas las bases de una mutua confianza, se evitarían muchas tentaciones para recurrir a la violencia.

5º Pero incluso las regulaciones mejores y más cumplidas serán imperfectas y condenadas en definitiva al fracaso si los que dirigen la suerte de los pueblos, y los pueblos mismos, no se dejan penetrar cada vez más de aquel espíritu del que únicamente puede provenir la vida, autoridad y obligatoriedad a la letra muerta de los párrafos de los ordenamientos internacionales; es decir, de aquel sentido de íntima y aguda responsabilidad que mira y pondera los estatutos humanos según las santas e indestructibles normas del derecho divino; de aquella hambre y sed de justicia que es proclamada como bienaventuranza en el sermón de la Montaña, y que tiene como condición natural previa la justicia moral ; de aquel amor universal que es el compendio y el término más avanzado del ideal cristiano, y por esto tiende un puente incluso a quienes no tienen la dicha de participar en nuestra misma fe.

Los obstáculos de la paz

15. No desconocemos cuán graves son las dificultades que se interponen para conseguir estos fines, que Nos hemos trazado a grandes líneas, para fundar, llevar a cabo y conservar una justa paz internacional. Pero, si alguna vez ha habido un ideal digno de la cooperación de todos los espíritus nobles y generosos, si alguna vez ha habido ansia de una cruzada espiritual que con nueva verdad hiciese resonar el grito «Dios lo quiere», es verdaderamente este altísimo ideal y esta cruzada y lucha de corazones puros y magnánimos, emprendida para reconducir los pueblos de las turbias cisternas de los intereses materiales y egoístas a la fuente viva del derecho divino, el cual es el único que puede dar aquella moralidad, nobleza y estabilidad cuya falta y necesidad se han echado tan de menos y durante tan largo tiempo, con grave daño de las naciones y de la humanidad.

16. Nos creemos y esperamos que todos cuantos nos están unidos por los vínculos de la fe, cada uno en su puesto y dentro de los límites de su misión, tengan abierta su mente y su corazón a estos ideales, que son al mismo tiempo los fines reales de una verdadera paz en la justicia y en el amor, para que así, cuando el huracán de la guerra esté a punto de cesar y desaparecer, surjan en todos los pueblos y en todas las naciones espíritus previsores y puros, animados de un valor que sepa y sea capaz de oponer al tenebroso instinto de la baja venganza la severa y noble majestad de la justicia, hermana del amor y compañera de toda verdadera prudencia.

17. De esta justicia que es la única capaz de crear la paz y de asegurarla, Nos, y con Nos todos cuantos escuchan nuestra voz, no ignoramos dónde nos es dado encontrar el sublime ejemplar, el íntimo impulso y la segura promesa. «Transeamus usque Bethlehem et videamus» ( Lc 2,15). Vayamos a Belén. Allí encontraremos recostado en el pesebre al nacido «Sol de la justicia, Cristo, Dios nuestro», y a su lado la Virgen Madre, «Espejo de la justicia» y «Reina de la paz», con el santo custodio José, «el hombre justo». Jesús es el esperado de las gentes. Los profetas lo señalaron y cantaron sus futuros triunfos: «y se llamará maravilloso consejero, Dios fuerte, Padre sempiterno, Príncipe de la paz (Is 9,6).

18. Cuando nació este celestial Niño, otro príncipe de la paz se asentaba sobre las orillas del Tíber y había con solemnes ceremonias dedicado un Ara Pacis Augustae, cuyos maravillosos pero quebrados restos, sepultados durante siglos bajo las ruinas Roma, han levantado la cabeza en nuestros días. Sobre aquel altar Augusto sacrificó en honor de dioses que no salvan. Pero es lícito pensar que el verdadero Dios y eterno Príncipe de la Paz, que pocos años después apareció entre los hombres, haya escuchado el anhelo de aquel tiempo por la paz y que la paz de Augusto haya sido como una figura de aquella paz sobrenatural que sólo El puede dar, y en la que se halla necesariamente comprendida toda paz terrena; aquella paz conquistada no con el hierro, sino con el leño de la cuna de este Infante Señor de la paz y con el leño de su futura cruz, de muerte, rociada con su sangre, sangre no de odio y de rencor, sino de amor y de perdón.

19. Vayamos, pues, a Belén y a la gruta del recién nacido Rey de la paz, cantada sobre su cuna por los coros de los ángeles, y de rodillas ante El, en nombre de esta humanidad inquieta y sacudida, en nombre de los innumerables hombres, sin distinción de pueblo o de nación, que se desangran y mueren, o han caído en el llanto y en la miseria, o han perdido la patria, dirijamos nuestra invocación de paz y concordia, de ayuda y de salvación, con las palabras que la Iglesia pone en estos días sobre los labios de sus hijos: «O Emmanuel, Rex et legifer noster, exspectatio Gentium et salvator earum, veni al salvandum nos, Domine, Deus noster» (Brev. rom.).

20. Mientras con esta plegaria desahogamos nuestra aspiración insaciada por una paz en el espíritu de Cristo, Mediador de paz entre el cielo y la tierra, con su benignidad y humanidad aparecida en medio de nosotros, y exhortamos cálidamente a los fieles cristianos a asociar con nuestras intenciones también sus sacrificios y sus oraciones, impartimos, venerables hermanos y queridos hijos, a vosotros y a todos los que lleváis en vuestro corazón, a todos los hombres de buena voluntad que se hallan diseminados sobre la faz de la tierra, especialmente a los que sufren, a los angustiados perseguidos, a los prisioneros, a los oprimidos de toda región y país, con inmutado afecto, como prenda de gracias de y de consolaciones y alivios celestiales, la bendición apostólica.


OPVS IVSTITIAE PAX
"La paz es obra de la justicia"


23 de diciembre de 2009

NOTA VATICANA SOBRE EL DECRETO DE VIRTUDES HEROICAS DE PIO XII


El P. Lombardi habla sobre la causa
del Pastor Angelicus



CIUDAD DEL VATICANO, 23 DIC 2009 (VIS).- El director de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, padre Federico Lombardi, S.I., dio a conocer hoy la siguiente nota sobre la firma del decreto sobre las virtudes heroicas del Siervo de Dios Pío XII:

La firma por parte del Papa del decreto "sobre las virtudes heroicas" de Pío XII ha suscitado diversas reacciones en el mundo judío, probablemente porque se trata de una firma cuyo significado está claro en el ámbito de la Iglesia católica y de los "expertos en materia", y merece una explicación para un público más amplio, en particular el judío, comprensiblemente muy sensible por cuanto respecta al período histórico de la Segunda Guerra Mundial y del Holocausto.

Cuando un Papa firma un decreto "sobre las virtudes heroicas" de un Siervo de Dios confirma la valoración positiva que la Congregación para las Causas de los Santos ya ha votado. Naturalmente se tienen en cuenta en esta valoración las circunstancias en las que ha vivido la persona; es necesario, pues, un atento examen desde el punto de vista histórico, pero la valoración se refiere esencialmente al testimonio de vida cristiana que ha dado esa persona (su intensa relación con Dios y la continua búsqueda de la perfección evangélica y no la valoración del alcance histórico de todas sus decisiones operativas.

Con motivo de la beatificación de Juan XXIII y Pío IX, Juan Pablo II decía: "La santidad vive en la historia y todo santo no se sustrae a los límites y condicionamientos propios de nuestra humanidad. Beatificando a uno de sus hijos, la Iglesia no celebra las opciones históricas particulares que haya efectuado, sino más bien lo indica para la imitación y la veneración por sus virtudes en alabanza de la gracia divina que resplandece en ellas".

Con esto no se pretende limitar en absoluto la discusión sobre las opciones concretas que llevó a cabo Pío XII en la situación en que se encontraba. Por su parte, la Iglesia afirma que se efectuaron con la pura intención de desarrollar lo mejor posible el servicio de altísima y dramática responsabilidad del pontífice. En cualquier caso, la atención y la preocupación de Pío XII por el destino de los judíos -algo que ciertamente es relevante para la valoración de sus virtudes- son ampliamente reconocidas y atestiguadas también por numerosos judíos.

Por tanto, sigue estando abierta también en el futuro la investigación y la valoración de los historiadores en su campo específico. Y en el caso concreto se comprende la petición de tener abiertas todas las posibilidades de investigación sobre los documentos. Para la apertura completa de los archivos -como ya se ha dicho otras veces- es necesario el ordenamiento y la catalogación de una gran cantidad de documentos, que exige un tiempo técnico de varios años.

Por lo que respecta al hecho de que los decretos sobre las virtudes heroicas de los Papas Juan Pablo II y Pío XII hayan sido promulgados el mismo día, no significa un "acoplamiento" de las dos causas a partir de ahora, ya que son totalmente independientes y cada una seguirá su propio camino. Por tanto, no hay ningún motivo para pensar en una eventual beatificación contemporánea.

Está claro que la reciente firma del decreto no hay que interpretarla como un acto hostil contra el pueblo judío y es de desear que no sea considerada un obstáculo en el camino del diálogo entre el judaísmo y la Iglesia católica. Es más, se espera que la próxima visita del Papa a la Sinagoga de Roma sea una ocasión para reafirmar y consolidar con gran cordialidad estos vínculos de amistad y de estima.

OP /DECRETO PIO XII/LOMBARDI VIS 091223 (620)



Pío XII es ya venerable pese a quien le pese
y será declarado santo si Dios quiere



19 de diciembre de 2009

Venerabilis Pie XII, ora pro nobis!





Esta mañana el Santo Padre Benedicto XVI ha puesto su firma en varios decretos presentados por la Congregación romana para las Causas de los Santos. Entre ellos se encontraba el de heroicidad de virtudes de dos papas contemporáneos: Pío XII y Juan Pablo II. El decreto del primero llevaba ya dos años expedito para la confirmación papal después de haber sido aprobada por unanimidad en el seno de la comisión ordinaria de cardenales y obispos del citado dicasterio. Razones de prudencia dictaron en su momento la espera. El año pasado, con motivo de los cincuenta años del piadoso tránsito del papa Pacelli, su sucesor Benedicto XVI quiso realzar la efeméride mediante la celebración de una capilla papal en su memoria, el 9 de octubre. En su homilía, el Pontífice hizo el encomio de la persona, la obra y el pontificado de su “amado y venerado predecesor”, siguiendo en ello la tradición marcada por el beato Juan XXIII, Pablo VI y Juan Pablo II. Habiendo ello provocado nuevas controversias acerca de la oportunidad o no de la beatificación de Pío XII, la Santa Sede publicó, a través de su portavoz, el P. Lombardi, una nota en la cual se decía que la firma del decreto de heroicidad de virtudes por parte del papa Benedicto era “objeto, por parte suya, de profundización y reflexión, y en esta situación no es oportuno tratar de ejercer presiones sobre él, ya sea en un sentido o en otro”. Hoy podemos comprobar que esa profundización y reflexión han madurado y dado óptimo fruto. El Santo Padre felizmente reinante demuestra una vez más su inteligencia y sabiduría y hoy podemos ya invocar a Pío XII con el título de Venerable.

Pero, como muy bien ha declarado el R.P. Peter Gumpel, S.I., relator de la causa de beatificación, “el camino aún es largo”. Falta, en efecto, la verificación y aprobación de un milagro atribuido a la intercesión de Pío XII para que pueda darse curso a aquélla. Y en eso somos ahora los fieles los que tenemos en gran parte la responsabilidad de que se avance en esta dirección. Desde este humilde blog invitamos a todos a encomendarse a Dios y pedirle gracias por mediación del nuevo Venerable. Es importante que difundamos la devoción a Pío XII ahora más que nunca. Con el decreto de heroicidad de virtudes ya nadie puede honradamente poner en duda la integridad moral del gran Eugenio Pacelli. Se trata de un mentís categórico a la infame campaña que se desatara en 1963 contra su augusta memoria por personas sin escrúpulos, que no temieron echar el lodo de la ignominia sobre quien un lustro atrás concitaba las expresiones de gran admiración y sincero duelo de personalidades de todo el mundo, incluso judías. Ahora debemos concentrarnos preferentemente en una labor positiva de divulgación de la vida, obra y pontificado del Venerable Pío XII, mostrando su grandeza humana y su profunda dimensión sobrenatural. Retomemos la oración que en su día compuso el vicario de la Ciudad del Vaticano, Mons. Petrus Canisius van Lierde, que vivió a su luz y bajo su sombra, y repitámosla cada día en nuestras plegarias para que Eugenio Pacelli suba pronto a los altares (véase al final).



No podemos dejar de recordar aquí por deber de gratitud a las personas que han trabajado y siguen trabajando denodadamente en la causa de beatificación de Pío XII, incoada en 1965 por disposición del papa Pablo VI (que pasó treinta años a su lado y vivió de cerca su pontificado). En primer lugar, el R.P. Paolo Molinari y el R.P. Peter Gumpel, jesuitas, respectivamente postulador y relator de la causa, que tanto han contribuido a que ésta no quedara empantanada por las intrigas de los enemigos de Pío XII. El P. Gumpel se ha mostrado siempre como un intrépido defensor de este gran Pontífice Romano. Ha concedido entrevistas, ha pronunciado conferencias y ha hecho públicas aclaraciones con energía y decisión, pero también con serenidad y con solvencia intelectual y, sobre todo, un gran amor a la verdad de los hechos, a fuer de buen historiador. Por lo que al SIPA respecta, siempre hemos tenido la puerta del P. Gumpel abierta, habiendo animado nuestros humildes comienzos y primeras actividades. También queremos mencionar al R.P. Pierre Blet, S.I., que, junto con otros tres sacerdotes de la Compañía (los RR.PP. Angelo Martini, Burkhart Schneider y Robert A. Graham), se encargó de la titánica labor –que les fuera encomendada por Pablo VI- de publicar la documentación de los archivos secretos vaticanos relativos al paríodo de la Segunda Guerra Mundial. El P. Blet también apoyó al SIPA desde sus inicios y fue siempre un benévolo amigo. Hace tres semanas nos dejó después de una larga y fecunda vida y estamos seguros de que algo habrá intervenido en el cielo para el feliz desenlace de hoy. ¡Bendita sea su memoria! Tampoco podemos olvidar a sor Margarita Marchione, la religiosa ítalo-americana de la congregación de Maestras Pías Filippini, que ha hecho de la defensa de Pío XII la razón de sus esfuerzos y desvelos, mostrándose como una incansable estudiosa e investigadora, una amena conferenciante y una proficua escritora. También tenemos el honor de gozar de su apoyo. Precisamente de ella publicamos el artículo –en su traducción castellana– que ha tenido a bien enviarnos nada más conocer la noticia de la firma del decreto de heroicidad de virtudes por el papa Benedicto XVI y que tenemos el honor de publicar a continuación.


HEROICIDAD DE VIRTUDES DE PÍO XII

Por: Sor Margherita Marchione, Ph.D.




Los católicos de todo el mundo están de plácemes por el acto en virtud del cual Su Santidad Benedicto XVI ha dado vía libre al proceso de beatificación del Siervo de Dios Pío XII, al firmar la mañana de hoy, 19 de diciembre de 2009, el decreto de la heroicidad de sus virtudes. El anuncio fue hecho después de la audiencia concedida al cardenal Angelo Amato, prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos. Ahora se espera de los fieles que envíen informaciones para ver si algún milagro puede ser atribuido a la intercesión del nuevo Venerable. La causa de beatificación de Pío XII fue inicialmente introducida por Pablo VI a petición de la Conferencia Episcopal Norteamericana, seguida por otras, así como de cientos de miles de fieles alrededor del mundo.

En el 50º aniversario de la muerte de Pío XII, el 9 de octubre de 2009, el Santo Padre Benedicto XVI exhortó a los fieles a rezar para que tenga lugar su beatificación. Hoy, al cabo de catorce meses, después de un cuidadoso y laborioso examen por la Congregación para las Causas de los Santos y tras dos años desde que la positio fuera unánimemente aprobada por la comisión de cardenales y obispos, el anuncio oficial de la firma del decreto correspondiente por el Papa hace avanzar el proceso hacia sus etapas finales.

Poco después de la muerte de Pío XII el 9 de octubre de 1958, su sucesor el beato Juan XXIII se refirió a él en su primer mensaje de Navidad como “Padre y Pontífice nuestro, al que queremos ya contemplar como asociado a los Santos de Dios en las regiones celestiales”. Extraoficialmente “canonizó” a Pío XII y declaró que “bien conviene a su memoria bendita el triple título de doctor optimus, Ecclesiae sanctae lumen, divinae legis amator” (Michael Chinigo: The Teachings of John XXIII, 1967). El Venerable Pío XII es, en verdad, digno de estos apelativos: “Doctor óptimo, Luz de la Santa Iglesia, “Amante de la Ley Divina”. Pío XII trabajó con gran dedicación por la causa de la paz, condenó al nazismo antes y durante las hostilidades, alivió los sufrimientos y salvó las vidas de muchos judíos y cristianos víctimas de la guerra. Su vida virtuosa habla por ella misma y está respaldada por abundantes e incontestables pruebas documentales. La verdad acerca de su servicio a la Iglesia y al mundo –primero como diplomático y más tarde como Sumo Pontífice– en momentos particularmente difíciles para la Humanidad está asimismo históricamente establecida.

El papa Pacelli ha sido víctima de una injusta campaña de calumnias durante casi cincuenta años. Ahora, sin embargo, existen pruebas aplastantes que demuestran más allá de toda duda que trabajó sin descanso por la paz, que no buscó otra cosa que ayudar a las víctimas de la guerra en todos los modos posibles (especialmente a los judíos, centenares de miles de los cuales se vieron librados a través de sus esfuerzos) y que advirtió al mundo constantemente acerca de los horrores del nazismo y del comunismo.

El 2 de marzo de 1939, Eugenio Pacelli era elegido al solio de Pedro, tomó el nombre de su predecesor y como Pío XII dirigió al Papado en una incesante búsqueda de la paz en un período de violencia y trastornos sin precedentes (1939-1958). Realzó el prestigio de la Iglesia y ejerció un indisutible liderazgo no sólo sobre los católicos, sino sobre el mundo. Obtuvo mayor admiración y elogio que cualquiera de sus predecesores. La Iglesia no había conseguido, desde los tiempos de la Reforma, tan gran respeto. Buen samaritano y hombre cuya fe en Dios dio esperanza y coraje a millones de personas durante la Segunda Guerra Mundial, salvó más víctimas judías de los nazis que cualquier otra persona, ejército u organización. El cargo del que se le ha llegado a acusar, de haberse mostrado indiferente al destino de las víctimas del holocausto es injusto y se contradice con el testimonio de un vasto número de esas mismas víctimas, que se beneficiaron de su ayuda.

El célebre santo de Pietrelcina, el Padre Pío, fue una de las más carismáticas figuras del siglo XX. En su Diario (p. 225) el místico dejó escrito que cuando murió el papa Pío XII, el 9 de octubre de 1958, fue consolado “por la visión de este pontífice en el hogar celestial”. El 22 de febrero de 2001 Bernard Tiffany citó el siguiente testimonio del P. Dominic Meyer, O.F.M.Cap., secretario del santo fraile: “El Padre Pío me dijo haber visto al Papa durante su misa. Y muchos Milagros en varias partes del mundo fueron atribuidos a su intercesión. El 8 de diciembre de 1958 se publicaron las primeras estampas del difunto papa con una oración [en italiano] por su beatificación, pero hasta ahora no he visto ninguna con la oración en inglés” (30 de junio de 1959). En efecto, inmediatamente después del fallecimiento de Pío XII el mundo en general lo proclamó digno de la santidad. El estadounidense Michael Bobrow, corresponsal de prensa extranjera en Tierra Santa a finales de los Sesenta, es uno de los muchos judíos contemporáneos que están a favor de la canonización de Pío XII. Hace unos años declaró que un primo suyo “fue escondido por monjas católicas y se salvó gracias a las directivas de Pío XII, cuya canonización sería un acto de suprema justicia, caridad y verdad” (Carta a sor Margherita Marchione del 26 de diciembre de 1998).

Pío XII era una persona piadosa, serena y pacífica; hombre moderno, dotado de una memoria extraordinaria. Amigo del físico Guglielmo Marconi, fue de los primeros en usar los modernos medios de comunicación. Su inteligencia superior nunca intimidó a sus colaboradores. Su candor revelaba su alma, que se transparentaba a través de su amable sonrisa. Fue un realista lúcido y especial, con un sentido místico de la existencia humana, siempre en contacto con los más poderosos líderes el mundo. Fue un entendido en las más diversas disciplinas y sus discursos y escritos llenan una veintena de gruesos volúmenes. Siempre se preparaba concienzudamente para cada discurso. Pero a veces, sin tomar notas, improvisaba y se abandonaba a la inspiración del momento. Protegió a la Iglesia del peligro de los errores modernos, pero la preparó, trabajando diligentemente con la asistencia de hombres capaces, para el Concilio Vaticano II. Aunque muy humilde no fue un timorato y estuvo siempre dispuesto a hablar claramente. En todas sus palabras y acciones estuvo guiado por su amor a Dios, su devoción a la Virgen y su concepto de la dignidad del Papado.

Millones de peregrinos y visitantes que afluyeron al Vaticano, edificados por la paternal solicitud de Pío XII, su rostro sonriente y sus inspiradas palabras, experimentaron una fe, una esperanza y un amor a Dios y al prójimo intensos. No tenía miedo a la muerte y estuvo dispuesto a sacrificar su vida en defensa de los derechos de la Iglesia y en el cumplimiento de sus deberes pastorales. Cuando se corrió la voz de que los Nazis pretendían capturarlo y deportarlo y supo de los planes que se estaban haciendo los Aliados para asegurar su incolumidad en el extranjero, el Papa declaró firmemente que no abandonaría el Vaticano y que sólo se lo podrían llevar por la fuerza física. También se rehusó a ir a refugios antiaéreos. En lugar de eso, prefirió la protección de la oración en su capilla del Palacio Apostólico. Durante los dos bombardeos de Roma, dejó el Vaticano para ir al encuentro de los heridos y damnificados, a los que consoló y asistió tanto espiritual como materialmente. Nunca temió por su vida y, abandonándose a la voluntad de Dios, aceptó el sufrimiento al faltarle la salud con cristiana conformidad y fortaleza hasta su muerte en Castelgandolfo tras una larga agonía.

Un telegrama del 9 de marzo de 1944 (nº. 2341) confirma el hecho de que numerosos judíos y otros refugiados se hallaban ocultos en la villa pontificia de Castelgandolfo cuando los Aliados bombardearon la localidad. Soldados nazis con pesado equipamiento military estaban estacionados allí e intercambiaron fuego, de resultas de lo cual, según Allen Dulles, secretario de Estado norteamericano, “1000 personas resultaron heridas y 300 murieron. La Santa Sede protestó por el bombardeo de su territorio” (Hitler’s Doorstep: The Wartime Intelligence Reports of Allen Dulles, 1942-1945).

En todas partes la Iglesia denunció las deportaciones y el trato infligido a los judíos. Hombres de Iglesia valientes desafiaron a Hitler. El 16 de julio de 1942, cuando la policía de ocupación hizo una redada de 13.000 judíos en París, los Obispos franceses publicaron una protesta conjunta: “Nuestra conciencia cristiana clama por el horror. En nombre de la humanidad y de los principios cristianos reivindicamos los derechos inalienables de las personas”. Volúmenes de testimonios confirman las acciones heroicas del papa Pío XII y del clero católico en el mundo convulsionado por la guerra.

Gary Krupp, empresario judío y creador de la fundación Pave the Way para el entendimiento religioso, escribió: “No voy a hacer comentarios sobre un procedimiento católico como es una beatificación. No es algo de mi competencia. Sin embargo, creo que el papa Pío XII debería ser reconocido por el pueblo judío como Justo entre las Naciones en el Yad Vashem de Jerusalén. Gracias a la investigación de pruebas documentales por la Pave the Way Foundation, hemos descubierto que salvó secretamente a más judíos que todos los líderes religiosos y políticos juntos. Y esto lo hizo anónimamente. Nadie supo todo lo que llevó a cabo para salvarlos. En el judaísmo es ésta la más alta forma de caridad según nuestra tradición”.

New Jersey, 19 de diciembre de 2009.


29 de noviembre de 2009

Ha muerto el R.P. Pierre Blet, S.I.

†

IN MEMORIAM

R.P. PIERRE BLET, S.I.

(1918-2009)


A la edad de 91 recién cumplidos ha fallecido en Roma esta mañana, en el Hospital del Espíritu Santo, el R.P. Pierre Blet, S.I., a consecuencia de un fallo cardíaco. Hacía ya algún tiempo que la salud del hoy llorado Padre Blet se hallaba resentida, lo cual había motivado su traslado de la Pontificia Universidad Gregoriana (donde residió durante largos años) a la Curia Generalicia de la Compañía de Jesús. Aquí pasó los últimos meses de su vida bajo atentos cuidados médicos y sanitarios. Tuve el privilegio, en 2008, de servirle la Santa Misa, que celebraba con gran unción en el rito romano clásico, el de su ordenación, al que siempre se mantuvo fiel. Fue amigo del SODALITIVM INTERNATIONALE PASTOR ANGELICVS, al que siempre animó en su empeño por defender la santa memoria de Pío XII, tarea que este gran jesuita hizo suya desde que Pablo VI lo llamó a colaborar en la edición de los documentos vaticanos de la época de la Segunda Guerra Mundial, hace ya cuarenta y cinco años.

Pierre Blet nació en Thaon (Calvados), en la Baja Normandía, el 20 de noviembre de 1918, pocos días después del Armisticio que puso fin a la Gran Guerra. Después de cursar la escuela elemental, realizó sus estudios secundarios en Caen (a cuyo distrito pertenece su pueblo natal) entre 1927 y 1937. El 7 de septiembre de este último año, sintiendo la vocación religiosa, ingresó en el noviciado de la Compañía de Jesús en Laval. Desde entonces fue siempre un fiel hijo de San Ignacio de Loyola, llegando a cumplir 72 años como jesuita. Cumplió servicio militar (imperativo por entonces en Francia para los clérigos) desde septiembre de 1939 a diciembre de 1941, en plena época de la Segunda Guerra Mundial y de la ocupación de Francia por los alemanes.

Cursó la licenciatura en Letras (Historia) en Clermont y Lyon (1941-1942), y la licenciatura en Filosofía en el Escolasticado jesuita de Vals-près-le-Puy (Auvernia), entre 1943 y 1946. Simultáneamente, obtuvo en 1946 la diplomatura en Estudios superiores de Filosofía por la Sorbona. En el curso 1946-1947 fue maestrillo (una de las etapas de la formación jesuítica), ejerciendo como profesor de primera enseñanza en el colegio Bon Secours de Brest (Bretaña). De 1947 a 1951 estudió Teología en las facultades de Lyon, Bühren (Westfalia) e Innsbrück, siendo ordenado sacerdote en Lyon el 31 de julio (festividad de San Ignacio) del año santo 1950. El último curso lo hizo en Münster (Westfalia) entre septiembre de 1951 y junio de 1952, obteniendo la licenciatura. Más tarde, el 21 de junio (festividad de San Luis Gonzaga) de 1958, recibió el título de Doctor en Letras por la Sorbona.

Al año siguiente fue llamado a Roma por sus superiores para enseñar en la Pontificia Universidad Gregoriana como profesor de Metodología histórica e Historia Moderna, compartiendo cátedra con otro insigne historiador jesuita: el P. Ricardo García Villoslada (1900-1991). Al comenzar el año 1960, el beato Juan XXIII, impresionado por la edición de la correspondencia del nuncio apostólico en Francia Mons. Ranuccio Scotti (1639-1641) presentada por Blet a la Sorbona como tesis complementaria, le encargó la de la correspondencia del antecesor de aquél, Mons. Girolamo Ragazzoni, obispo de Bérgamo (nuncio en la corte de Enrique III entre 1583 y 1586). El trabajo quedó terminado y fue publicado por la Gregoriana en 1962, como parte de las Acta Nuntiaturae gallicae (Actas de la Nunciatura en Francia), obra monumental querida y subvencionada por el papa Roncalli, el cual, habiendo sido él mismo nuncio apostólico en Francia entre 1944 y 1953, se interesaba mucho en el tema. A continuación, el Pontífice le encomendó preparar la edición de la correspondencia de Ranuccio Scotti (que ya le era familiar como hemos visto) para la misma colección, tarea que acabó en 1964. El P. Blet se convertiría en una gran autoridad en el tema de las representaciones pontificias, por el que le gustaba ser conocido.



Por esta época estalló una campaña denigratoria contra Pío XII originada en la pieza teatral Die Stellvertreter (El Vicario) del dramaturgo alemán Rolf Hochhuth, estrenada en Berlín el 20 de febrero de 1963 con la puesta en escena del comunista Erwin Piscator. En ella se presentaba a aquel papa como cómplice del holocausto contra los judíos por un silencio culpable debido a una secreta afinidad del Pontífice con el nazismo. Pablo VI, que había servido en la Curia durante veinte años bajo las órdenes de Eugenio Pacelli (primero como secretario de Estado y más tarde como Pío XII) y había aprendido a ser papa a su lado, quiso contrarrestar las calumnias contra su predecesor, haciendo abrir los archivos vaticanos del período bélico (1939-1945) para publicar los documentos relativos a la acción de la Santa Sede durante el conflicto. En diciembre de 1964, el ingente e ímprobo trabajo fue encomendado a cuatro historiadores jesuitas: los RR.PP. Angelo Martini (Italia), Burkhart Schneider (Alemania), Robert A. Graham (Estados Unidos) y Pierre Blet (Francia). Como dato ameno y anecdótico cabe consignar que en el mundillo romano se les conocía como “los cuatro mosqueteros”.

Entre 1965 y 1982 fueron publicados los once volúmenes en doce tomos de Actes et Documents du Saint Siège rélatifs à la Seconde Guerre Mondiale (Actas y Documentos de la Santa Sede relativos a la Segunda Guerra Mundial). Los Padres Schneider y Martini murieron en plena labor sin llegar a ver la culminación de sus esfuerzos. El P. Graham siguió ocupándose de Pío XII y llegó a recopilar un importante archivo que obra actualmente en poder de la Compañía de Jesús. El P. Blet trabajó desde el principio hasta el final en el proyecto de Pablo VI, simultaneando esta actividad con sus clases en la Pontificia Universidad Gregoriana y en la Pontificia Academia Eclesiástica. En esta última, entre 1969 y 1984, enseñó Historia de la Diplomacia de la Santa Sede. Sus lecciones se convirtieron en un libro que es hoy un clásico de obligada consulta: Histoire de la Représentation Diplomatique du Saint Siège des origines à l’aube du XIXe siècle (Historia de la Representación Diplomática de la Santa Sede desde sus orígenes hasta comienzos del siglo XIX), publicada por el Archivio Vaticano en 1982, con prefacio del cardenal Agostino Casaroli.

El 28 de enero de 1976 recibió la Legión de Honor en Roma, de manos del embajador Georges Galichon en nombre de la República Francesa. El 11 de marzo de 1985 fue elegido miembro correspondiente de la Academia de Ciencias Morales y Políticas del Instituto de Francia en la Sección de Historia y Geografía, ocupando el sitial del fallecido André Latreille. El P. Blet escribió numerosos artículos para prestigiosas publicaciones que reclamaban la autoridad de su pluma: Revue d'Histoire de l'Eglise de France, Revue d'Histoire moderne et contemporaine, Archivum Historiae Pontificiae, Archivum Historicum Societatis Jesu, Revue d'Histoire diplomatique. Entre sus últimos trabajos están: su contribución a la importante obra colectiva Dictionnaire de l’Ancien Régime bajo la dirección de Lucien Bély (Presses Universitaires de France, 1996) y su libro Richelieu et l’Église (Via Romana, 2007). En éste último aborda el poco conocido tema de la actividad propiamente religiosa del cardenal, en quien el cargo de ministro de Luis XIII ha ocultado al obispo católico y preocupado por la observancia de la disciplina de la Iglesia.



Cuando la corriente antipacelliana volvió a manifestarse con fuerza (debido al progreso de la causa de beatificación de Pío XII) a finales de los noventa del siglo pasado, a raíz de la publicación de un libro difamatorio y tendencioso del británico John Cornwell con un título sensacionalista e injurioso, el P. Blet, único superviviente de los cuatro jesuitas responsables de la edición de las Actes et documents, fue objeto de entrevistas y artículos, en los que apareció siempre su firme convicción no sólo de la inocencia de Pío XII, sino de su extraordinaria labor caritativa para con los judíos perseguidos. Su autoridad en la materia quedó corroborada por las palabras de Juan Pablo II, quien en 1998, durante uno de sus viajes apostólicos, a las preguntas insistentes de los periodistas, sobre la cuestión respondió con un elocuente: “Leed a Blet”. De hecho, se había publicado el año anterior un resumen que el sabio jesuita hizo de los doce tomos de la obra antes mencionada bajo el título Pie XII et la Seconde Guerre Mondiale d’après les Archives du Vatican (Pío XII y la Segunda Guerra Mundial según los Archivos del Vaticano) y que se tradujo a varias lenguas.

Desde el punto de vista humano, Pierre Blet era una persona de gran cortesía, verdaderamente noble y sin artificio. Le gustaba el reconocimiento, pero huía de los grandes homenajes. Era más bien tímido y reservado, pero nunca evasivo ni poco cordial. Acogía con sencillez y afabilidad a sus visitantes. Fue un jesuita cabal, a lo San Ignacio: santo y sabio (eruditio cum pietate). El reverendo Claude Barthe recuerda la última vez que lo vio en París: rezando su rosario en la iglesia de Santo Tomás de Aquino. Pasaba temporadas en la casa que los Jesuitas tienen en la parisina rue de Grenelle. Y es que el P. Blet, a pesar de su larga estancia en Roma, seguía siendo muy francés y gustaba de visitar Francia, a donde acudía de buen grado cada vez que le llamaban para una conferencia, una charla o una mesa redonda. Como colofón de esta nota no quiero dejar de consignar una anécdota que habla de su devoción por Pío XII. Un 9 de octubre, visitándolo en Roma, hablamos de la misa del día y le pregunté cuál había celebrado. Él, con una chispa de esprit tout français, me respondió: “La de San Dionisio, claro. Si por mí fuera, habría oficiado de buena gana en memoria de Pío XII, pero no la misa de réquiem, sino de blanco, la de papa y confesor, porque estoy seguro de que está en el cielo, pero parece que eso por ahora no es prudente”.

Que Dios haya premiado a este religioso modelo y sacerdote ejemplar, una de las modernas glorias de la Compañía de Jesús. Estemos seguros que desde el cielo su gran defendido Pío XII habrá, a su vez, intercedido por esta intención. Que descanse en paz y de Dios goce.

Las exequias del R.P. Pierre Blet, S.I., serán oficiadas el próximo martes 1º de diciembre, a las 10 horas, en la Capilla de la Curia Generalizia de la Compañía de Jesús en Roma (Borgo Santo Spirito, 4).


Véase también: http://www.orbiscatholicus.org/2009/11/rev-dr-pierre-blet-sj-1918-2009-rip.html