9 de febrero de 2009

Recordando a Pío XI a los 70 años de su muerte (I)



Mañana se cumplirán 70 años del tránsito de Pío XI, que gobernó la Iglesia entre 1922 y 1939. El SIPA no podía dejar de recordar a este enérgico papa, que fue el mentor de Eugenio Pacelli, al que claramente preparó para sucederle en el sacro solio. En realidad, el pontificado de Pío XII estuvo en una perfecta línea de continuidad con el de su predecesor, hasta el punto que ambos pueden ser considerados como complementarios. Así pues, desde estas líneas, queremos rendir nuestro modesto pero ferviente homenaje a Pío XI, al que vamos a dedicar una serie de tres artículos en tres días sucesivos, comenzando hoy y acabando el próximo 11 de febrero con el recuerdo de uno de los actos más importantes del reinado del papa Ratti: la firma de los Pactos Lateranenses, cuyo octogésimo aniversario se conmemorará ese día.

Cuando Ambrogio Damiano Achille Ratti se convirtió en Romano Pontífice el 6 de febrero de 1922, muchas cosas habían cambiado en el mundo en brevísimo lapso. La Gran Guerra –il Guerrone anunciado desconsoladamente por san Pío X y la inutile strage denunciada infructuosamente por Benedicto XV– había trastornado no sólo el orden político tradicional (habían caído tronos milenarios y se habían disuelto imperios), sino el modo de pensar y de vivir de la gente, que, cruelmente enfrentada a horrores sin precedentes, quiso evadirse entregándose a un torbellino de euforia irresponsable que acabó por pasar una costosa factura. El desencanto del sistema liberal por su insuficiencia para conjurar la crisis post-bélica que se abatió sobre varios países europeos, estaba favoreciendo la emergencia de nuevas alternativas político-sociales basadas en un autoritarismo de signo opuesto al bolchevismo soviético (aunque en el fondo emparentadas con él). Éste se había apoderado de la inmensa Rusia y había intentado inútilmente extenderse en Europa mediante revoluciones de corte soviético. Precisamente monseñor Ratti, nuncio en Polonia por el tiempo de la invasión rusa de 1920, había vivido de cerca la amenaza bolchevique. Peligrosas tendencias fermentaban, pues, en una Europa en efervescencia.

¿Y la Iglesia? Achille Ratti era un adolescente apenas cuando el beato Pío IX fue despojado del poder temporal por la usurpación sardo-piamontesa de 1870. Los tumultuosos funerales del último papa-rey ocho años más tarde dieron la medida del sectarismo anticlerical que dominaba en Italia y que coincidió con la campaña anticatólica promovida por Bismarck en Alemania mediante su Kulturkampf y la política antirreligiosa de la Tercera República en Francia (que llevaría a las leyes de separación de la Iglesia y el Estado). El sumo pontificado conoció horas difíciles y amargas. Pero la sensibilidad social de León XIII, la incontestable integridad de san Pío X y la acción pacificadora y benéfica de Benedicto XV le dieron un renovado prestigio, del cual supo aprovecharse Pío XI para su plan de convertir a la Iglesia en la primera y gran fuerza moral del mundo moderno. Teniendo en cuenta estos antecedentes se comprende perfectamente la titánica tarea que significó para Achille Ratti intentar plasmar en la realidad el lema que escogió cuando fue elegido papa: “Pax Christi in Regno Christi”, la paz de Cristo en el Reino de Cristo.

Para ello se necesitaba un hombre de temple y de carácter, con una gran seguridad en sí mismo, un hombre de fe y al mismo tiempo de acción y ése fue Pío XI. No es casual que en la enigmática profecía atribuida a san Malaquías le corresponda precisamente el lema Fides intrepida, es decir, la fe firme y que no tiembla ni retrocede. Si se quisiera probar la autenticidad del vaticinio bastaría la total adecuación de esta sucinta definición al papa Ratti, a quien podemos imaginar como su águila heráldica: ave formidable, de la que se dice que mira de hito en hito al sol y raramente falla cuando se fija en una presa. Así era él: tenía fijos los ojos directamente en Jesucristo (diríase que, como Moisés, trataba con Dios de tú a tú), Jesucristo, que era su ideal y el Rey del que se consideraba el heraldo en la tierra. Cuando se proponía algo y lo juzgaba justo puntaba todos sus esfuerzos a su consecución y no le dolían prendas ni retrocedía ante nadie: hasta con el mismo diablo se hubiera sentado a parlamentar –como dijo una vez– por el bien de la Iglesia.

Pío XI hizo suyo el ideario de su predecesor san Pío X expresado en este pasaje de su carta apostólica Notre charge apostolique de 1910: “no se edificará la ciudad de modo distinto de como Dios la edificó; no se edificará la ciudad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar ni la ciudad nueva por edificarse en las nubes. Ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la ciudad católica. No se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques, siempre renovados, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo. Fiel a esta consigna de restaurarlo todo en Cristo, el papa Ratti identifica la civilización cristiana y la ciudad católica con el Reino de Cristo, que es el único que puede garantizar la verdadera paz, la paz de Cristo, que no es la paz que da el mundo, sino la paz que es obra de la justicia, es decir, la paz que dimana de la aceptación de la ley de Dios y su aplicación a todos los aspectos de la vida humana: precisamente el programa al que ya nos referimos (Pax Christi in Regno Christi), que el pontífice desarrolló ampliamente en su encíclica Quas primas de 1925, por la que instituyó la festividad de Cristo Rey.

En este documento –fundamental para entender el pontificado de Pío XI– se encierra la doctrina tradicional sobre el derecho público de la Iglesia, tan atacada en nuestros días y desgraciadamente arrinconada en la práctica. El Reino de Cristo no es ciertamente de este mundo, pero está en este mundo. La realeza de Cristo implica su dominio sobre todas las cosas, tanto en el orden espiritual como en el temporal: nada se escapa al cetro del Redentor. Él reina sobre los individuos, pero también reina sobre el conjunto de ellos, cuya naturaleza en cuanto personas humanas es ser sociables (el concepto aristotélico del zoon politikon). Por eso la fe que predica la Iglesia no se puede reducir a una mera cuestión privada, sino que es un asunto social. De ahí que el hermoso himno Te saeculorum Principem que trae el Breviario en la festividad de Cristo Rey diga claramente que “los que presiden las naciones te rindan público honor” y pida al Señor: “somete la patria y las casas de los ciudadanos a tu suave cetro”. De ello se deducen dos cosas: primera, que la Iglesia, como la que incoa el Reino en este mundo, ha de ser reconocida por los Estados como soberana en su esfera propia que es el bien espiritual de las almas; segunda, que ha de poder llevar cabo su vocación misionera para extender ese Reino.

Otra idea importante del Papa es que Jesucristo no reina al modo humano, sino que el suyo es el Reino del Amor y esto nos lleva a la encíclica Miserentissimus Redemptor de 1928, en la cual identifica el Reino de Cristo con el de su Corazón Divino, que irá conquistándolo todo hasta que se realicen las grandes promesas mesiánicas, como se deduce de este pasaje del documento en el que, hablando de la institución de la festividad de Cristo Rey, dice: “Cuando eso hicimos, no sólo declaramos el sumo imperio de Jesucristo sobre todas las cosas, sobre la sociedad civil y la doméstica y sobre cada uno de los hombres, mas también presentimos el júbilo de aquel faustísimo día en que el mundo entero espontáneamente y de buen grado aceptará la dominación suavísima de Cristo Rey”. La Iglesia militante es para el Papa el ejército que debe conquistar el mundo para el Corazón de Jesús. Por eso, el Santo Padre dio tanta importancia al apostolado seglar mediante la Acción Católica, que reorganizó y a la que consideraba “la niña de sus ojos”. Creía más en esta acción directa que en la ejercida por medio de la política. Como muchos de sus contemporáneos, Pío XI era escéptico en cuanto a los partidos políticos, aunque fueran de inspiración católica (ello explica en parte el abandono del Partido Popular italiano de don Luigi Sturzo).

Pero al Reino de Cristo se oponen ciertas fuerzas: las de la turbamulta impía que clama: “No queremos que Éste reine sobre nosotros”. Es la eterna lucha de la Ciudad de Dios y la ciudad de los hombres descrita por san Agustín, que hace de ella toda una filosofía de la Historia que hace a ésta inteligible. Pío XI identifica a esos adversarios de Cristo y de su reinado social conforme se van manifestando y no tiene reparos en desvelar su naturaleza perversa y sus intenciones deletéreas del orden querido por Dios. Son aquellos exponentes de la “utopía malsana” de la que hablaba san Pío X y que ya había señalado el beato Pío IX en su encíclica Quanta cura y el Syllabus de 1864. Fascismo, nacionalsocialismo y comunismo ateo son los tres sistemas que el papa Ratti denuncia enérgicamente una vez han revelado su verdadera naturaleza subversiva de los principios “naturales y divinos” sobre los que se asienta la sociedad humana. Aquellos que se presentaban como los salvadores del hombre, son en realidad sus esclavizadores, pues, no respetando la sana libertad de las personas ni el principio de subsidiariedad, todo lo someten al arbitrio del Estado, cuyo instrumento es el todopoderoso partido único.

En la década de los treinta ya no podía caber duda de las intenciones de tales sistemas y el Romano Pontífice obra en consecuencia, condenándolos mediante las encíclicas Non abbiamo bisogno de 1931, Mit brennender Sorge y Divini Redemptoris, estas dos últimas de 1937 y con una diferencia de días. Nótese cómo la reprobación del comunismo ateo es posterior a la de los autoritarismos del signo contrario (para que después se hable de una supuesta obsesión anticomunista del Papado). También alza su voz Pío XI a favor de aquellos que sufren la abierta persecución de otros regímenes impíos y lo hace con las encíclicas Acerba animi de 1932 y Dilectissima Nobis de 1937, en las que denuncia la situación de los católicos en Méjico y España, que son hostigados y martirizados precisamente por la causa de Cristo Rey. Pero la voz de Achille Ratti no era sólo condenatoria. Había presentado positivamente un programa católico, señalando la importancia de la educación cristiana de la juventud (encíclica Divini Illius Magistri de 1929), respaldando la institución familiar basada en el matrimonio cristiano (encíclica Casti connubii de 1930), reafirmando la doctrina social de la Iglesia (encíclica Quadragesimo anno de 1931).

Sin embargo, el Papa no era sólo hombre de doctrina; también era pragmático y sabía perfectamente que en un mundo difícil los principios debían poder defenderse de la mejor manera que las circunstancias hicieran posible. Había que ser realista y es por ellos por lo que quiso resolver antes que nada la llamada “cuestión romana”, que oponía a la Santa Sede y al Reino de Italia desde 1870. Pío XI deseaba que la Iglesia pudiera disfrutar, en el país donde residía su capitalidad, de la libertad necesaria para ejercer su benéfico influjo y llevar a cabo su misión. Para ello entabló negociaciones con el Quirinal a fin de obtener la Conciliazione, que se plasmó en los Pactos Lateranenses de 1929. Pero esto es asunto del tercer capítulo de esta serie. Baste decir que, liberada de la carga del poder temporal, pero con el “mínimo indispensable” que garantizaba su independencia de cualquier potestad temporal, la Santa Sede estuvo en mejor disposición para llevar adelante la política concordataria en la que Pío XI puso grandes expectativas, ayudado por su mayor colaborador y hombre de confianza: Eugenio Pacelli.



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