21 de julio de 2009

¿Por qué no hemos de creerles a ellos?



Antes de que se pusiera en marcha la campaña de calumnias y denigración contra Pío XII con el estreno en 1963 de la pieza teatral Die Stellvertreter (El Vicario) de Rolf Hochhuth (y alimentada por los sectores liberales y rupturistas del Catolicismo), la opinión que de este papa se tenía era generalmente muy buena; también en el mundo hebreo, cuyas personalidades más destacadas alabaron sin ambages al que consideraban un benefactor de las víctimas de la persecución nazista y del holocausto. Es altamente significativo el que aquella generación de testigos de primera mano –a los que nadie tenía que contar lo que pasó porque o lo vivieron ellos directamente o lo supieron de los propios sobrevivientes– sean unánimes en su apreciación positiva de la figura de Eugenio Pacelli. Cientos y cientos de judíos desfilaron durante años por el Palacio Apostólico Vaticano para darle las gracias por la ayuda que consideraban haber recibido de la Iglesia y de su jefe visible. ¿Por qué no vamos a creerles? Hay quien aduce hoy que los que lograron salvarse de morir quedaron tan traumatizados que su visión de los hechos quedó distorsionada y por eso no se dieron cuenta del verdadero papel del Papa ante la Shoah, pero como muy bien apunta el R.P. Pierre Blet, este torpe argumento invalida también el testimonio de esas personas sobre sus propios padecimientos o la crueldad nazi.

Reflexionemos un poco sobre algunos datos interesantes. El Estado de Israel se constituyó en 1948. Ya antes contaba con servicios secretos de una grandísima eficacia informativa y logística. Desde 1951 actúa el Mossad (Hamosad Lemodi'ín Uletafkidim Meyujadim), es decir el Instituto Central de Operaciones y Estrategias Especiales. En 1953, esta organización se apoderó del discurso de Nikita Kruschev en el que éste criticaba a Stalin, cosa inaudita si se tiene en cuenta que se hubo de burlar a la MVD y a la MGB, departamentos soviéticos de inteligencia y de policía política, impenetrables e implacables, antecesores inmediatos de la KGB y que se hallaban bajo la dirección del siniestro y omnipotente Lavrenti Beria. Algunos años después, en 1964, el Mossad volvería a asombrar con el golpe maestro que fue la localización y secuestro del nazi Adolf Eichmann, llevado desde Argentina a Israel, donde fue juzgado y ejecutado como criminal de guerra. Pues bien, ¿no cabe pensar que si el Estado de Israel hubiera tenido dudas sobre la actuación de Pío XII en los años negros de la persecución habría hecho funcionar su maquinaria de inteligencia para poner en evidencia al Papa? Sin embargo, no fue así. Y ello porque ante el prácticamente unánime reconocimiento de las víctimas directas e indirectas del holocausto a la labor benéfica de la Iglesia a su favor, hubiera parecido insensata una iniciativa del género. Pero aun si se llevó ésta a cabo es claro que nada se halló que pudiera incriminar a Pacelli; de otro modo, ya se habría publicado a los cuatro vientos.

Consideremos ahora de quién vino el primer ataque frontal a la memoria del Pastor Angelicus. No vino de un judío, ni de una víctima de las leyes antisemitas, ni de un sobreviviente de los campos de exterminio. Vino de un alemán de pura cepa, que ni siquiera estuvo en el frente porque tenía catorce años apenas cumplidos cuando acabó la Segunda Guerra Mundial. Todo lo que podía saber sobre la persecución contra los judíos y su exterminio en lo que se llamó eufemísticamente “la solución final” le vendría sólo de oídas y aun así se podría poner en duda, ya que el pueblo alemán experimentó después del conflicto una amnesia colectiva: nadie se había enterado, nadie podía imaginarse, se cumplían órdenes sin preguntar, etc. Quizás fue precisamente para exorcizar ese complejo de culpa de los alemanes por lo que Hochhuth escribió El Vicario. Era fácil encontrar un chivo expiatorio en un pontífice romano al que, en los tiempos que corrían, no estimaban los sectores más avanzados del catolicismo y de cuya supuesta pasividad se habían quejado católicos insospechables como Paul Claudel y François Mauriac. La calumnia nació, pues, fuera del ámbito judío y fue ajena por completo al de las víctimas de la Shoah, es decir los principales y directos interesados en el asunto.


Desgraciadamente, es muy cierto aquello de Voltaire: “Calumnia, calumnia, que algo queda”. Una vez puesta en marcha la rueda de la mentira que todo lo apisona, ya no iba a haber paz para Pío XII, a pesar de que llevaba ya casi cinco años en el sepulcro. La calumnia es como una bola de nieve que, corriendo pendiente abajo por una ladera va adquiriendo mayor volumen y fuerza hasta convertirse en una avalancha que todo lo destroza. La reputación más consolidada no puede dejar de verse afectada por ella y eso fue lo que pasó con la de aquel papa extraordinario que murió en general opinión de santo. Ni siquiera el hecho de que su calumniador sea conocido hoy como un revisionista recalcitrante, amigo de David Irving (el británico que ha reescrito la historia de la Segunda Guerra Mundial desde el punto de vista de Hitler), ha ayudado a que se deshaga la especie de un Eugenio Pacelli cómplice de los nazis por un silencio culpable sobre el holocausto. Hoy, desgraciadamente, también hay personalidades del mundo judío que dan por válida la hipótesis de trabajo de una pieza dramática, que como tal hipótesis no tiene necesidad de probarse porque en teatro todo es válido y se permiten las licencias históricas y literarias. Pero la ficción que puede ser buena como clave de una obra de literatura o una representación no es en absoluto admisible para dilucidar cuestiones históricas. A esos judíos que hoy condenan sin pruebas a Pío XII habría que decirles: ¡escuchad a vuestros mayores!



Dr. Louis Filkenstein (1895-1991), rabino estadounidense, talmudista y experto en la Ley Mosaica. Fue profesor y canciller del Seminario Teológico Judío de América, el primero del Judaísmo conservador en Norteamérica.

«No ha habido reproche más vivo al Nazismo que el que vino de Pío XI y su sucesor Pío XII».

(marzo de 1940).




Albert Einstein (1879-1955), físico alemán nacionalizado suizo y estadounidense. Nobel de Física en 1921 por su explicación del efecto fotoeléctrico, formulador de la teoría de la Relatividad y descubridor de la fisión nuclear.

«Siendo un amante de la libertad, cuando llegó la revolución a Alemania miré con confianza a las universidades sabiendo que siempre se habían vanagloriado de su devoción por la causa de la verdad. Pero las universidades fueron acalladas. Entonces miré a los grandes editores de periódicos, que en ardientes editoriales proclamaban su amor por la libertad. Pero también ellos, como las universidades, fueron reducidos al silencio, ahogados a la vuelta de pocas semanas. Sólo la Iglesia permaneció de pie y firme para hacer frente a las campañas de Hitler para suprimir la verdad. Antes no había sentido ningún interés personal en la Iglesia, pero ahora siento por ella un gran afecto y admiración, porque sólo la Iglesia ha tenido la valentía y la obstinación de sostener la verdad intelectual y la libertad moral. Debo confesar que lo que antes despreciaba ahora lo alabo incondicionalmente».

Time Magazine, 23 de diciembre de 1940, p. 40.



Chaim Azriel Weizmann (1874-1952), químico británico, primer presidente del Estado de Israel (febrero 1949-abril 1951). Fue líder del movimiento sionista, al que imprimió moderación. En política se mantuvo cercano a la Gran Bretaña y era partidario de la acción diplomática.

«La Santa Sede está prestando su poderosa ayuda allí donde puede para mitigar la suerte de mis correligionarios perseguidos».

(1943).




Maurice Perlzweig (1895-1985), rabino polaco naturalizado canadiense, dirigente de la Sección Británica del Congreso Mundial Judío y miembro del Congreso Judío Americano.

«Las reiteradas intervenciones del Santo Padre a favor de las comunidades judías en Europa han provocado los más profundos sentimientos de aprecio y gratitud de los judíos de todo el mundo».

Carta a Mons. Amleto Cicognani, delegado apostólico en Washington, D.C., de 18 de febrero de 1944.



Dr. Alexandru Şafran (1910-2006), Gran Rabino de Rumanía entre 1939 y 1948. Rumano de nacimiento y suizo de adopción tras su huida del comunismo en 1948. Intervino con inusual éxito ante el gobierno pro-fascista de Ion Antonescu a favor de muchos judíos. Murió como Rabino Jefe en Ginebra.

«En las horas más difíciles por las que han atravesado los judíos de Rumanía, la generosa asistencia de la Santa Sede fue decisiva y saludable. No es fácil para nosotros encontrar las palabras adecuadas para expresar el calor y el consuelo que experimentamos gracias a la preocupación del Sumo Pontífice, quien ofreció una gran suma de dinero para aliviar los sufrimientos de los deportados judíos… Los judíos de Rumanía nunca olvidarán estos hechos de importancia histórica».

Nota a monseñor Andrea Cassulo, nuncio apostólico de Su Santidad en Rumanía, de 7 de abril de 1944.


Joseph Meyer Proskauer (1877-1971), juez de la Corte de Apelaciones del Estado de Nueva York y presidente del Comité Judío Americano (1943-1949).

«Hemos oído cuán gran papel ha desempeñado el Santo Padre en la salvación de los refugiados judíos en Italia y sabemos por fuentes fidedignas que este gran papa ha logrado extender su poderosa y acogedora mano a los oprimidos de Hungría».

Discurso en el Madison Square Garden del 31 de julio de 1944.



Yitzhak HaLevi Herzog (1889-1959), polaco de nacimiento, Gran Rabino de Irlanda entre 1921 y 1936, Gran Rabino de los Azhkenazi entre 1936 y 1948 (bajo el Mandato Británico) y Gran Rabino de Israel desde 1948 hasta su muerte. Su hijo Chaim Herzog fue presidente del Estado de Israel entre 1983 y 1993 y su nieto Isaac Herzog es miembro del Knesset.

«El pueblo de Israel nunca olvidará lo que su Santidad y sus ilustres delegados, inspirados por los principios eternos de la religión, que constituye el verdadero fundamento de la civilización, están haciendo por nuestros infortunados hermanos y hermanas en la hora más trágica de nuestra historia, lo cual es una prueba de la acción de la Divina Providencia en este mundo».

Carta a Monseñor Angelo Giuseppe Roncalli, nuncio apostólico en Francia, de marzo de 1945.



Moshe Sharett (1894-1965), político y estadista judío de origen ucraniano. Participó en las negociaciones entre el movimiento sionista y el Mandato Británico de Palestina que llevaron a la fundación del Estado de Israel. Primer Ministro de Israel entre 1953 y 1955.

«Le dije [al Papa] que mi primer deber era agradecerle y, a través de él, a toda la Iglesia Católica de parte del público judío por todo lo que han hecho enlos distintos países para salvar a los judíos… Estamos agradecidos a la Iglesia Católica».

Declaraciones al salir de una audiencia con Pío XII en 1945, apenas terminada la guerra.



Israel Maurice Edelman (1911-1975), político y escritor británico de familia rusa judía, miembro del Partido Laborista y representante de Coventry en la Cámara de los Comunes desde 1950 hasta su muerte. Presidente de la Asociación Anglo-Judía.

«Agradezco a Su Santidad de parte de la comunidad judía de Inglaterra por haber salvado decenas de miles de judíos».

Audiencia con Pío XII en 1945.




William Rosenwald (1903-1996), hombre de negocios y filántropo judío estadounidense, dirigente del Comité Judío Americano y del Consejo de Federaciones Judías.

«Deseo aprovechar esta oportunidad para rendir homenaje al papa Pío por su llamado a favor de las víctimas de la guerra y de la opresión. Él proporcionó ayuda a los judíos de Italia e intervino a favor de los refugiados para aligerar sus pesadas cargas».

Conferencia ante desplazados de guerra judíos en 1946.



Golda Meir (1898-1978), política, diplomática y estadista israelí, ucraniana de nacimiento. Fue primera ministro del Estado de Israel entre 1969 y 1974 por el Partido Laborista. De familia judía tradicionalista, ella misma no era religiosa, pero respetaba las formas. Su gran triunfo fue la Guerra del Yom Kippur (1973).

«Compartimos el dolor de la humanidad (...). Cuando el terrible martirio se abatió sobre nuestro pueblo, la voz del Papa se elevó en favor de sus víctimas. La vida de nuestro tiempo se enriqueció con una voz que habló claramente sobre las grandes verdades morales por encima del tumulto del conflicto diario. Lloramos la muerte de un gran servidor de la paz ».

Telegrama de condolencias por la muerte de Pío XII enviado al Decano del colegio Cardenalicio, cardenal Eugenio Tisserant, en octubre de 1958.




Leonard Bernstein (1918-1990), compositor, músico y director de orquesta judío estadounidense de fama internacional.

«Pido un minuto de silencio por la muerte de un auténtico gran hombre: el papa Pío XII».

Momentos previos a un concierto de la Orquesta Filarmónica de Nueva York en octubre de 1958.




Elio Toaff (1915), rabino italiano, considerado la máxima autoridad espiritual y moral judía en Italia, Gran Rabino de Roma entre 1951 y 2001.

«Más que ninguna otra persona, hemos tenido ocasión de experimentar la gran bondad y magnanimidad del papa durante los infelices años de la persecución y del terror, cuando parecía que para nosotros no habría ninguna salvación. La comunidad israelí de Roma, donde siempre ha sido muy vivo el sentimiento de gratitud por lo que la Santa Sede ha hecho a favor de los judíos romanos, nos autoriza a referir de manera explícita la convicción de que cuanto hizo el clero, los institutos religiosos y las asociaciones católicas para proteger a los perseguidos, no puede haber tenido lugar sino con la expresa aprobación de Pío XII».

Mensaje de condolencia por la muerte de Pío XII, en octubre de 1958.



Pinchas Lapide (1922-1997), teólogo y diplomático israelí, que sirvió como cónsul de Israel en Milán. Autor de más de 35 libros.

«La Iglesia Católica, bajo el pontificado de Pío XII, fue decisiva en la salvación de al menos 700.000, pero probablemente tantos como 860.000 judíos de una muerte segura a manos de los Nazis».

Three Popes and the Jews, 1967.


¿Por qué no tendríamos que creerles?


11 de julio de 2009

¿Depende la causa de Pío XII del dictamen de los historiadores?


Hace dos semanas nos hacíamos eco de las declaraciones del R.P. Peter Gumpel sobre el proceso de beatificación de Pío XII. Pues bien, el tema volvió a ser de primera actualidad cuando el 2 de julio pasado Mons. Sergio Pagano (foto), prefecto de los Archivos Secretos Vaticanos, anunció que los documentos relativos al pontificado de Pío XII no se podrían desclasificar hasta dentro de cinco o seis años y entonces la decisión de hacerlos accesibles al público corresponderá al Papa. El prelado dijo que una veintena de archivistas se hallan actualmente trabajando en los más de 15.000 lotes de material, que constan de millones de páginas.

La ingente documentación comprende no sólo las actas y los papeles de la secretaría de Estado y de los diferentes dicasterios de la Curia Romana, sino también los informes de las nunciaturas apostólicas. Debido a la norma –que data de Urbano VIII– de tratar sobre una sola cuestión en cada despacho, los archivos diplomáticos son particularmente voluminosos, aunque obviamente más fáciles de ordenar. Los correspondientes al período de la Segunda Guerra Mundial fueron, como se sabe, en parte ya desclasificados y publicadas sus Actas y documentos hace algunas décadas por iniciativa de Pablo VI. Ya entonces se comprobó la enorme dificultad de avanzar en medio de una masa descoordinada de toda clase de carpetas y legajos.

Existe también un importante fondo documental de propiedad de la Compañía de Jesús: el archivo personal del R.P. Robert Graham, S.I. (1912-1997), precisamente uno de los cuatro jesuitas a quienes encargó el papa Montini el trabajo al que nos acabamos de referir. El Padre Graham, gran defensor de la memoria de Pío XII, llegó a recopilar 25.000 documentos relativos al período bélico de su pontificado (1939-1945). Recientemente se corrió la voz de que el Prepósito General de la Compañía, R.P. Adolfo Nicolás, había autorizado su publicación, especie que fue desmentida públicamente el pasado 24 de abril por la Oficina de Prensa e Información de la Orden y por el Servicio Vaticano de Información. De lo que sí se trataba es de la luz verde a la catalogación y digitalización del archivo Graham, que en ningún caso se hará público antes que la Santa Sede haga lo propio con los Archivos Secretos del pontificado de Pío XII.

Hay quienes han puesto en relacíón el anuncio de monseñor Pagano y las declaraciones del Padre Lombardi de hace dos semanas (respondiendo sin nombrarlo al R.P. Gumpel) para ver una confirmación de los rumores que circulan insistentemente sobre un largo aplazamiento de la causa de beatificación de Pío XII, alimentados por unas declaraciones del rabino ortodoxo David Rosen, director del Instituto Heilbrunn para el Entendimiento Interreligioso Internacional y destacado miembro del Comité para el Diálogo Interreligioso Judeo-Católico amén de caballero pontificio, el cual, a la salida de una audiencia papal en octubre del año pasado dijo a la prensa que un miembro de su delegación había pedido a Benedicto XVI no beatificar a Pío XII hasta que no se conocieran los archivos secretos de su reinado, a lo que el Santo Padre habría respondido que “se lo estaba pensando”. A la luz de los acontecimientos, ¿debemos concluir que la información del rabino tenía fundamento? Pero, ¿es normal que la causa de un Siervo de Dios se haga depender del dictamen de los historiadores?

Si ello es así podemos, para decirlo coloquialmente, esperar sentados. Serán necesarios cinco o seis años hasta que se abran los archivos al público (uno menos de lo que se decía en octubre pasado el Padre Federico Lombardi, portavoz de la Santa Sede, aunque entonces el proceso de beatificación de Pacelli no se vinculaba necesariamente a esta apertura). Podría acortarse el plazo si hubiera más personal dedicado a la ímproba labor de clasificación y puesta en orden de la documentación, pero no parece de momento que se vaya a emplear a más archivistas. Sin embargo, recién dentro de ese plazo de cinco a seis años será cuando comiencen las consultas de los investigadores y esto puede tardar bastantes más. Pero, además, ¿con qué criterio se podría dar por válido y definitivo un veredicto histórico sobre Pío XII? Existen cuestiones históricas que llevan siglos discutiéndose (por ejemplo el tema de los Borgia) y hasta ahora no se ha dicho una palabra concluyente sobre ellas aunque se vaya afinando cada vez más el conocimiento de las mismas. Y es que la Historia no es una ciencia exacta y está siempre sujeta a revisión.

En realidad, a la suposición de que no se pueda dar vía libre a la causa de beatificación de Pío XII hasta que no se abran todos los archivos sobre su pontificado subyace un criterio más positivista que propiamente religioso. Para saber que una persona es santa basta averiguar que su vida ha sido ejemplar y que sus escritos –si los hay– no contienen cosas contrarias a la fe católica o escandalosas. Este es el trabajo que toca a la postulación de la causa. Como ya tuvimos ocasión de señalar (pero vale la pena repetirlo aquí), cuando se ha averiguado que no hay nada que desmienta la fama de santidad del candidato a los altares, el relator redacta la positio y la expone ante la congregación ordinaria de cardenales y obispos para su aprobación y la consiguiente firma por el Papa del decreto de heroicidad de virtudes, lo que confiere al Siervo de Dios el título de Venerable. Normalmente se da por satisfactorio el trabajo del postulador y el relator, sin que sean necesarias ulteriores investigaciones. En este punto del proceso la santidad del venerable debe ahora ser ratificada por pruebas inequívocas de orden sobrenatural: dos milagros (uno para la beatificación y otro para la canonización). Mientras no haya milagro no avanza la causa. ¿Por qué no dejar, pues, que sea Dios quien se pronuncie sobre la santidad de Pío XII mediante el signo de su poder de intercesión ante Él?

Abrir los archivos del pontificado pacelliano puede ser, sin duda, muy útil para el estudio de la Historia y para una mejor comprensión del período más difícil del siglo XX, pero no creemos que sea necesario para esclarecer la santidad de Pío XII, de la que hubo convicción moral desde el momento mismo de su muerte e incluso antes. Dos papas del siglo XX ya han subido a los altares: Pío X (beatificado y canonizado precisamente por Eugenio Pacelli) y Juan XXIII (beatificado por Juan Pablo II). Para ninguno de ellos se consideró necesaria la desclasificación de los archivos de su pontificado. Bastó la indudable fama de santidad en la que murieron y fueron tenidos y el normal trámite del proceso canónico. Prevalecieron los criterios religiosos, como debe ser. También prevalecieron los criterios religiosos respecto a la causa de Pío IX (beatificado también por Juan Pablo II), con la que se pretendió obrar como con la de Pío XII. Y es que al papa Mastai no le perdonan la Quanta cura y el Syllabus ni un supuesto antisemitismo.

Quizás este último dato nos dé la clave de lo que realmente hay detrás de los obstáculos puestos en el camino del papa Pacelli a los altares. Porque no sólo está la oposición de amplios sectores oficiales del mundo hebreo debido a la acusación –muy divulgada pero nunca probada– de complicidad pasiva en el Holocausto (lanzada curiosamente por un alemán reconvertido hoy al revisionismo); está también la de todos aquellos que consideran a Pío XII como la encarnación de un modelo de Iglesia que rechazan (tridentina, triunfalista, monolítica e intolerante). Son los mismos que propugnan la hermenéutica de la ruptura denunciada por Benedicto XVI. Constituyen el sector autodenominado “progresista” de la Iglesia y gozan de poder en la Curia Romana. Son los que intentan sabotear las medidas del actual pontífice, al que consideran un retrógrado y cuya muerte esperan ansiosos para que haya un cambio de tornas. Pacelli como Ratzinger son sus bêtes noires. Y si pudieran descanonizar al antimodernista san Pío X sin duda lo harían. Así pues, las razones por las que la causa de beatificación de Pío XII no avanza hay que buscarlas en prejuicios de orden político e ideológico.

Existe un hecho, sin embargo, que nos parece de enorme relevancia. A nuestro entender hay un testigo cualificado como ninguno a favor de la santidad de Eugenio Pacelli: su sucesor Pablo VI. Giovanni Battista Montini fue miembro de la Curia Romana desde 1924, en el que ingresó en la Secretaría de Estado como minutante. Desde 1930, año en el que el entonces cardenal Pacelli fue nombrado secretario de Estado por Pío XI, estuvo en contacto con aquél y la relación fue aún más estrecha desde que en 1937 Montini fue promovido a Substituto de la Secretaría de Estado y secretario de la Cifra. Cuando Pacelli se convirtió en papa, estuvo a las órdenes del cardenal Maglione y, a la muerte de éste en 1944, él y monseñor Domenico Tardini fueron los que despacharon directa y regularmente con Pío XII en calidad de substitutos. Monseñor Montini acompañó al Santo Padre en su salida del Vaticano para confortar a las víctimas del bombardeo sobre un barrio populoso de Roma y fue con la Madre Pascualina uno de los que más ayudó, por disposición de Pacelli, a las víctimas de la guerra. Cuando en 1954 fue a Milán como arzobispo había pasado 24 años de su vida cerca de Pío XII (con un trato constante y prácticamente diario durante la Segunda Guerra Mundial). De hecho, de él aprendió a ser papa.

Pues bien, si Montini hubiera tenido alguna duda sobre el comportamiento moral de Pío XII, sobre todo en la cuestión de sus supuestos “silencios”, ¿cómo es que se erigió en su ardiente defensor? Él, como ninguno, pudo saber por su asiduidad con Pío XII, si el Papa tenía su lado obscuro. Si así hubiera sido, habría corrido un tupido velo sobre su predecesor. Pero hizo todo lo contrario. Ya antes de entrar en el cónclave del que saldría elegido (época por la que estalló el escándalo de El Vicario) escribió un carta enérgica al diario inglés The Tablet defendiendo la memoria de Pacelli. Ya papa no sólo dispuso la publicación de las Actes et documents du Saint Siège rélatifs à la Seconde Guerre Mondiale, sino que en 1965 incoó el proceso de beatificación de Pío XII, al que no ahorró elogios cada vez que tuvo ocasión (en su peregrinación a Tierra Santa, en el décimo aniversario de la muerte y el centenario del nacimiento de Eugenio Pacelli). ¿No basta esta conducta positiva de un papa (testigo, además, de primera mano) a favor de su predecesor para que se ahorre un tiempo de espera innecesario a un causa que ya debería estar en la fase de los milagros?

No seremos nosotros, por supuesto, los que queramos “forzar” a Benedicto XVI (como dice el Padre Lombardi) en este asunto (ya hay quienes lo intentan, aunque en sentido contrario), pero sí es lícito que, así como unos le piden (y hasta se atreven a exigirle) al Papa que frene la beatificación de su “amado predecesor”, otros le pidamos con toda humildad y sumisión que le dé curso cuanto antes para que la Iglesia pueda gozar del don de un nuevo santo en la figura del Pastor Angelicus.


Oremos por la pronta beatificación del Pastor Angelicus


23 de junio de 2009

El retraso de la causa de beatificación de Pío XII: habla el Padre Gumpel


R.P. Peter Gumpel, S.I., relator de la causa
de beatificación de Pío XII
(Foto por cortesía de Don Livio Spinelli)


Como anunció oportunamente la agencia de noticias Fides (dependiente de la Congregación romana para la Evangelización de los Pueblos), el pasado jueves 18 de junio, a partir de las 6 de la tarde, tuvo lugar en Roma, en el local de la Librería Internacional Pablo VI del Palacio de Propaganda Fide (Via di Propaganda, 4), un acto enmarcado en la serie de eventos culturales llamada “I Venerdì di Propaganda” (Los Viernes de Propaganda). En esta ocasión había un invitado de lujo: el R.P. Peter Gumpel, S.I. (foto), relator de la causa de beatificación de Pío XII, el cual disertó sobre el tema "Come si fanno i Santi" (Cómo se hacen los Santos), es decir, sobre las normas y el procedimiento de los procesos de beatificación y canonización en la Iglesia Católica. La conferencia fue organizada por el sacerdote salesiano Don Giuseppe Costa, director de la Libreria Editrice Vaticana (la librería editorial vaticana), y sus colaboradoras la Dra. Neria De Giovanni y la Dra. Francesca Bucciarelli.

Como era obvio y estaba previsto, el Padre Gumpel abordó también el asunto del estado actual de la causa de Eugenio Pacelli, de gran interés para el público y de constante actualidad, así como objeto de viva controversia, sobre todo por parte de un amplio sector del mundo hebraico, que se hace eco de las acusaciones vertidas desde hace casi medio siglo contra el pontífice que reinó en un período particularmente difícil de la Historia humana y a quien acusan de complicidad –por un supuesto silencio suyo– con la persecución nazi de los judíos. El jesuita austríaco, juntamente con el R.P. Paolo Molinari, postulador general de la Compañía de Jesús, lleva desde hace décadas el proceso canónico para la beatificación de Pío XII y es seguramente quien mejor y más detallada información maneja sobre este papa. Es él quien, como relator, elaboró la llamada “positio” (exposición) sobre sus virtudes.

Conviene recordar el trámite que se observa en la causa de un candidato a los altares. Cuando muere una persona con fama de santidad, el ordinario del lugar del fallecimiento o de donde ha transcurrido una parte importante de su vida inicia el proceso ordinario mediante una encuesta diocesana, que tiene por objeto recopilar toda la información posible sobre ella. Si la investigación resulta satisfactoria, la causa se incoa en Roma, donde el Papa normalmente la aprueba, momento en el que el candidato a los altares pasa a llamarse Siervo de Dios, asignándosele un procurador y un relator ante la Congregación romana para las Causas de los Santos. El relator, después de un estudio profundo sobre el Siervo de Dios, debe redactar la positio, paso previo a la fase decisiva de la causa. La positio se ha de leer delante del Congreso Peculiar de Consultores Teólogos y de la Congregación Ordinaria de Cardenales y Obispos. Después de un dictamen favorable de ambas, el Papa normalmente firma el decreto de heroicidad de virtudes, que otorga al Siervo de Dios el título de Venerable. A partir de este momento se estudia los milagros a él atribuidos: un primer milagro probado conduce a la beatificación (que implica la aprobación del culto particular del nuevo beato) y un segundo tiene como resultado la canonización (que constituye un pronunciamiento infalible del Magisterio y permite el culto del nuevo santo en la Iglesia universal).

Por lo que respecta a Pío XII, el proceso de su beatificación fue introducido –juntamente con el de su sucesor Juan XXIII– por Pablo VI, quien así lo anunció en su alocución del 18 de noviembre de 1965 a los Padres Conciliares en la penúltima sesión general del Concilio Vaticano II. Mientras la causa del papa Roncalli fue confiada a los franciscanos, la del papa Pacelli lo fue a los jesuitas, a cuya orden había manifestado una gran predilección (el P. Augustin Bea fue su confesor y el P. Robert Leiber, su secretario). El proceso, en este caso, compete incoarlo al Papa por ser los Sumos Pontífices obispos de Roma. Las circunstancias en las que Pablo VI introdujo las dos causas de sus predecesores al mismo tiempo fueron muy distintas. En el caso de Juan XXIII se trató de dar curso al deseo popular por honrar a alguien que gozaba de un unánime reconocimiento; en el de Pío XII hubo, en cambio, el interés personal del que había sido su estrecho colaborador durante décadas, en un afán por reivindicar su memoria, ultrajada por una indigna pero efectiva campaña mediática suscitada por el estreno, en 1963, de la pieza teatral Die Stellvertreter (El Vicario) de Rolf Hochhuth. En ella se acusaba a Pacelli de haber guardado un silencio cómplice sobre el holocausto de los nazis contra los judíos, debido a una supuesta afinidad del Papa con la ideología hitleriana.

Pablo VI sabía que el camino de los altares no sería fácil para su venerado Pío XII después de haber sido abierta la caja de los truenos, sobre todo desde la literatura y el espectáculo, vehículos eficacísimos de propaganda, que ni las más rigurosas investigaciones ni la documentación mejor contrastada son capaces de depurar en el ánimo del público. Aún así quiso que no pudiera haber resquicio de duda sobre la actuación de su predecesor y ordenó que se desclasificaran y publicaran las actas y documentos de la Santa Sede correspondientes al período de la Segunda Guerra, tarea que confió a cuatro historiadores jesuitas: los Padres Angelo Martini, Burkhart Schneider, Robert A. Graham y Pierre Blet. De ellos sólo vive aún el último, en su fecundo retiro de la Pontificia Universidad Gregoriana, dedicado a sus estudios y publicaciones y a reivindicar, siempre que se da la ocasión, la memoria de Pío XII. Fue este el comienzo de la apertura de los archivos secretos vaticanos relativos a este papa, que ha continuado bajo Juan Pablo II y prosigue bajo Benedicto XVI, en el afán de que se abra paso la verdad y prevalezca sobre la leyenda negra. Es significativo que en lo que ha emergido en estos cuarenta años de todo el caudal de documentación nada hay que incrimine a Pacelli . Ello no obstante, sus enemigos no cejan en su gratuita y vieja campaña de calumnia.

Pero más allá de la polémica sobre “el silencio de Pío XII” está el hecho de que este papa representa un modelo de Iglesia repudiado por el sector liberal: jerárquica (basada en la monarquía papal y la autoridad de los obispos en comunión con el Romano Pontífice), magisterial (que enseña con autoridad y de modo vinculante a todos los fieles) y hierocrática (en la que hay un sacerdocio con el poder, que procede de la ordenación, para dispensar la vida sobrenatural en nombre de Jesucristo). A este modelo (llamado a menudo “pre-conciliar” y acusado de “constantiniano” y “triunfalista”) se opone el de una Iglesia (llamada “conciliar” y loada como “testimonial” y “popular”) democrática (Papa y obispos son servidores de la koinonía y su autoridad procede del Pueblo de Dios), de consenso (la doctrina no se enseña ni se impone, se propone libremente en un contexto de libertad y de adaptación a las exigencias de tiempo y lugar) y no clerical (el sacerdocio ministerial no es específicamente distinto del común). Ahora bien, como se considera que el prohombre del modelo liberal de Iglesia es el beato Juan XXIII, a quien se atribuye el haber convocado el Concilio Vaticano II para liquidar el pasado, resulta que Roncalli es contrapuesto a Pacelli. Los mismos que honran como santo varón al primero no tienen la mínima simpatía por el segundo, al que no consideran como alguien santo, oponiéndose a su proceso de beatificación.

Por supuesto, la anterior es una disyuntiva falsa. Pío XII vs Juan XXIII; Iglesia pre-conciliar o Iglesia conciliar... Es el engaño que ha hecho fortuna en las filas del Catolicismo hasta que Benedicto XVI denunció alto y claro la “hermenéutica de la ruptura” que a él subyace. El Vaticano II no fue una solución de continuidad ni fundó otra Iglesia: está, por el contrario, en perfecta continuidad con la Tradición. Y tanto es así que, precisamente, es Pío XII el autor más citado en sus actas después de la Sagrada Escritura. Es más: este pontífice se adelantó en varios aspectos al Concilio (por ejemplo, propiciando la pastoral litúrgica, promoviendo al clero indígena, potenciando el apostolado seglar, dando lugar a una opinión pública en la Iglesia, etc.).

Por el contrario, el beato Juan XXIII estuvo muy lejos de ser un papa revolucionario. Lo han atestiguado personas solventes que fueron colaboradores suyos, entre ellos el R.P. Pierre Blet, S.I. (que tanto ha hecho por reivindicar la figura de Pío XII), el cual fue llamado por Roncalli a Roma para investigar sobre un tema caro al Papa (como que fue su ocupación durante un importante período de su vida): la diplomacia pontificia. El papa del Sínodo Romano de 1960, de la Veterum Sapientia y del Misal Romano de 1962 (con la inclusión del nombre de San José en el canon) difícilmente podría ser considerado un rupturista a menos que se admita que estaba afectado por una especie de esquizofrenia. Tanto en su talante como en sus gustos era más bien un papa conservador y cultor de las formas. Lo que no está reñido con ser una persona benigna y tolerante como, sin duda, lo era el beato Juan XXIII. Y aquí cabe referirse al apelativo de “Papa Bueno” que se le aplicó (sin duda con buena intención y con verdad). El problema es que los liberales han venido repitiéndolo con una connotación maliciosa: hablan de Roncalli como “Papa Bueno” como si los anteriores –y en especial Pío XII– hubieran sido “papas malos”. Por lo que respecta a Pacelli, todos sus visitantes (y fueron legión) coincidían en subrayar su bondad, su cercanía y el aura de misticismo que emanaba de su augusta persona. Nada más lejos de un “papa malo”.

Volvamos a las declaraciones del Padre Gumpel en la conferencia de Propaganda Fide. Afirmó que Benedicto XVI “tiene gran admiración y estima por Pío XII, también en consideración de lo que hizo a favor de los judíos”. Pero hay un hecho que llama la atención: el 9 de mayo de 2007 se reunió en sesión ordinaria la comisión de 15 cardenales y 15 obispos para dar su dictamen sobre la heroicidad de virtudes de Eugenio Pacelli. La votación fue unánimemente favorable, quedando expedito el decreto respectivo para su firma por el Papa. Pues bien, desde entonces (y de ello hace ya más de dos años) esta firma se hace esperar. La explicación que proporciona el Padre Gumpel es que Benedicto XVI se hallaría “turbado” (impressionato es la palabra italiana usada por el jesuita) debido a que en sus encuentros con representantes de diversas organizaciones hebraicas, éstos le habrían manifestado claramente su oposición al avance de esta causa de beatificación, bajo la amenaza de congelar las relaciones entre la Iglesia Católica y el mundo judío, a cuya buena marcha es muy sensible el papa Ratzinger.

El Padre Gumpel se refirió concretamente, como prueba de la hostilidad a nivel oficial del mundo judío a Pío XII, el hecho de que, a pesar de las protestas de los sucesivos nuncios apostólicos en Israel, se mantenga la inscripción injuriosa sobre el pontífice en el museo del Yad Vashem, organización que depende del gobierno israelí. Sólo con motivo del reciente viaje de Benedicto XVI se habló de una reconsideración a este respecto por parte de los responsables del museo, pero hasta el momento nada concreto se ha hecho, lo que demuestra que aquí se trata de política más que de honradez intelectual e histórica. Es por esto por lo que el conferenciante insistió en que no veía lo que tenía que haber: “fatti, fatti, fatti” (hechos, hechos, hechos). Reconoció que la postura adversa a Pío XII no es unánime –ni mucho menos– entre los judíos (muchos rabinos, al contrario, se muestran favorables a su causa), pero que a nivel de organizaciones y de entidades existe un consenso de clara oposición (citó, por ejemplo, a la Liga Antidifamación de la B'nai B'rith). Hizo el Padre Gumpel la salvedad de que a él le parece muy bien que se fomente el diálogo judeo-católico, pero no a costa de frenar el proceso canónico para llevar a Pacelli a los altares (lo cual es un chantaje político en toda regla).

Al día siguiente de estas declaraciones de su hermano en religión, el también jesuita P. Lombardi, portavoz oficial de la Santa Sede, publicó una nota en la que exhortaba a “cesar en toda presión sobre el Papa, cuya competencia en las causas de beatificación y canonización es exclusiva”, afirmando a continuación que si Benedicto XVI “piensa que el estudio y la reflexión sobre la causa de Pío XII han de prolongarse, esta postura suya debe ser respetada sin que interfieran intervenciones injustificadas e inoportunas”. Naturalmente, se pensó que el Padre Gumpel era el directamente aludido. Sobre esto hay que decir que el relator de la causa de Pío XII es una persona parca y ponderada, que jamás emite un juicio o realiza declaraciones a la ligera. En numerosas ocasiones se le ha querido sonsacar información y se ha mostrado escrupulosamente cauteloso y prudente. Por otra parte, no es un “hagiógrafo” de Eugenio Pacelli, sino un estudioso que juzga a la luz de la historia y se atiene al testimonio de la documentación. Es alguien que habla con conocimiento, autoridad y competencia, avalados por una experiencia de décadas al servicio de la Congregación para las causas de los Santos. No se pueden despachar, pues, sin más sus declaraciones como intervención “injustificada e inoportuna”.

Pero es que si vamos al contenido de lo dicho por el Padre Gumpel no se encuentra ninguna manifestación de presión sobre el Santo Padre para que acelere el proceso de beatificación de Pío XII. Simplemente ha puesto de relieve un hecho insólito (si se piensa en la celeridad observada en otros): el de que una firma de trámite de un decreto sobre el que una comisión de alto nivel ya decidió positivamente tarde más de dos años en ser puesta. Y ha dado también una explicación, la que, a la luz de los incidentes que a lo largo de este tiempo han marcado –por parte principalmente judía– una renovada campaña difamatoria anti-pacelliana (recuérdese el del rabino de Haifa: http://sipastorangelicvs.blogspot.com/2008/10/el-rabino-de-haifa-contra-po-xii.html), resulta no sólo lógica sino clarificadora. Si ha de haber una opinión pública en la Iglesia y se manifiesta en otros casos (como en el de la publicación del motu proprio Summorum Pontificum y el levantamiento de las excomuniones a los obispos de la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X) no se ve por qué se haya de callar en éste.

Desde estas líneas queremos expresar nuestro más decidido apoyo al R.P. Peter Gumpel, S.I., en su paciente e ímproba labor por llevar adelante la causa de beatificación de Eugenio Pacelli y nuestro agradecimiento por su invariable y permanente disponibilidad a todo aquel que se interesa sinceramente en ella (como hemos tenido muchas veces ocasión de comprobar). Elevamos fervientes preces para que el Santo Padre felizmente reinante, que ya el año pasado dio muestras inequívocas de su aprecio a su “amado predecesor” (en ocasión del cincuentenario de su muerte), tome la decisión que nos permita invocar a Pío XII como venerable.


La mesa presidencial de la conferencia en Propaganda Fide.
De izquierda a derecha: Don Costa, el R.P. Gumpel y la Dra. Neria de Giovanni
(Foto por cortesía de Don Livio Spinelli)

11 de junio de 2009

La vida de Pío XII en historieta (versión breve) - y 3







Editorial Novaro fue una magnífica productora de historietas o cómics educativos en los años cincuenta, sesenta y setenta. Contaba con varias colecciones, entre ellas Vidas Ilustres y Vidas Ejemplares. Esta última comprendía vidas ilustradas de santos y de católicos señalados y también eventos de la Historia de la Iglesia (como concilios ecuménicos, etc.). De Pío XII se editaron dos números: uno en 1958, poco antes de morir el Papa (que es el que reproducimos ahora), y el otro -más extenso- en 1959, en el primer aniversario de su fallecimiento (que ya publicamos anteriormente). Vale la pena imprimir las páginas a color para tener un instrumento de enseñanza para los más jóvenes y mostrarles quién fue el gran Eugenio Pacelli, papa decisivo del siglo XX (aunque también puede servir para refrescar la memoria de los no tan jóvenes).


10 de junio de 2009

La vida de Pío XII en historieta (versión breve) - 2







Editorial Novaro fue una magnífica productora de historietas o cómics educativos en los años cincuenta, sesenta y setenta. Contaba con varias colecciones, entre ellas Vidas Ilustres y Vidas Ejemplares. Esta última comprendía vidas ilustradas de santos y de católicos señalados y también eventos de la Historia de la Iglesia (como concilios ecuménicos, etc.). De Pío XII se editaron dos números: uno en 1958, poco antes de morir el Papa (que es el que reproducimos ahora), y el otro -más extenso- en 1959, en el primer aniversario de su fallecimiento (que ya publicamos anteriormente). Vale la pena imprimir las páginas a color para tener un instrumento de enseñanza para los más jóvenes y mostrarles quién fue el gran Eugenio Pacelli, papa decisivo del siglo XX (aunque también puede servir para refrescar la memoria de los no tan jóvenes).

9 de junio de 2009

La vida de Pío XII en historieta (versión breve) - 1







Editorial Novaro fue una magnífica productora de historietas o cómics educativos en los años cincuenta, sesenta y setenta. Contaba con varias colecciones, entre ellas Vidas Ilustres y Vidas Ejemplares. Esta última comprendía vidas ilustradas de santos y de católicos señalados y también eventos de la Historia de la Iglesia (como concilios ecuménicos, etc.). De Pío XII se editaron dos números: uno en 1958, poco antes de morir el Papa (que es el que reproducimos ahora), y el otro -más extenso- en 1959, en el primer aniversario de su fallecimiento (que ya publicamos anteriormente). Vale la pena imprimir las páginas a color para tener un instrumento de enseñanza para los más jóvenes y mostrarles quién fue el gran Eugenio Pacelli, papa decisivo del siglo XX (aunque también puede servir para refrescar la memoria de los no tan jóvenes).

2 de junio de 2009

¿Para cuando un museo dedicado a Pío XII en Roma, su ciudad natal?


En este día en que la Iglesia recuerda al papa san Eugenio I (imagen), queremos conmemorar el onomástico de Pío XII (cuyo nombre de pila era, como todo el mundo sabe, Eugenio) exponiendo públicamente una reivindicación que nos parece no sólo justa sino, además, imperiosa.


Un hecho desconcertante

Nuestro buen amigo y entusiasta delegado del SIPA en Italia John Sonnen acaba de llamar la atención en su siempre interesante y ameno blog Orbis Catholicus sobre el hecho de que Pío XII es el único papa del siglo XX en no contar con un museo dedicado a su memoria en su lugar de nacimiento (http://orbiscatholicus.blogspot.com/2009/05/pius-xii-we-need-somebody-to-buy-his.html), siendo así que todos los demás pontífices de dicha centuria tienen cada uno el suyo. He aquí la lista que aporta (y que hemos creído conveniente completar con las señas respectivas):

León XIII: Museo Leoniano di Palazzo Pecci en via Castello s/n, 00032 Carpineto Romano (Lazio)
San Pío X: Museo della Casa Natale di San Pio X en Piazza S. Pio X 1, 31039 Riese-Pio X (Treviso)
Benedicto XV: Museo del Palazzo della Chiesa en salita Santa Caterina s/n, 16123 Génova (Liguria). Este pontífice tiene, incluso, dos museos, dado que dos localidades se disputan el honor de haber sido su cuna. El otro es el de la Villa della Chiesa en piazza Giacomo della Chiesa, 16156 Pegli (Liguria)
Pío XI: Museo-Casa Natale y Centro Internazionale di Studi e Documentazione Pio XI en via Pio XI 4, 20033 Desio (Milán)
Beato Juan XXIII: Museo Casa Natale di Papa Giovanni en via Colombera 5, 24039 Sotto il Monte Giovanni XXIII (Brusico)
Pablo VI: Casa Natale (antiguo Palazzo Lodron y hoy Palazzo Montini) en via Rodolfo da Concesio s/n, 25062 Concesio (Brescia)
Juan Pablo I: Casa Natale en via Rividella 8, 32020 Canale d’Agordo, antes Forno di Canale (Belluno)
Juan Pablo II: Dom Rodzinny Jana Pawła II en ul. Kościelna 7, 34-100 Wadowice (Polonia).

Pero, además, el propio papa felizmente reinante ya tiene en vida un museo dedicado a su augusta persona en su casa natal, en el número 11 de la Marktplatz de la localidad bávara de Marktl am Inn, por decisión de las autoridades municipales, que han querido de esta manera homenajear a su hijo más ilustre.

Sin embargo, es verdad: la casa donde nació Eugenio Pacelli no se ha convertido en un museo que perennice el recuerdo de sus primeros años en este mundo ni de su entorno familiar. Y esto es tanto más chocante cuanto que se trata de un romano de Roma, es decir de un romano de pura cepa y, además, de una de las personalidades más influyentes de su época por no decir un papa de los más decisivos en la Historia de la Iglesia. Pero se ve que en él se cumple cabalmente aquello de nemo propheta in patria…


En el corazón de la Roma histórica: Ponte y Parione



Pacelli en medio de la historia

Pío XII vino al mundo el 2 de marzo de 1876 en la vivienda familiar ubicada en el tercer piso (terzo piano) del Palazzo Capponi-Pediconi, en el número 34 del vicolo degli Orsini, al pie de monte Giordano, área particularmente interesante en los límites de los rioni Ponte y Parione, rica de evocaciones que, sin duda, iban a marcar la existencia de su más famoso habitante. Se trata de una elevación de terreno que sirvió durante la Edad Media como baluarte de los Orsini, una de las poderosas familias romanas que se disputaban el poder en la Urbe (como también los Colonna, los Savelli y los Sforza). De hecho, al principio la colina se llamó Mons Ursinorum (monte de los Orsini), para más adelante quedarse con el nombre de uno de los célebres jefes del clan: Giordano Orsini. El niño Pacelli se empaparía con las tradiciones aún vivas relativas a las luchas nobiliarias, a las cuales el Papado no pudo ser ajeno. En la antigua corte pontificia, por ejemplo, aún avanzado el siglo XX, aún se turnaban Orsinis y Colonnas como príncipes asistentes al sacro solio, resto de la antigua rivalidad que los opuso durante siglos. Pío XII prestó siempre atención al patriciado y a la aristocracia romana (de la cual formaba parte por cierto), a los que recibía en audiencia corporativa cada año, dirigiéndoles alocuciones que forman un auténtico código de la conducta honorable y ejemplar que debe distinguir al estamento nobiliario.

Otro recuerdo vinculado a la zona de monte Giordano es el de san Felipe Neri, el apóstol de Roma. Justo enfrente de la casa natal de Pío XII se yergue la Torre dell’Orologio, en la parte posterior del antiguo convento del Oratorio, anexo a la iglesia de Santa Maria in Vallicella, más conocida como Chiesa Nuova, donde residió y está sepultado el santo. Todo el barrio de Ponte y Parione está, además, sembrado de lugares filipenses, lo cual es natural porque fue el campo de acción del fundador del Oratorio. No es de extrañar que, frecuentando desde la infancia la Chiesa Nuova y sirviendo de monaguillo y más tarde -ya sacerdote- diciendo la misa y administrando el sacramento de la penitencia en ella, Eugenio Pacelli conservara siempre un especial afecto hacia todo lo relativo a san Felipe Neri (retribuido el año pasado por los actuales padres oratorianos de la Vallicella, que conmemoraron solemnemente el cincuentenario de la muerte de Pío XII el año pasado).

Pero quizás el dato más sugestivo sea el que vincula el emplazamiento de Palazzo Capponi-Pediconi a una curiosa y reveladora costumbre que tenía lugar en tiempos medievales con ocasión de la elección de un nuevo papa. Por allí pasaba la llamada via papae o strada papale (en italiano), que llevaba a éste –montado sobre una mula blanca– desde el Vaticano (donde había sido coronado) hasta San Juan de Letrán (donde debía tomar posesión de la basílica, catedral del Romano Pontífice, y de su palacio adyacente, residencia de los papas de aquélla época). Justo en ese lugar, al pie de lo que entonces era el palacio de Cromacio, prefecto de la Urbe, se detenía el cortejo papal y tenía lugar el encuentro del flamante pontífice con el rabino de la ciudad (por este tiempo se alzaba una sinagoga en las inmediaciones del monte Giordano). El segundo extendía al primero un rollo de pergamino con el Pentateuco (la Torah). El Papa lo devolvía del revés al jefe de los judíos, diciéndole que honraba la Ley de Moisés, pero reprochándole la obstinación de su pueblo en no aceptar la de Jesucristo. El rabino agachaba la cabeza y extendía la mano, recibiendo del camarlengo de la Santa Iglesia Romana “venti soldi provvisini” en señal de tolerancia.

Este hecho, recogido por el historiador de la topografía romana medieval Mariano Armellini del Ordo del cardenal Cencio Camerario (papa con el nombre de Honorio III), es mencionado por el biógrafo de Pío XII Nazareno Padellaro, el cual anota agudamente: “Si Hitler o Rosenberg hubieran conocido este episodio y hubieran sabido que este encuentro entre pontífice y rabino se desarrollaba en el lugar donde debía surgir la casa que vería nacer a Eugenio Pacelli, habrían dispuesto de otra cosecha de argumentos gamados contra el Papa” (Pío XII, 1949, pág. 24). Ciertamente este antecedente histórico (que repite Tornielli en su biografía del pontífice) no puede ser más premonitorio del papel desempeñado por Eugenio Pacelli a favor de los judíos en los años trágicos de la persecución nazista y, de modo especial, de los judíos romanos, a quienes ayudó todo lo que pudo en las circunstancias inauditas de la ocupación de Roma. Mucho más que “venti soldi provvisini” estuvo Pío XII dispuesto a dar a los judíos perseguidos cuando el rabino jefe de Roma, Israel Zoller, acudió al Santo Padre en demanda de auxilio para completar el pago de un rescate consistente en 50 kilos de oro, exigido por los alemanes para detener la deportación de judíos. El Papa dio instrucciones precisas a Bernardino Nogara, director de la Administración Especial de la Santa Sede, para que reuniera los 15 kilos faltantes y, aunque no hicieron falta gracias a que la comunidad católica romana completó el cupo (según escribió el cardenal Maglione, secretario de Estado), se vio la clara voluntad del pontífice de ayudar.



Palazzo Capponi-Pediconi, donde nació Eugenio Maria Pacelli



Una propuesta

El Palazzo Capponi-Pediconi actual fue mandado construir por la antigua familia patricia florentina de los Capponi (presente en Roma desde comienzos del siglo XV), que adquirió la propiedad de una vieja construcción de los Orsini al pie del monte Giordano. Se ignora quién fue el arquitecto a quien se debe el proyecto, que se realizó lentamente durante la segunda mitad del siglo XVII. Aún estaba por terminar cuando los Capponi vendieron el palacio a la familia milanesa de banqueros Stampa, de la cual pasó más tarde sucesivamente a los Pediconi y los Cavalletti, estirpes de funcionarios romanos ligados al Papado. El inmueble tiene dos entradas: la principal es por el vicolo degli Orsini y la otra por la via dei Banchi Nuovi (que es por donde abren los negocios que hay instalados en la planta baja.

Eugenio Pacelli no vivió mucho tiempo en su casa natal, pues a los cuatro años lo encontramos habitando con su familia el número 19 de la via della Vetrina, estrecha callejuela que comunica la via di Monte Giordano con la via dei Coronari, en un inmueble a las espaldas del Palazzo Taverna. Quizás el hecho de que estos domicilios no fueran de propiedad de los Pacelli, sino viviendas de alquiler haya determinado la dificultad de recuperar la casa natal de Pío XII, en manos de particulares, que obviamente tendrán interés en conservar un emplazamiento privilegiado en el corazón mismo de Roma y en una de sus zonas más auténticas y con mayor solera. Sin embargo, en el caso de otros papas sí ha sido posible llegar a un buen acuerdo. No se ve por qué no podría ser otro tanto respecto de Pío XII.

Lo que sí resulta extraño e insólito es que al peregrino que desea honrar a este pontífice le sea difícil identificar el lugar de su nacimiento: ni siquiera una lápida en la fachada de Palazzo Capponi-Pediconi (en una ciudad donde se prodigan las inscripciones conmemorativas de todo tipo) recuerda la efeméride. Hay una en el interior, pero el acceso es muy difícil y, desde luego, tratándose de una propiedad privada se está a merced de la buena voluntad del portero, que lamentablemente no suele franquear el paso. De modo que hay que contentarse con una visión del exterior del edificio y musitar piadosamente una plegaria en memoria de un Papa que tanto hizo por Roma, especialmente durante la Segunda Guerra Mundial. Y esta consideración precisamente es la que nos lleva a formular un llamado a los romanos, que distinguieron a Pío XII con el honroso título de Defensor Ciuitatis por haber logrado hacerla declarar ciudad abierta durante el conflicto, evitando así que corriera la triste suerte de muchas otras joyas de la arquitectura y del Arte, presa de trágicos bombardeos.

¿No sería posible adquirir la propiedad del Palazzo Capponi-Pediconi o, al menos, de su tercer piso para poder organizar un museo en la casa natal del papa Pacelli? Obviamente mediante una compensación justa y hasta ventajosa para quien tendría que renunciar a ese rincón tan magnífico de Roma. Una subscripción pública entre los romanos –los de patria y los de adopción– y entre los devotos de Pío XII –que los hay, y más de lo que se cree– sería una iniciativa a tomar por las autoridades competentes, que deberían sondear la voluntad y las disposiciones del actual propietario del inmueble (cuyos derechos se deben respetar obviamente). Recuerdos de familia de los príncipes Pacelli, esparcidos aquí y allá, podrían reunirse para recrear la atmósfera que debió respirar el niño Eugenio Maria. En fin, muchas otras cosas podrían hacerse para montar el museo: los italianos para estas cosas son insuperables.

Es una idea, por la que agradecemos a nuestro buen amigo John Sonnen –que es quien la ha lanzado– y que hacemos nuestra con la esperanza que se pueda realizar. Entretanto, gracias a la solicitud de unos religiosos residentes en Roma, poco a poco se va haciendo realidad un museo dedicado a Pío XII (aunque no sea en su casa natal). Su fundadora cultivó una buena amistad con la M. Pascalina Lehnert, la cual le hizo entrega de muchos recuerdos personales del gran pontífice al que tuvo el privilegio de servir con tanta dedicación y fidelidad, recuerdos que pudo rescatar del olvido o del arrinconamiento al marcharse del Palacio Apostólico. La generosidad de la Famiglia Spirituale L’Opera permitió que algunas de las piezas más significativas pudieran ser exhibidas en la exposición que tuvo lugar en la columnata de la Plaza de San Pedro con motivo del cincuentenario pacelliano. Esperemos que tanto este proyecto como el de un futuro museo en la casa donde nació el Pastor Angelicus se conviertan en una feliz realidad. Es el voto que formulamos en este día de san Eugenio I, onomástico de Pío XII.