29 de noviembre de 2009

Ha muerto el R.P. Pierre Blet, S.I.


IN MEMORIAM

R.P. PIERRE BLET, S.I.

(1918-2009)


A la edad de 91 recién cumplidos ha fallecido en Roma esta mañana, en el Hospital del Espíritu Santo, el R.P. Pierre Blet, S.I., a consecuencia de un fallo cardíaco. Hacía ya algún tiempo que la salud del hoy llorado Padre Blet se hallaba resentida, lo cual había motivado su traslado de la Pontificia Universidad Gregoriana (donde residió durante largos años) a la Curia Generalicia de la Compañía de Jesús. Aquí pasó los últimos meses de su vida bajo atentos cuidados médicos y sanitarios. Tuve el privilegio, en 2008, de servirle la Santa Misa, que celebraba con gran unción en el rito romano clásico, el de su ordenación, al que siempre se mantuvo fiel. Fue amigo del SODALITIVM INTERNATIONALE PASTOR ANGELICVS, al que siempre animó en su empeño por defender la santa memoria de Pío XII, tarea que este gran jesuita hizo suya desde que Pablo VI lo llamó a colaborar en la edición de los documentos vaticanos de la época de la Segunda Guerra Mundial, hace ya cuarenta y cinco años.

Pierre Blet nació en Thaon (Calvados), en la Baja Normandía, el 20 de noviembre de 1918, pocos días después del Armisticio que puso fin a la Gran Guerra. Después de cursar la escuela elemental, realizó sus estudios secundarios en Caen (a cuyo distrito pertenece su pueblo natal) entre 1927 y 1937. El 7 de septiembre de este último año, sintiendo la vocación religiosa, ingresó en el noviciado de la Compañía de Jesús en Laval. Desde entonces fue siempre un fiel hijo de San Ignacio de Loyola, llegando a cumplir 72 años como jesuita. Cumplió servicio militar (imperativo por entonces en Francia para los clérigos) desde septiembre de 1939 a diciembre de 1941, en plena época de la Segunda Guerra Mundial y de la ocupación de Francia por los alemanes.

Cursó la licenciatura en Letras (Historia) en Clermont y Lyon (1941-1942), y la licenciatura en Filosofía en el Escolasticado jesuita de Vals-près-le-Puy (Auvernia), entre 1943 y 1946. Simultáneamente, obtuvo en 1946 la diplomatura en Estudios superiores de Filosofía por la Sorbona. En el curso 1946-1947 fue maestrillo (una de las etapas de la formación jesuítica), ejerciendo como profesor de primera enseñanza en el colegio Bon Secours de Brest (Bretaña). De 1947 a 1951 estudió Teología en las facultades de Lyon, Bühren (Westfalia) e Innsbrück, siendo ordenado sacerdote en Lyon el 31 de julio (festividad de San Ignacio) del año santo 1950. El último curso lo hizo en Münster (Westfalia) entre septiembre de 1951 y junio de 1952, obteniendo la licenciatura. Más tarde, el 21 de junio (festividad de San Luis Gonzaga) de 1958, recibió el título de Doctor en Letras por la Sorbona.

Al año siguiente fue llamado a Roma por sus superiores para enseñar en la Pontificia Universidad Gregoriana como profesor de Metodología histórica e Historia Moderna, compartiendo cátedra con otro insigne historiador jesuita: el P. Ricardo García Villoslada (1900-1991). Al comenzar el año 1960, el beato Juan XXIII, impresionado por la edición de la correspondencia del nuncio apostólico en Francia Mons. Ranuccio Scotti (1639-1641) presentada por Blet a la Sorbona como tesis complementaria, le encargó la de la correspondencia del antecesor de aquél, Mons. Girolamo Ragazzoni, obispo de Bérgamo (nuncio en la corte de Enrique III entre 1583 y 1586). El trabajo quedó terminado y fue publicado por la Gregoriana en 1962, como parte de las Acta Nuntiaturae gallicae (Actas de la Nunciatura en Francia), obra monumental querida y subvencionada por el papa Roncalli, el cual, habiendo sido él mismo nuncio apostólico en Francia entre 1944 y 1953, se interesaba mucho en el tema. A continuación, el Pontífice le encomendó preparar la edición de la correspondencia de Ranuccio Scotti (que ya le era familiar como hemos visto) para la misma colección, tarea que acabó en 1964. El P. Blet se convertiría en una gran autoridad en el tema de las representaciones pontificias, por el que le gustaba ser conocido.



Por esta época estalló una campaña denigratoria contra Pío XII originada en la pieza teatral Die Stellvertreter (El Vicario) del dramaturgo alemán Rolf Hochhuth, estrenada en Berlín el 20 de febrero de 1963 con la puesta en escena del comunista Erwin Piscator. En ella se presentaba a aquel papa como cómplice del holocausto contra los judíos por un silencio culpable debido a una secreta afinidad del Pontífice con el nazismo. Pablo VI, que había servido en la Curia durante veinte años bajo las órdenes de Eugenio Pacelli (primero como secretario de Estado y más tarde como Pío XII) y había aprendido a ser papa a su lado, quiso contrarrestar las calumnias contra su predecesor, haciendo abrir los archivos vaticanos del período bélico (1939-1945) para publicar los documentos relativos a la acción de la Santa Sede durante el conflicto. En diciembre de 1964, el ingente e ímprobo trabajo fue encomendado a cuatro historiadores jesuitas: los RR.PP. Angelo Martini (Italia), Burkhart Schneider (Alemania), Robert A. Graham (Estados Unidos) y Pierre Blet (Francia). Como dato ameno y anecdótico cabe consignar que en el mundillo romano se les conocía como “los cuatro mosqueteros”.

Entre 1965 y 1982 fueron publicados los once volúmenes en doce tomos de Actes et Documents du Saint Siège rélatifs à la Seconde Guerre Mondiale (Actas y Documentos de la Santa Sede relativos a la Segunda Guerra Mundial). Los Padres Schneider y Martini murieron en plena labor sin llegar a ver la culminación de sus esfuerzos. El P. Graham siguió ocupándose de Pío XII y llegó a recopilar un importante archivo que obra actualmente en poder de la Compañía de Jesús. El P. Blet trabajó desde el principio hasta el final en el proyecto de Pablo VI, simultaneando esta actividad con sus clases en la Pontificia Universidad Gregoriana y en la Pontificia Academia Eclesiástica. En esta última, entre 1969 y 1984, enseñó Historia de la Diplomacia de la Santa Sede. Sus lecciones se convirtieron en un libro que es hoy un clásico de obligada consulta: Histoire de la Représentation Diplomatique du Saint Siège des origines à l’aube du XIXe siècle (Historia de la Representación Diplomática de la Santa Sede desde sus orígenes hasta comienzos del siglo XIX), publicada por el Archivio Vaticano en 1982, con prefacio del cardenal Agostino Casaroli.

El 28 de enero de 1976 recibió la Legión de Honor en Roma, de manos del embajador Georges Galichon en nombre de la República Francesa. El 11 de marzo de 1985 fue elegido miembro correspondiente de la Academia de Ciencias Morales y Políticas del Instituto de Francia en la Sección de Historia y Geografía, ocupando el sitial del fallecido André Latreille. El P. Blet escribió numerosos artículos para prestigiosas publicaciones que reclamaban la autoridad de su pluma: Revue d'Histoire de l'Eglise de France, Revue d'Histoire moderne et contemporaine, Archivum Historiae Pontificiae, Archivum Historicum Societatis Jesu, Revue d'Histoire diplomatique. Entre sus últimos trabajos están: su contribución a la importante obra colectiva Dictionnaire de l’Ancien Régime bajo la dirección de Lucien Bély (Presses Universitaires de France, 1996) y su libro Richelieu et l’Église (Via Romana, 2007). En éste último aborda el poco conocido tema de la actividad propiamente religiosa del cardenal, en quien el cargo de ministro de Luis XIII ha ocultado al obispo católico y preocupado por la observancia de la disciplina de la Iglesia.



Cuando la corriente antipacelliana volvió a manifestarse con fuerza (debido al progreso de la causa de beatificación de Pío XII) a finales de los noventa del siglo pasado, a raíz de la publicación de un libro difamatorio y tendencioso del británico John Cornwell con un título sensacionalista e injurioso, el P. Blet, único superviviente de los cuatro jesuitas responsables de la edición de las Actes et documents, fue objeto de entrevistas y artículos, en los que apareció siempre su firme convicción no sólo de la inocencia de Pío XII, sino de su extraordinaria labor caritativa para con los judíos perseguidos. Su autoridad en la materia quedó corroborada por las palabras de Juan Pablo II, quien en 1998, durante uno de sus viajes apostólicos, a las preguntas insistentes de los periodistas, sobre la cuestión respondió con un elocuente: “Leed a Blet”. De hecho, se había publicado el año anterior un resumen que el sabio jesuita hizo de los doce tomos de la obra antes mencionada bajo el título Pie XII et la Seconde Guerre Mondiale d’après les Archives du Vatican (Pío XII y la Segunda Guerra Mundial según los Archivos del Vaticano) y que se tradujo a varias lenguas.

Desde el punto de vista humano, Pierre Blet era una persona de gran cortesía, verdaderamente noble y sin artificio. Le gustaba el reconocimiento, pero huía de los grandes homenajes. Era más bien tímido y reservado, pero nunca evasivo ni poco cordial. Acogía con sencillez y afabilidad a sus visitantes. Fue un jesuita cabal, a lo San Ignacio: santo y sabio (eruditio cum pietate). El reverendo Claude Barthe recuerda la última vez que lo vio en París: rezando su rosario en la iglesia de Santo Tomás de Aquino. Pasaba temporadas en la casa que los Jesuitas tienen en la parisina rue de Grenelle. Y es que el P. Blet, a pesar de su larga estancia en Roma, seguía siendo muy francés y gustaba de visitar Francia, a donde acudía de buen grado cada vez que le llamaban para una conferencia, una charla o una mesa redonda. Como colofón de esta nota no quiero dejar de consignar una anécdota que habla de su devoción por Pío XII. Un 9 de octubre, visitándolo en Roma, hablamos de la misa del día y le pregunté cuál había celebrado. Él, con una chispa de esprit tout français, me respondió: “La de San Dionisio, claro. Si por mí fuera, habría oficiado de buena gana en memoria de Pío XII, pero no la misa de réquiem, sino de blanco, la de papa y confesor, porque estoy seguro de que está en el cielo, pero parece que eso por ahora no es prudente”.

Que Dios haya premiado a este religioso modelo y sacerdote ejemplar, una de las modernas glorias de la Compañía de Jesús. Estemos seguros que desde el cielo su gran defendido Pío XII habrá, a su vez, intercedido por esta intención. Que descanse en paz y de Dios goce.

Las exequias del R.P. Pierre Blet, S.I., serán oficiadas el próximo martes 1º de diciembre, a las 10 horas, en la Capilla de la Curia Generalizia de la Compañía de Jesús en Roma (Borgo Santo Spirito, 4).


Véase también: http://www.orbiscatholicus.org/2009/11/rev-dr-pierre-blet-sj-1918-2009-rip.html

11 de octubre de 2009

LXXV Aniversario del Congreso Eucarístico Internacional de Buenos Aires (II). Reportaje gráfico-y 2

11 de octubre: Día de los niños
Primeras comuniones

Cardenal Pacelli: "¡Esto es el Paraíso!"

La comunión distribuida a los ángeles

A medianoche: Misa de comunión general para caballeros y jóvenes

Los hombres comulgan con fervor y sin respetos humanos

12 de octubre: Día de la Raza. Reunión
de las delegaciones de toda América y del mundo

Disertación de Su Eminencia el cardenal Isidro Gomá, arzobispo
de Toledo y primado de España (madre de la raza americana)

13 de octubre: Día de la Santísima Virgen
Homenaje de las Fuerzas Armadas

Bautizo de conscriptos

Los militares se confiesan

Comunión de los cadetes

El cardenal legado con prelados y autoridades castrenses

14 de octubre: Día del Triunfo Eucarístico mundial
Arranca la solemne procesión eucarística

El cardenal legado ante la custodia en procesión

Magnífica vista del cortejo

Prelados acompañan la procesión eucarística

Las esposas de Cristo al paso de su Divino Señor

Pacelli: sacerdote en adoración del Sumo Sacerdote

Al final de la procesión triunfal, el cardenal Pacelli
posa con el clero y los ayudantes

14 de octubre: Pío XI dirige un Radiomensaje
a la Argentina clausurando el Congreso

15 de octubre: El representante del Papa llega al santuario de Luján

El cardenal Pacelli en Luján y el Corazón Eucarístico de Jesús

Nuestra Señora de Luján, patrona del Congreso

16 de octubre: El cardenal legado se despide de la Argentina

Escala en Brasil de regreso a Roma: el cardenal Pacelli
visita al presidente Vargas en el palacio de Itamarity

Este hermoso reportaje gráfico del XXXII Congreso Eucarístico Internacional de Buenos Aires de 1934 lo debemos a nuestro delegado en Argentina, D. Walter Gómez, a quien vaya nuestro profundo agradecimiento.

10 de octubre de 2009

LXXV Aniversario del Congreso Eucarístico Internacional de Buenos Aires (I). Reportaje gráfico-1

El XXXII Congreso Eucarístico Internacional
Buenos Aires, 1934

Escudo oficial del Congreso Eucarístico

Su Santidad el papa Pío XI, reinante durante el Congreso

Su Eminencia Reverendísima el cardenal legado
Eugenio Pacelli, secretario de Estado de Su Santidad

Comité organizador del Congreso

Llegada del Conte Grande al puerto de Buenos Aires

El cardenal legado desembarca del Conte Grande

El cardenal Pacelli y el presidente argentino Justo

El cardenal Pacelli y el presidente argentino Justo

El cardenal legado saliendo del palacio de gobierno

Multitud en la avenida de mayo da la bienvenida al cardenal legado

Séquito de Su Eminencia el cardenal legado Pacelli

El cardenal Pacelli venera la reliquia del beato Roque González

La gran Cruz de Palermo: corazón del Congreso

La nación argentina ante el trono de Dios


Vista nocturna de la gran Cruz de Palermo


Inauguración de la primera jornada

Vista aérea de la muchedumbre

Parte del gran coro de seminaristas con 560 voces

El cardenal legado al final de la primera jornada

Prelados asistentes

Hora Santa en la Catedral la noche del 10 de octubre


Este hermoso reportaje gráfico del XXXII Congreso Eucarístico Internacional de Buenos Aires de 1934 lo debemos a nuestro delegado en Argentina, D. Walter Gómez, a quien vaya nuestro profundo agradecimiento.


Homilía de la Misa en memoria de Pío XII, celebrada en Barcelona, el 9 de octubre de 2009



Pronunciada por mossèn Francesch Espinar i Comas, párroco de San Juan Bautista de Barcelona, en la iglesia parroquial de San Juan María Vianney, el 9 de octubre de 2009.


En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

Reverendo Padre Mariné, hermanas y hermanos todos:

Hace medio siglo acababa la peregrinación terrestre de Pío XII, un papa que marcó época y puede ser considerado entre los más grandes de los tiempos modernos. Algunos de los que están aquí presentes lo recuerdan como el papa de su niñez y juventud, crecieron a la luz y bajo la sombra de su largo pontificado de casi veinte años, fueron, por así decirlo, católicos de una era de esplendor del Catolicismo, que podemos con justicia llamar “pacelliana”. Otros nacimos después de su muerte, pero llegamos a conocerlo y a admirarlo gracias a nuestros padres y abuelos y a que su influjo en la vida de la Iglesia no sólo no se ha apagado, sino que se hace cada vez más vigente hoy, cuando el tiempo va poniendo a los personajes y los acontecimientos de la difícil época postconciliar en su justa perspectiva, gracias a la sabiduría del Santo Padre Benedicto XVI, felizmente reinante.

Las modas pasan, lo clásico queda. Y esto no es cierto sólo referido al Arte o a toda manifestación de la creatividad humana: también lo es respecto de las creencias, de la fe. La Iglesia cuenta con la Tradición como criterio de lo que es perenne y de lo que es efímera producción del capricho humano. Pero, ¡ojo!, “Tradición” no significa mero conservadurismo ni inmovilismo. La Tradición es ese padre de familia del Evangelio que saca de su tesoro cosas nuevas y antiguas. La misma palabra “traditio”, significa “transmisión”, “entrega”. Pero no se transmite ni se entrega sino lo que previamente se considera que puede servir en el futuro. Lo demás, lo inútil o lo estropeado se descarta. Así pues, la Tradición selecciona en cada momento lo que vale la pena que sea transmitido a las generaciones sucesivas y deshecha lo que sólo puede constituir un lastre, que quizás fue útil en su momento, pero ahora ya no funciona.

Esta consideración nos lleva a concluir que Pío XII no fue un papa conservador ni inmovilista, pero fue un papa tradicional, en el mejor de los sentidos, pues preservó la fe como el que más, pero estuvo siempre atento a las exigencias de los tiempos y a las necesidades de los fieles. El mismo pontífice que se sometía al antiguo y fastuoso ceremonial papal, apareciendo como una figura mayestática de otros tiempos, era el mismo que asombraba a sus auditorios más selectos y exigentes con alocuciones de la mayor actualidad y competencia en los temas más diversos. Podría citar innumerables ejemplos de cómo Pío XII fue un adelantado en diferentes aspectos del catolicismo: en materia litúrgica y sacramental, en la internacionalización del Sacro Colegio y de la Curia Romana, en la promoción de nuevas formas de vida consagrada, en el fomento del apostolado seglar, en la conveniencia de una opinión pública en la Iglesia, en la importancia que atribuyó a los modernos medios de comunicación de masas, en la renovación de los estudios bíblicos y un largo etcétera.

Pero quiero centrarme en algo que me parece de una especial importancia: la actividad misionera de la Iglesia. Pío XII fue el Papa de las Misiones, a las que dio lo que podemos considerar su “magna carta”: la encíclica Fidei donum, la conmemoración de cuyo quincuagésimo aniversario en 2007 abrió las celebraciones del año pacelliano 2008-2009 que estamos concluyendo. Como decía el sacerdote mercedario que pronunció la brillante conferencia de aquel día, este documento del papa Pacelli fue un revulsivo para todos los misioneros y los conmovió profundamente. Lo que venía a decir el Santo Padre era que el don de la Fe debía comunicarse a todas las gentes para extender el reinado de Jesucristo y edificar la ciudad de Dios ya en este mundo, contribuyendo así a una auténtica promoción humana. Pío XII sostenía que la Iglesia es misionera por vocación y que las misiones, en consecuencia, son cosa de todos, cada uno según sus posibilidades, y en ellas se colabora mediante la oración y el sacrificio, la cooperación económica y el fomento de vocaciones misioneras. En aquellos años el Papa miraba especialmente al África y sabe Dios que sus desvelos por ella dieron óptimos frutos. El sínodo de África, que tiene lugar actualmente en Roma, es testimonio de la abundante cosecha que produjo la intensiva siembra de la Fe en ese continente tan golpeado pero tan esperanzador en tiempos de Pío XII, que siguió en ello las huellas de sus predecesores, especialmente su amado mentor Pío XI.

Eugenio Pacelli estaba imbuido de la gran idea de Cristiandad, quería que la Iglesia estuviera presente y fuera pujante en todos los rincones de la Tierra para la conquista espiritual de un mundo roto por los egoísmos y las guerras. De hecho, después de la Segunda Guerra Mundial, fue el Catolicismo la fuerza más dinámica para la reconstrucción de Europa y de la civilización. Esa idea de Cristiandad, que compartía con el papa Ratti (cuyo lema era “Pax Christi in Regno Christi”), fue la que inspiró no sólo su pontificado, sino, ya antes, su labor al servicio de la Santa Sede, como diplomático y, sobre todo, como Secretario de Estado. En este sentido, sus viajes como legado pontificio de Pío XI tienen especial significación. Hoy me quiero referir concretamente al que hizo en 1934 para asistir, como representante del Papa, al XXXII Congreso Eucarístico Internacional de Buenos Aires, y lo hago por dos motivos: porque este año se cumple el 75º aniversario de tan magno evento y del paso del entonces cardenal Pacelli por nuestra querida ciudad de Barcelona rumbo a la Argentina y viniendo de ella, y porque está hoy entre nosotros, como invitado de honor, alguien que fue testigo presencial de esa breve visita y tuvo la oportunidad de saludar al ilustre purpurado: el R.P. José Mariné Jorba.

La Iglesia Católica en Hispanoamérica se había resentido del sistema del regio patronato, que interponía a la Corona Española como intermediario necesario –y, a veces, incómodo– entre ella y Roma. Al producirse la independencia de las naciones que habían formado el Imperio Español en América, muchos obispos, fieles a la metrópoli, se marcharon de vuelta a la Península, dejando a la Santa Sede en una posición incómoda frente a los nuevos regímenes, algunos de los cuales eran francamente hostiles a la Iglesia. Aunque Roma obró con la máxima prudencia y acabó aceptando la realidad de los hechos, lo cierto es que las iglesias de los distintos países no tenían una fluida comunicación con ella ni entre sí. El Congreso de Buenos Aires, con la presencia de un legado papal (cosa extraordinaria en una época en la que los Papas no viajaban y los cardenales eran relativamente pocos, lo que aumentaba su prestigio), fue una magnífica ocasión para que se reunieran los prelados del Nuevo Mundo y compartieran unos días de intensa comunión eclesial. Además, muchos otros dignatarios del Viejo Continente y del resto del mundo se hallaron también presentes, mostrando la universalidad de la Iglesia. El Congreso, pues, constituyó una experiencia extraordinaria para el catolicismo americano, cuya importancia puede parangonarse a la de la celebración del Concilio Limense III, que a finales del siglo XVI organizó el catolicismo en las tierras recién incorporadas a España.

La presencia del cardenal secretario de Estado Pacelli en América fue un acontecimiento que dejó indeleble impronta en los ánimos de todos: grandes y humildes, jefes de Estado y de Gobierno y súbditos, altos prelados y fieles sencillos… La misma que dejaría a su paso por Barcelona. Dos veces estuvo aquí: la primera el 25 de septiembre de 1934, a la ida (realizaría otra escala en Las Palmas de Gran Canaria antes de lanzarse a la travesía del Atlántico), y otra el 1º de noviembre siguiente, a la vuelta, invitado por el General Domingo Batet, capitán general de Cataluña (que acababa de sofocar con el mínimo de destrucción y violencia la insurrección de la Generalitat que había tenido lugar a principios de octubre). Fue en la primera de esas ocasiones cuando, conducido al puerto por su obispo (el futuro mártir monseñor Manuel Irurita) junto con sus otros condiscípulos, tuvo el joven seminarista menor José Mariné la preciosa oportunidad de saludar al cardenal legado de Pío XI. La impresión que aquél tuvo de la majestad y el ascetismo del estilizado príncipe de la Iglesia quedó para siempre grabada en su espíritu y reforzaría a buen seguro su vocación. Pasadas las vicisitudes de la Guerra, el seminarista Mariné logró culminar los estudios del seminario y su preparación y fue ordenado en 1944 por el Dr. Gregorio Modrego y Casaus, arzobispo eminentemente pacelliano, que protagonizaría otro memorable Congreso Eucarístico Internacional: el de Barcelona de 1952, convocado y llevado a cabo en completa sintonía con Eugenio Pacelli, convertido en el papa Pío XII.

Puede decirse que el sacerdocio de Mossèn Mariné se moldeó y adquirió su carácter definitivo teniendo a la vista estos dos grandes ejemplos de sacerdotes y pastores: Pío XII y el arzobispo Modrego. Los primeros catorce años de su ministerio coinciden con la época dorada de ambos pontificados. Y nuestro querido padre espiritual fue un discípulo ciertamente aventajado. Por allí por donde pasó dejó un recuerdo imborrable: por su caridad, por su dedicación, por su celo por las almas. No es necesario abundar en el encomio porque todos los que lo conocen saben perfectamente de la calidad humana y sentido cristiano de Mossèn Mariné, en quien saludamos a un sacerdote ejemplar, que a sus casi noventa años (que cumplirá en tres días, en la fiesta del Pilar), sigue en la brecha del buen combate por Dios y por la salvación de las almas, como eterno misionero en el estilo y el espíritu de Pío XII. Que Dios le premie, querido Don José, por ser apoyo y modelo de tantos sacerdotes, por ser solícito con tantos feligreses, por ser caritativo con tantos necesitados y por su incomparable apostolado para con los moribundos.

Con este triple recuerdo y homenaje: el del gran papa Pío XII, el del XXXII Congreso Eucarístico de Buenos Aires y el paso del cardenal Pacelli por Barcelona, y el de Mossèn Mariné, prosigamos la Santa Misa, que celebramos en el rito romano clásico, que tanto ilustró el papa Pacelli con su encíclica Mediator Dei y que nuestro Santo Padre Benedicto XVI quiere que vuelva a tener el puesto que le corresponde en la vida de los católicos, rito que, por cierto, siempre ha celebrado el Padre Mariné, sin ninguna rebelión ni espíritu de discordia, sino con la serenidad de quien está en consonancia con los Romanos Pontífices y siente con la Iglesia.

Ave María Purísima.

8 de octubre de 2009

Argentina se prepara para conmemorar el Congreso Eucarístico de Buenos Aires de 1934



Nuestro buen amigo platense y delegado del SIPA para la Argentina, Walter Gómez, ha tenido la gentileza de hacernos llegar un interesante artículo aparecido ayer en el boletín AICA refiriéndose a la inminente conmemoración del 75º aniversario del Congreso Eucarístico Internacional de Buenos Aires. En él se reproduce la crónica que hizo un testigo de excepción del magno acontecimiento: Hugo Wast. Por su gran interés testimonial reproducimos lo publicado por AICA, que servirá, además, como preludio a la serie de artículos que dedicaremos a partir de mañana a esta importantísima efeméride.


En el 75º aniversario recordarán la comunión de los niños


Mañana, jueves 8 de octubre la Junta de Historia Eclesiástica Argentina conmemorará, en un acto que tendrá lugar a las 18.30 en el auditorio del Banco de la Ciudad (Esmeralda 660), el XXXII Congreso Eucarístico Internacional, celebrado en Buenos Aires en octubre de 1934, y del que se cumplen ahora 75 años.

Uno de los actos más significativo de aquel acontecimiento, fue la Primera Comunión de miles de niños que se prepararon para ese día desde comienzos del año. En ese tiempo, según la recomendación del papa San Pío X, la primera comunión se recibía a los 7 años.

El responsable de prensa de aquel Congreso, el novelista católico Gustavo Martínez Zuviría, más conocido por su seudónimo Hugo Wast (foto), en uno de sus libros narra lo ocurrido ese día, que él presenció desde la plataforma donde se celebraron las misas al pie de la gran cruz del Congreso. A continuación damos un trozo de ese relato.


El día de la Comunión de los niños

Los perfumes del bosque, renovados por la primavera incomparable, ascendían en el aire purísimo, semejantes al humo de un incensario.

Y allí, cortando el cielo sin la más ligera nube, la Cruz, maravillosa de genio, férrea en su estructura, mas de tal manera graciosa y alada, que parecía hecha de nieve. Adentro de su enorme caparazón blanca se ocultaba el Monumento de los Españoles. España venía a quedar así, providencialmente, en el lugar que le ha dado su historia, en el corazón de la Cruz.

A las siete no había un alma en el vasto anfiteatro. Dos o tres figuras negras se movían sobre la alta plataforma, cerca de los cuatro altares en que los cardenales celebrarían la misa. Subí la escalinata y escuché la conversación que mantenían en francés aquellos señores, llegados para las fiestas y sin duda testigos de otros congresos en otras naciones:

-Los argentinos son muy optimistas, y anuncian grandes cosas. ¡Vamos a ver! Son las siete de la mañana, y aquí no hay nadie. ¿Los cree usted capaces de concentrar los ochenta mil niños que deben comulgar en la misa de las ocho?

El que oía, un sacerdote, no ocultó su inquietud, pero respondió así:

-Ellos afirman que a la hora de la misa estarán aquí los ochenta mil niños.

-¡Imposible! Ni ochenta, ni cincuenta, ni veinte. ¿Calcula usted lo que es traer dos mil camiones y tranvías desde los extremos de una ciudad como ésta, más extensa que París y que Londres, y concentrarlos en un solo sitio, en los sesenta minutos que faltan?

-¡Realmente! Pero ellos…

-Yo he visto movilizar cuerpos de ejército. El sólo esfile de diez mil soldados exige dos o tres horas… ¿Cómo piensan concentrar en una, ochenta mil niños? ¡Sería un milagro!

-Esperemos, pues, el milagro -respondió el sacerdote.

Di vuelta alrededor de la Cruz. De pronto, desde aquella plataforma que dominaba un enorme espacio, se vieron aparecer las cabezas de las primeras columnas. De todos los rumbos, por calles y avenidas, se aproximaban centenares de automóviles, tranvías, camiones, repletos de chiquillas vestidas de blanco y de muchachos con trajes domingueros y moño al brazo. Y aquella cohorte se movía y avanzaba como un mecanismo perfecto ensayado cien veces. Era una visión estupenda.

-¡He ahí el milagro! -exclamó, atónito, el sacerdote. A las ocho en punto, los innumerables bancos de las avenidas se llenaron con graciosos enjambres de criaturas, bajo el brillante sol de octubre, que hacía resplandecer las velas, y los ojos, y las almas. ¡Ciento siete mil niños! ¡Veintisiete mil más de los calculados!

Descendía de la plataforma, pero me detuve impresionado por el cuadro bellísimo; y en ese minuto las cuatro graderías de la Cruz quedaron ocupadas por dignatarios de la Iglesia, con ornamentos litúrgicos, y sacerdotes de sobrepelliz. No pude ni retroceder, ni avanzar, y me encontré acorralado.

Ya sobre los altares, donde cuatro cardenales empezaron a celebrar la misa, resplandecieron trescientos copones colmados de hostias que iban a ser consagradas.

[Aún no existía la concelebración, por eso hubo cuatro misas simultáneas celebradas por sendos cardenales, sobre cuatro altares que miraban hacia los cuatro rumbos donde estaban ubicados los niños. Nota de AICA]

Desde la torre de comando, un locutor iba describiendo la ceremonia, y su frase ferviente se esparcía por el mundo.

Los cien mil niños arrodillados formaban una cruz clara y viviente en medio de la muchedumbre oscura y densa, más de un millón de personas, que cubría los jardines.

Llegó la Consagración. El locutor anunció que dentro de breves instantes, por las palabras del celebrante, aquel pan y aquel vino se convertirían en el cuerpo y en la sangre de Jesucristo. Augusto silencio recibió sus palabras.

Poco después vi descender por las gradas los trescientos sacerdotes de estola y sobrepelliz, llevando el copón, cubierto de un corporal para que el viento no arrebatase las sagradas hostias. Muchos ocuparon los automóviles que los aguardaban, porque debían dar la Comunión a niños que distaban centenares de metros.

Cuando ya las misas habían concluido, los sacerdotes proseguían distribuyendo la Comunión, con un orden maravilloso. Media hora después, todos los niños, sin moverse de su lugar, habían comulgado y daban gracias repitiendo la oración que, como otro pan celeste, distribuía el locutor desde su torre. Y todo se realizó en menos de hora y media.

"¡Esto es el paraíso!"

El micrófono entonces anunció al Legado del papa Pío XI, el cardenal Eugenio Pacelli [quien antes de cinco años sería el papa Pío XII], que apareció al extremo de la Avenida Alvear [hoy avenida del Libertador], bendiciendo al pueblo. Pasó maravillado en medio de los cien mil pequeños comulgantes, que lo vitoreaban agitando banderitas papales y argentinas, se llenaron de lágrimas sus oscuras pupilas, y exclamó: ¡Esto es el paraíso!


Buenos Aires, 7 de octubre de 2009 (AICA)

1 de octubre de 2009

Misa en memoria de Pío XII en Barcelona


75º ANIVERSARIO DEL XXXII CONGRESO EUCARÍSTICO INTERNACIONAL DE BUENOS AIRES Y DEL PASO DEL CARDENAL PACELLI POR ESPAÑA


El próximo 9 de octubre, como cada año, recordaremos un nuevo aniversario de la partida a la Casa del Padre del papa Pío XII, de santa y augusta memoria. En esta ocasión la fecha coincide con una importante efeméride cual es el 75º aniversario de la celebración del XXXII Congreso Eucarístico Internacional de Buenos Aires, al cual asistió el entonces cardenal Eugenio Pacelli, secretario de Estado, en calidad de legado a latere de Pío XI. El 9 de octubre de 1934 ponía pie en suelo argentino, tras una travesía de doce días, en el curso de la cual, hizo dos escalas en territorio español: Barcelona y Las Palmas. La semana pasada nos referíamos a la breve pero densa visita del cardenal Pacelli a la capital catalana. De regreso del Congreso, volvería a pasar por la Ciudad Condal, siendo esta vez recibido con mayor solemnidad y carácter oficial, invitado por el capitán general de Cataluña, general Domingo Batet, fervoroso católico. En su momento nos ocuparemos de esta segunda estancia del futuro Pío XII en Barcelona.

Sacerdote amigo del SIPA es el R.P. José Mariné Jorba, párroco emérito de San Félix Africano, que el 12 de octubre próximo cumplirá noventa años de edad. En otra ocasión hemos publicado su testimonio personal sobre Eugenio Pacelli, a quien conoció precisamente hace setenta y cinco años durante su visita a Barcelona. Fue gracias al prelado barcinonense Don Manuel Irurita y Almándoz (que sería de ahí a poco martirizado en el curso de la persecución religiosa en España en su fase bélica). Entonces, José Mariné era un joven seminarista de catorce años, que, junto con sus condiscípulos, fue llevado por su obispo al puerto para recibir y saludar al cardenal legado. El encuentro con el majestuoso y ascético príncipe de la Iglesia produjo en él una impresión semejante a la que vivió un niño bávaro con el cardenal Faulhaber –de visita en su pueblo– y que se convertiría con el tiempo en el papa Benedicto XVI. El seminarista Mariné quedó marcado por esta experiencia, que se repetiría años más tarde siendo él ya sacerdote y el cardenal papa con el nombre de Pío XII. Éste y el arzobispo Dr. Modrego fueron, de hecho, los ejemplos que inspiraron su vida sacerdotal.

En ocasión de estas efemérides, que coinciden con el Año Pacelliano 2008-2009 (celebrándose este año el septuagésimo aniversario de la elección y coronación de Pío XII), se ha organizado un sencillo programa conmemorativo que se desarrollará en Barcelona, según el siguiente horario:

Viernes, 9 de Octubre de 2009

6:30 de la tarde: Santa Misa en memoria de Pío XII
A continuación: Proyección del documental sobre el

XXXII Congreso Eucarístico Internacional
de Buenos Aires de 1934

Homenaje al R.P. José Mariné Jorba, testigo de la
visita del cardenal Pacelli, en ocasión de sus 90 años

Parroquia de San Juan María Vianney
C/ Melcior de Palau, 56-58 (Les Corts)

Teléfonos: 933 391 439 y 933 391 441



Así pues, quedan todos invitados a participar en estos actos, que pretenden enaltecer la figura del gran pontífice que fue Pío XII y, al mismo tiempo, rendir un merecidísimo homenaje a Mossèn Mariné, sacerdote ejemplar y pacelliano, que tanto bien ha hecho (y sigue haciendo a sus noventa años) a las almas con su santo ministerio. El documental sobre el XXXII Congreso Eucarístico Internacional de Buenos Aires se debe a la gentileza de don Gabriel Walter Gómez, delegado del SIPA para la Argentina, donde está coordinando la conmemoración del 75ª aniversario de ese magno evento (que marcó profundamente la vida de la Iglesia Americana). Nuestro agradecimiento a este buen amigo y consocio, que ha hecho posible que podamos ofrecer la proyección de esta joya fílmica de época. Deseamos también manifestar nuestro reconocimiento a la web UNA VOCE MÁLAGA por haberse hecho amablemente eco de los actos del próximo 9 de octubre.

25 de septiembre de 2009

Hace 75 años Eugenio Pacelli visitó Barcelona por primera vez


El cardenal Pacelli, secretario de Estado y legado de Pío XI


Al cumplirse hoy el septuagésimo quinto aniversario de cuando el entonces cardenal Pacelli pisó por primera vez suelo español, el 25 de septiembre de 1934, hemos querido recordar la efemérides reproduciendo la crónica que publicó al día siguiente el diario barcelonés LA VANGUARDIA ESPAÑOLA (hoy llamado simplemente LA VANGUARDIA). Recordemos que el futuro Pío XII viajaba rumbo a la República Argentina para asistir al XXXII Congreso Eucarístico Internacional de Buenos Aires en calidad de legado pontificio de Pío XI. Estaba previsto que el transatlántico hiciera escala dos veces en su ruta y las dos en territorio español: Barcelona y Las Palmas. La visita de un cardenal secretario de Estado no era cosa corriente (el único precedente en España era el del cardenal Rodrigo de Borja, vicecanciller de la Iglesia Romana, que estuvo en la Península como legado de Sixto IV entre 1471 y 1473) y el paso de Pacelli por la Ciudad Condal fue un gran acontecimiento, que se repetiría con mayor despliegue a su regreso del congreso, el 1º de noviembre siguiente (de lo cual nos ocuparemos próximamente, así como del Congreso Eucarístico Internacional bonaerense).


Barcelona años 30: la ciudad que vio Pacelli



EL CONGRESO EUCARISTICO DE BUENOS AIRES

Viaje del secretario de Estado del Vaticano

A BORDO DEL CONTE GRANDE

Durante su breve estancia en Barcelona, el eminentísimo cardenal Pacelli fue cumplimentado por las autoridades civiles y eclesiásticas y un gran número de fieles. Paseo por la ciudad. Despedida entusiasta

El transatlántico Conte Grande


Llegada del Conte Grande


A bordo del transatlántico italiano Conte Grande, que recaló ayer a las siete y media de la mañana, en nuestro puerto, procedente de Génova, llegó el eminente purpurado, monseñor Eugenio Pacelli, secretario de Estado de la Santa Sede y Legado de S.S. en el Congreso Eucarístico Internacional de Buenos Aires, que ha de celebrarse en la capital Argentina durante los días 10 al 14 del próximo mes de octubre.

En el palo trinquete del Conte Grande ondeaba la bandera pontificia, ofrenda de la Acción Católica Argentina. Con S.E.R. el cardenal Pacelli, llegaron el Mayordomo del Vaticano, monseñor Caccia Dominioni; el marqués de Sacchetti, monseñor Ruffini, de la congregación de Seminarios; el maestro de ceremonias, monseñor Grano, y el Comendador, monseñor Galeazzi, los cuales forman con el cardenal Pacelli, la Delegación Vaticana en el Congreso de Buenos Aires.

Acompañaban también al Legado Apostólico, cardenal Pacelli, el presidente del Comité Permanente de los Congresos Eucarísticos Internacionales y obispo de Namur, monseñor Heylen; el secretario de S.E.R. el cardenal Pacelli, monseñor Rossignani; Mons. Consilieri, obispo predicador del Vaticano; Mons. Bartolomasi, arzobispo castrense de Italia; los marqueses Pacelli, familiares de S.E.R.; el embajador de la Argentina en el Vaticano, señor Estrada, con su señora; algunos obispos de diferentes países, dignatarios eclesiásticos y buen número de congresistas italianos.

Como enviado especiald e L’Osservatore Romano figura en la expedición el distinguido periodista señor Cesidi Lolli.



Audiencias a bordo


Tan pronto como atracó el buque, S. E. R. el cardenal Pacelli, comenzó a recibir audiencias. Estuvo a bordo con objeto de saludarle el Nuncio de S. S. en España, monseñor Tedeschini, que había llegado procedente de Madrid, la noche anterior, quien iba acompañado de su secretario, monseñor Crespi y del comerciante madrileño, don José López Antolí.

A las nueve, pasaron a cumplimentar al ilustre purpurado, el Excmo, y Rvdmo. señor obispo de Barcelona, Dr. D. Manuel Irurita (foto), con el secretario de Cámara, Canónigo Dr. Ramón Baucells y el canónigo Dr. Vilaseca.

Recibió después la visita del Cardenal-Arzobispo de Tarragona, Dr. D. Francisco Vidal Barraquer. Por el Gobierno de la Generalidad acudió a saludar al Cardenal Pacelli, el consejero de Cultura, don Ventura Gassol, al que acompañaba el jefe de ceremonial, señor Rubi.

En representación del ministerio de Estado, rindió sus respetos a monseñor Pacelli, el se- cretario de embajada, D. José Carner, quien acompañó en todo momento a S. E. R. durante su breve estancia en Barcelona.

Representando al Ayuntamiento de nuestra ciudad, pasó a cumplimentar al Legado del Papa, el vicepresidente de la Asamblea municipal, Dr. Carbonell, acompañado del jefe de ceremonial, señor Ribé.

Saludaron asimismo al Cardenal Pacelli, el Presidente de la Junta Archidiocesana de Acción Católica de Cataluña, don Joaquín M. de Nadal, varios elementos de la citada Junta y el cónsul general de la Argentina en Barcelona, don José Mugía Linares, en representación del embajador y del Gobierno de dicho país.

A pesar de las numerosas audiencias recibidas por S. E. R. el Cardenal Paeelli, conseguimos entrevistarnos con el eminente purpurado, a quien ofrecimos nuestros respetos como representantes de LA VANGUARDIA.

Todas estas audiencias las recibió S. E. R. en su camarote, particular. Poco antes de las once, monseñor Pacelli se trasladó al salón de fiestas, donde recibió el homenaje de todas las representaciones de Congregaciones, Cabildo Catedral, Curia Eclesiástica, Colegio de Párrocos, otras dignidades eclesiásticas y destacadas personalidades de nuestra ciudad.

El Legado Apostólico bendijo a todos los reunidos, pronunciando la frase: «¡Dios bendiga a España¡», y expresando la íntima satisfacción que experimentaba la designación Pontificia que ostentaba.


Excursión al Tibidabo

Acto seguido, el Cardenal Pacelli descendió del buque para efectuar una breve excursión por nuestra ciudad, invitado por el consejero de Cultura de la Generalidad, señor Gassol (foto) . Acompañando a ambas personalidades subieron en el automóvil del señor Gassol, el secretario de Embajada, señor Carner y el cardenal doctor Vidal y Barraquer.

El numeroso público que desde primeras horas de la mañana se había ido estacionando ante la Estación Marítima, tributó al ilustre Prelado fervientes aplausos y cordialísimas muestras de afecto, que dedicaron también al Nuncio de S. S. en España, monseñor Tedeschini, y al Excmo. Prelado de nuestra Diócesis, doctor Irurita, quienes en el automóvil del señor Obispo, acompañaron en su excursión a monseñor Pacelli.

Su Eminencia Reverendísima visitó el Tibidabo, Vallvidrera y otros puntos pintorescos de la ciudad, no pudiendo visitar, por falta de tiempo, la Exposición de Arte de Cataluña, como era su deseo.


Aplausos de despedida

A las doce en punto, hora señalada para la salida del buque, regresó de su excursión monseñor Pacelli, quien expresó a sus acompañantes la gratísima impresión que le habla producido Barcelona.

Su Eminencia Reverendísima subió seguidamente a bordo, adonde se trasladaron a despedirle el Nuncio de S. S., el Excmo. señor Obispo, doctor Irurita; el Cardenal señor Vidal y Barraquer y los señores Carner y Gassol.

A las doce y cuarto, el majestuoso trasatlántico, terminadas las operaciones de desamarre, inició lentamente la marcha con dirección al puerto de Las Palmas, única escala que efectuará durante su viaje.

El público, como despedida, dedicó una estruendosa salva de aplausos a Su Eminencia Reverendísima, quien desde la barandilla del buque, no cesaba de bendecir a los fieles.


El Nuncio de S. S.

El Nuncio de S. S. en España, monseñor Tedeschini (foto anterior), comió ayer al mediodía en casa del industrial madrileño, señor López, con quien ha efectuado el viaje desde la capital de la República. Monseñor Tedeschini se propone regresar a Madrid en el rápido de esta mañana.